“Mariana, si alguien está robando información, esto ya no se trata solo de nosotros”.
Tenía razón. Y odiaba admitirlo.
Tomamos un vehículo y fuimos directamente a la sede de Rivera Global. La ciudad estaba tranquila, pero dentro de mí todo era caos. Durante el camino, Mateo permaneció en silencio. Finalmente habló.
“Hay algo que nunca te dije”.
Miré por la ventana. “Esa frase ya perdió su significado contigo”.
“Cuando conocí a tu padre, él sabía quién era mi familia”.
Me giré. “¿Qué?”
“Sabía que yo venía de los Rivera”.
“¿Y aun así te permitió acercarte a mí?”
Mateo asintió lentamente. “Sí”.
La respuesta me dejó confundida. “¿Por qué?”
“No lo sé”.
Lo miré. “Mentira”.
Mateo suspiró. “Creo que tu padre quería ver si yo podía cambiar”.
La idea me molestó. “¿Mi padre te estaba probando?”
“Sí”.
“¿Y yo qué era? ¿Una prueba también?”
Mateo bajó la mirada. Esa vez no tuvo respuesta.
Cuando llegamos a la empresa, las luces de emergencia iluminaban los pasillos. Los guardias estaban reunidos frente a la sala de archivos. Al vernos, uno de ellos se acercó.
“Señora Rivera, alguien entró usando una autorización antigua”.
“¿De quién?”
El guardia dudó. “De su padre”.
Sentí un escalofrío. Otra vez. Mi padre. Todo volvía a él.
Entramos a la sala. Los cajones estaban abiertos. Los documentos estaban desordenados. Pero algo era extraño. No parecía un robo. Parecía una búsqueda. Alguien sabía exactamente qué estaba buscando.
Mateo caminó hacia una caja metálica. La abrió. Estaba vacía. Su rostro cambió.
“¿Qué había ahí?”, pregunté.
Mateo tardó en responder. “Un contrato”.
“¿Qué contrato?”
Me miró. “Uno entre tu padre y mi familia”.
Sentí una presión en el pecho. “El mismo del restaurante”.
Asintió. “Pero había una segunda página”.
“¿Qué decía?”
Mateo se quedó callado.
“Mateo”.
Respiró profundamente. “La segunda página tenía una cláusula de control”.
“¿Control de qué?”
Su respuesta llegó en un susurro. “De la empresa”.
El silencio fue interrumpido por un ruido. Un teléfono vibrando. Venía del escritorio. Nos acercamos. Era un teléfono que no pertenecía a nadie de la oficina. La pantalla mostraba un nombre: Valentina.
Mateo lo tomó. “¿Por qué dejaría esto aquí?”
Contesté antes de que él pudiera hacerlo. “Porque quería que lo encontráramos”.
La llamada se activó. No había imagen. Solo una grabación. La voz de Valentina llenó la sala: “Si están escuchando esto, significa que ya saben que fui una mentira”.
Mateo se quedó inmóvil.
La grabación continuó: “Pero hay algo que deben entender. Yo no entré a Rivera Global para ayudar a Mateo”.
Nos miramos. “Entré porque alguien me contrató”.
Mi respiración se detuvo. La voz siguió: “Alguien que conoce todos los secretos de esta familia”.
La grabación hizo una pausa. Luego dijo las palabras que cambiaron todo: “Alguien que estuvo presente cuando Gabriel Salazar murió”.
Mi sangre se congeló. Mi padre. Su muerte. El accidente que siempre había considerado una tragedia. No una conspiración.
La grabación terminó. Nadie habló. Hasta que Mateo susurró: “Mariana…”
Lo miré. “¿Qué?”
Su rostro estaba pálido. “Tu padre no murió por accidente”.
Kapitel 8: La verdad enterrada de Gabriel Salazar
Regresamos a mi casa antes del amanecer. Pero ninguno de los dos durmió. La frase de Mateo seguía repitiéndose en mi mente: Tu padre no murió por accidente.
Durante ocho años había visitado una tumba. Había llorado una pérdida. Había aceptado una explicación. Un accidente de carretera. Una curva peligrosa. Un conductor cansado. Eso era lo que todos me habían dicho. Pero ahora cada palabra parecía una mentira.
Alejandro llegó a la casa apenas recibió mi llamada. Cuando entró y vio a Mateo sentado en la sala, se detuvo. “¿Qué hace él aquí?”
“Tenemos un problema más grande que nuestro matrimonio”, respondí.
Alejandro miró a Mateo. “¿Qué pasó?”
Mateo fue directo. “Valentina dejó una grabación”.
La expresión de Alejandro cambió. “¿Qué dijo?”
Me acerqué. “Dijo que alguien la contrató”.
Alejandro permaneció en silencio. “Y dijo que mi padre no murió por accidente”.
El rostro del abogado perdió color. Eso me confirmó que sabía algo. “¿Tú sabías?”
Alejandro cerró los ojos. “Mariana…”
“Respóndeme”.
Pasaron varios segundos. Finalmente habló. “Tu padre tenía sospechas”.
Sentí una mezcla de rabia y dolor. “¿Y nadie me dijo?”
“Porque él me pidió que no lo hiciera”.
“¿Por qué?”
Alejandro miró la mesa. “Porque si sus sospechas eran ciertas, la persona detrás de todo estaba más cerca de ustedes de lo que imaginaba”.
Miré a Mateo. Él entendió lo mismo que yo. La pregunta no era quién quería destruir Rivera Global. La pregunta era quién había tenido acceso a nuestra familia durante años.
“Necesitamos encontrar a Valentina”, dijo Mateo.
Lo miré. “¿Ahora te importa ella?”
“No”. Su voz fue seria. “Me importa saber quién la está usando”.
Por primera vez, vi algo diferente en él. No arrogancia. No ambición. Miedo.