Ella juntó sus manos. “Una historia que Mateo convirtió en una excusa para justificar todo lo que hizo”.
Miré hacia la ventana. Las luces de Houston se reflejaban en el cristal. Toda mi vida parecía tener nuevas versiones. Mi padre. Mi esposo. Mi empresa. Nada era exactamente como yo creía.
“¿Mateo sabía quién era yo desde el principio?”, pregunté.
Elena bajó la mirada. “Sí”.
Sentí como si alguien hubiera apagado el aire de la habitación. “¿Desde cuándo?”
“Desde antes de conocerte”.
Una parte de mí todavía esperaba escuchar una explicación. Una razón. Algo que pudiera salvar el recuerdo del hombre que amé. Pero no llegó.
“Entonces cada momento fue una mentira”.
Elena no dijo nada. Porque no tenía cómo negarlo.
Regresé a mi casa pasada la medianoche. La mansión estaba oscura. El lugar donde Mateo y yo habíamos vivido durante años ahora parecía un museo de recuerdos falsos. Entré al salón. Había fotografías nuestras en las paredes. Nuestro primer viaje. Nuestra boda. La celebración del primer contrato millonario. Momentos que ahora parecían escenas de una película protagonizada por dos personas que nunca se conocieron realmente.
Escuché una voz. “Sabía que ibas a descubrirlo”.
Me giré. Mateo estaba parado junto a la escalera. Sin escoltas. Sin orgullo. Solo.
“¿Me estabas esperando?”
Asintió. “Necesitaba hablar contigo”.
Solté una risa fría. “Esa frase viene de alguien que ya habló demasiado tarde”.
Mateo dio un paso hacia mí. “Mariana, hay cosas que no sabes”.
“Siempre hay cosas que no sé contigo”.
Él bajó la mirada. Por primera vez vi algo diferente. Culpa. “Cuando te conocí, sí sabía quién eras”.
Mi garganta se cerró. “Continúa”.
“Pero al principio no fue como crees”.
“No me mientas otra vez”.
“No estoy mintiendo”. Su voz se quebró ligeramente. “Al principio mi intención era acercarme a tu familia. Sí. Eso es verdad”.
La honestidad dolía más que una mentira. “¿Y después?”
Mateo me miró. “Después me enamoré de ti”.
Me quedé quieta. Porque esa era la parte más cruel. Que quizás una parte de él sí había sido real.
“¿Y Valentina?”
Su expresión cambió. “Valentina fue un error”.
“Un error que anunciaste frente a cuatrocientas personas”.
Él cerró los ojos. “Sí”.
“Un error que usaste para destruirme”.
“No pensé que llegarías tan lejos”.
Negué con la cabeza. “Ese es el problema, Mateo”. Me acerqué. “Tú nunca pensaste que yo podía ganar”.
Él no respondió. Porque era verdad. Durante años me había visto como alguien detrás de él. Nunca imaginó que yo estaba por encima.
Entonces su teléfono comenzó a sonar. Mateo miró la pantalla. Su rostro cambió.
“¿Quién es?”
No contestó. El teléfono volvió a sonar. Finalmente respondió. Escuchó durante unos segundos. Y su expresión pasó de sorpresa a miedo.
“Eso no puede ser”.
Lo observé. “¿Qué ocurre?”
Mateo colgó lentamente. Luego me miró. “Valentina desapareció”.
Fruncí el ceño. “¿Qué?”
“Se llevó documentos internos”.
Sentí un escalofrío. “¿Qué documentos?”
Mateo tragó saliva. “La información que necesitaba para controlar la empresa”.
La habitación quedó en silencio. Entonces entendí algo. Mateo podía haber sido mi enemigo. Pero quizás no era el único. Alguien más había estado jugando con nosotros. Y esa persona acababa de hacer su movimiento.
Mateo miró hacia la puerta. “Mariana”.
“¿Qué?”
Su voz bajó. “Creo que nunca fui yo quien estaba intentando destruir Rivera Global”.
Un segundo después, las luces de la casa se apagaron. Y desde afuera llegó el sonido de un auto alejándose a toda velocidad.
Capítulo 7: La mujer que movía las piezas
La oscuridad dentro de la casa parecía más pesada que antes. No era solo la falta de electricidad. Era la sensación de que alguien había entrado en nuestra historia y había arrancado páginas enteras sin que nos diéramos cuenta.
Mateo y yo permanecimos inmóviles en el salón. Por primera vez en años, no éramos esposo y esposa. Tampoco éramos enemigos. Éramos dos personas que acababan de descubrir que alguien más había estado jugando con nuestras vidas.
“¿Qué documentos tenía Valentina?”, pregunté.
Mateo caminó hacia la ventana y apartó ligeramente la cortina. La calle estaba vacía. “Información financiera. Proyecciones. Acuerdos internos”.
“Eso no explica por qué alguien cortaría la electricidad”.
Mateo no respondió. Y su silencio me confirmó algo. Él sabía más de lo que estaba diciendo.
“Mateo”.
Se giró. “¿Qué?”
“Deja de proteger tus secretos”.
Su expresión cambió. “Estoy intentando protegerte”.
Solté una risa amarga. “Después de diez años de mentiras, ¿quieres que crea eso?”
Él apretó los labios. Pero antes de que pudiera responder, mi teléfono recibió una alerta. La pantalla iluminó el salón. Era un mensaje del sistema de seguridad de la empresa: Acceso no autorizado detectado. Sala de archivos privados.
Mi corazón se aceleró. “Alguien está dentro de la oficina”.
Mateo miró mi teléfono. “Tenemos que ir”.
Lo observé con desconfianza. “¿Tenemos?”