No se había realizado ninguna transferencia. Pero la solicitud llevaba adjunta una autorización con una firma que parecía mía.

La fecha era del mes anterior al accidente. Y yo jamás había firmado ese documento.

PARTE 3

Comparé la firma de aquella autorización con la de mi identificación. La imitación era buena, pero el segundo apellido tenía un trazo que yo había dejado de usar hacía años. Adrián había copiado un documento antiguo.

Laura me impidió cometer el error que él seguramente esperaba: llamarlo para exigir explicaciones.

—Ya sabemos qué preguntas hacer. No le vamos a enseñar nuestras pruebas antes de que las revise la autoridad.

Pedí por escrito a Bitácora Norte que no aceptara instrucciones sobre mis acciones sin verificar mi identidad. La secretaria confirmó que la petición de Adrián no había avanzado y conservó sus anexos.

Yo creía que Adrián me mantenía dormida para verse con Natalia. La firma falsa mostraba otra intención: disponer de mis inversiones. Rutas Villarreal tenía problemas de liquidez, aunque Beatriz continuaba dando fiestas. Mi esposo quería usar mi patrimonio para cubrir deudas que ocultaba.

Antes de casarme había financiado un proyecto de software creado por 2 ingenieros. Reinvertí después parte de mis bonos. Ahora tenía el 38 % de Bitácora Norte, una sociedad especializada en rutas e inventarios. Adrián solo sabía que poseía «unas acciones».

Rutas Villarreal utilizaba nuestro programa para organizar sus camiones. La licencia vencía en 30 días y acumulaba 6 meses sin pagar. Conocía la deuda por los informes de socios, pero me mantenía al margen de esa negociación por ser familia de uno de los clientes.

No podía apagar el programa por capricho, ni quería dejar sin salario a operadores que jamás me habían lastimado. Pero tampoco tenía por qué financiar con mi dinero una empresa que pretendía quitarme mi patrimonio.

Laura amplió la denuncia con el correo falsificado. La doctora Salcedo indicó una valoración toxicológica especializada. Los resultados eran compatibles con exposición repetida a sedantes, aunque correspondía a los peritos precisar su significado y descartar otras explicaciones.

El Ministerio Público abrió una carpeta. Recibieron mi declaración, solicitaron documentos al hospital y pidieron preservar mensajes y video. Nadie fue detenido ese día. Tuve que explicar dos veces mis hábitos de sueño y cada mañana en que bebí aquel café.

Durante esas semanas Adrián me envió flores, audios y hasta fotografías de nuestra boda.

—Mi mamá se preocupó demasiado por tu salud —me dijo en una llamada—. Todo lo de la clínica fue por amor.

—¿Y la autorización con mi firma?

Del otro lado se hizo un silencio largo.

—Eso lo preparó un gestor. Ni siquiera se utilizó.

—Entonces podrás explicarlo ante el Ministerio Público.

Terminó la llamada.

Pedí medidas de protección y me quedé con una prima. Nuestra casa pertenecía a ambos por mitades, así que no podía resolverlo cambiando la cerradura. Laura inició el divorcio por separado, conforme al régimen de separación de bienes.

Beatriz difundió entre los parientes que yo sufría «una crisis nerviosa». No respondí en redes. Guardé las capturas y continué la rehabilitación de mi clavícula.

Casi 2 meses después, Laura y yo acudimos a una reunión para negociar gastos médicos y bienes. Adrián llevó a Beatriz, aunque ella no tenía autoridad sobre nuestro divorcio. Se sentó como si presidiera una junta de la transportista.

Su abogado colocó sobre la mesa una propuesta: 250,000 pesos a cambio de renunciar a reclamaciones económicas contra Adrián y aceptar una cláusula de confidencialidad extremadamente amplia.

—Es más de lo que mucha gente gana en un año —comentó mi suegra.

Pensé en las noches en que despertaba sin recordar qué había cenado, en la sangre sobre las piedras, en la doctora preguntándome qué pastillas tomaba. Aun así, no levanté la voz.

—No firmaré algo que interfiera con una investigación penal. Y mis gastos médicos, mis bienes y mis acciones no se negocian como si fueran un favor de ustedes.

Adrián miró a Laura.

—Lucía no entiende cuánto dinero está en juego.

Saqué una copia de la constancia de mi participación accionaria, que estaba debidamente documentada desde antes del conflicto.

—Entiendo bastante bien. Soy socia de Bitácora Norte. Esa es la empresa que organiza prácticamente todas sus rutas.

Beatriz se quedó inmóvil. Reconoció el nombre de inmediato.

—¿Tú? —preguntó—. ¿La mujer que llega oliendo a diésel?

—Esa misma.

No amenacé con apagar los sistemas. Expliqué que la renovación era una decisión corporativa y que debían pagar como cualquier cliente. Bitácora Norte ya había ofrecido un calendario y una transición para evitar problemas operativos.

Adrián cambió de tono.

—Puedes hablar con los otros socios. Convéncelos de que nos den tiempo.

—El tiempo lo tuvieron durante 6 meses. Yo no voy a utilizar mis acciones para tapar pagos que ustedes decidieron esconder.

Laura pidió que quedara constancia de la propuesta y levantamos la sesión sin convenio.