Fruncí el ceño. “¿Qué significa eso?”

“No eres la única persona que guarda secretos”.

La llamada terminó. Miré a Alejandro. “¿Qué quiso decir?”

Él no respondió inmediatamente. Y esa fue la primera vez que pensé que quizá Mateo no era la única persona que me había ocultado la verdad.

Kapitel 4: La guerra por Rivera Global
A la mañana siguiente, Houston despertó con una noticia que estaba en todas partes. El director ejecutivo de Rivera Global enfrenta una posible destitución tras una reunión extraordinaria del consejo.

Los titulares no mencionaban mi nombre. Todavía. Pero todos sabían quién era la mujer detrás de la decisión. La esposa que Mateo había intentado destruir frente a cuatrocientas personas.

Llegué a la sede principal de la empresa a las ocho de la mañana. Por primera vez en años, no entré por la puerta privada que usaba junto a Mateo. Entré por la entrada principal. Quería que todos vieran algo. Yo no estaba escondiéndome.

Los empleados me observaban mientras caminaba por el vestíbulo. Algunos bajaban la mirada. Otros me saludaban con respeto. Pero podía sentir las preguntas en el aire. ¿Qué pasaría con Mateo? ¿Qué pasaría con la empresa? ¿Qué pasaría conmigo?

Cuando llegué al ascensor, escuché una voz detrás de mí. “Mariana”.

Me giré. Era Sofía, mi asistente ejecutiva desde hacía seis años. Ella parecía nerviosa. “Necesito hablar contigo”.

Entramos en una sala de reuniones vacía. Sofía cerró la puerta. “Hay algo que debes saber”.

Suspiré. “Hoy parece que todos tienen algo que decirme”.

Ella abrió su computadora. “Anoche, antes del evento, Mateo tuvo una reunión privada con varios miembros del consejo”.

Miré la pantalla. Había correos. “¿Qué estaba planeando?”

Sofía tragó saliva. “Una votación para quitarte autoridad sobre ciertas áreas de la empresa”.

Sentí una mezcla extraña. No sorpresa. Dolor. Porque una parte de mí todavía esperaba que quedara algo del hombre que amé. Pero no. Mateo había preparado mi caída mientras me sonreía en casa.

“¿Quién estaba con él?”, pregunté.

Sofía dudó. “Tu suegra”.

Eso sí me sorprendió. Teresa siempre había fingido ser neutral. La mujer elegante que decía amar a su familia. Pero ahora entendía que sus silencios también eran decisiones.

La puerta de la sala se abrió de repente. Mateo entró. Sin traje perfecto. Sin sonrisa. Sin cámaras. Solo un hombre enfrentando las consecuencias.

“Necesitamos hablar”.

Sofía salió rápidamente. Nos quedamos solos.

“¿Cómo entraste?”, pregunté.

Mateo soltó una risa amarga. “Todavía tengo acceso”.

“Por poco tiempo”.

Su expresión se endureció. “Mariana, no hagas esto”.

Lo miré. “¿Hacer qué?”

“Convertir esto en una guerra”.

Me acerqué a la mesa. “Mateo, tú empezaste una guerra cuando me llamaste un error frente a cuatrocientas personas”.

Él bajó la mirada por un instante. Por primera vez parecía recordar ese momento. “Fue una mala decisión”.

“No”. Negué lentamente. “Fue la verdad que siempre quisiste decir”.

Su mandíbula se tensó. “Te amo”.

La frase casi me hizo reír. Casi. “¿Me amas?”

Lo miré fijamente. “¿O amas lo que yo representaba?”

Él no respondió. Y esa falta de respuesta fue suficiente.

Entonces dejó un sobre sobre la mesa. “Antes de destruirme, abre esto”.

No lo toqué. “¿Qué es?”

“Algo que cambia todo”.

Lo observé con desconfianza. “¿Una amenaza?”

“No”. Su voz bajó. “Una advertencia”.

Mateo caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo. “Mariana, tú crees que estás peleando contra mí”. Se giró. “Pero yo tampoco era más que una pieza”.

Sentí un escalofrío. “¿Qué estás diciendo?”

Mateo miró el sobre. “Abre el documento. Después pregúntate quién realmente estaba moviendo los hilos”.

Cuando salió, me quedé sola. El sobre seguía sobre la mesa. Mi nombre estaba escrito encima. Pero debajo había una firma que reconocí inmediatamente. Una firma que no pertenecía a Mateo. Ni a Valentina. Ni a nadie de la empresa.

Kapitel 5: La carta de mi padre muerto
Durante varios minutos no pude moverme. El sobre seguía frente a mí. Mi nombre escrito con la letra de mi padre. Una letra que reconocería incluso después de cien años.

Pasé mis dedos sobre el papel envejecido. Era imposible. Mi padre, Gabriel Salazar, había muerto ocho años atrás. El día de su funeral, miles de personas habían hablado de él como un visionario, un empresario brillante y un hombre que había construido un legado para su familia. Pero nadie mencionó que había dejado algo detrás. Algo que yo nunca había visto.

Abrí el sobre lentamente. Dentro había una sola hoja. No era un contrato. No era un documento legal. Era una carta.

Respiré profundamente y comencé a leer:

“Mariana, si estás leyendo esto, significa que la persona que elegiste para compartir tu vida ya mostró su verdadera cara”.

Sentí que mi corazón se detenía. Seguí leyendo.

“Sé que algún día conocerás a un hombre que parecerá inteligente, ambicioso y dispuesto a protegerte. Pero recuerda algo: las personas que desean poder suelen disfrazar su hambre como amor”.