Mi exmarido palideció.

Ofelia golpeó la mesa.

—¡Aquí no hay nada que explicar! ¡Es la casa de mi hijo!

Mi padre abrió la carpeta y sacó una escritura.

—Entonces vamos a empezar por algo muy sencillo. Dígame, señora Ofelia, ¿por qué está intentando sacar a mi hija de una propiedad registrada a mi nombre?

PARTE 2
Ofelia miró la escritura como si mi padre acabara de poner una mentira sobre la mesa.

—Eso debe estar equivocado. Diego compró esta casa cuando se casó.

—No —respondí—. Mi papá la compró antes de nuestra boda. Y Diego lo sabe.

Mi padre mostró la constancia de inscripción en el Registro Público de la Propiedad. Allí aparecían su nombre, la ubicación del inmueble y la fecha de adquisición.

Después sacó otro documento.

Era un contrato de comodato firmado en 2019, mediante el cual mi padre nos había permitido utilizar la vivienda sin pagar renta, durante un plazo que terminaba el 31 de octubre de 2026.

Las firmas eran nuestras.

—Nunca les regalé la casa —explicó papá—. Se las presté para que pudieran comenzar su matrimonio sin endeudarse.

Ofelia se volvió hacia Diego.

—Dime que eso no es verdad.

Mi exmarido bajó la mirada.

—Papá Rafael nos ayudó cuando nos casamos. Tú sabías que era una casa prestada, mamá.

—¡Jamás me dijiste que seguía siendo de él!

—Tampoco te dije que fuera mía.

Aquella respuesta me dolió especialmente. Durante años, Diego había escuchado a su madre presumir ante familiares y vecinos que su hijo había comprado aquella propiedad.

Nunca la corrigió.

Ofelia empezó a caminar por la sala.

—Nosotros vivimos aquí. Hemos cuidado este lugar. No pueden venir a quitarnos todo.

—Usted llegó para recuperarse de una operación —le recordé—. Iba a quedarse 3 meses. Han pasado más de 6 años.

Recordé las cortinas que cambió sin consultarme, las reuniones donde me presentaba como una esposa afortunada y las ocasiones en que me exigía dinero para sus medicamentos mientras aseguraba que Diego nos mantenía a todos.

Mi padre guardó la escritura.

—Nadie los va a sacar a la fuerza esta mañana. Hay un contrato y un procedimiento que respetar. Pero tampoco pueden expulsar a Lucía ni cambiar cerraduras como si fueran propietarios.

Le pidió al cerrajero que suspendiera el trabajo.

Ofelia quiso protestar, pero yo intervine.

—Hay otro asunto que necesitamos aclarar, Diego.

Saqué una carpeta de mi bolso.

Mi exmarido reconoció inmediatamente la primera hoja.

Diez meses antes habíamos contratado una línea de crédito empresarial de $620,000 pesos para comprar maquinaria y materiales. Yo había firmado como obligada solidaria porque Diego aseguró que sería una inversión temporal para su taller de muebles.

Tres meses después comenzaron los problemas de Brenda.

Su tienda de cosméticos acumulaba préstamos, intereses y proveedores sin pagar. Yo propuse vender inventario y negociar sus deudas.

Ofelia me llamó egoísta.

Diego aseguró que él encontraría una solución.

La encontró utilizando dinero que también comprometía mi patrimonio.

—Solicité al banco el estado del crédito —expliqué—. Luego comparé las disposiciones con los reportes financieros que me enviaron cuando todavía ayudaba a organizar tus costos.

Coloqué frente a él una relación de transferencias.

—De ese financiamiento salieron $230,000 pesos para Brenda. Otros $155,000 fueron enviados a una empresa de Julio, tu amigo.

Brenda dejó de grabar.

—Mi hermano me prestó ese dinero. Es asunto nuestro.

—Entonces debiste firmar un reconocimiento de deuda con él. No fingir que era una compra de materiales para el taller.

Diego intentó quitarme los papeles.

No se lo permití.

—Esas transferencias ya las revisé con María, tu contadora. Los materiales correspondientes nunca ingresaron completos al almacén.

Ofelia soltó una risa nerviosa.

—¿Tanto escándalo porque un hombre ayuda a su madre y a su hermana?

La miré.

—Todavía no he mencionado su departamento.

Su expresión cambió.

Durante meses había presumido que Diego estaba comprándole un departamento en un desarrollo residencial. Siempre evitaba explicar cómo podía pagarlo mientras el taller atravesaba dificultades.

Una semana antes del divorcio encontré un correo de reservación impreso entre documentos que Diego había dejado en nuestro escritorio. La operación estaba a nombre de Ofelia.

—El anticipo coincide con varios movimientos que salieron del negocio —dije—. No puedo afirmar todavía de dónde terminó saliendo cada peso. Por eso pedí una revisión formal.

Diego apretó los puños.

—No tienes derecho a meterte en mi empresa.

—Tengo derecho a saber qué ocurre con un crédito que también estoy obligada a pagar.

Mi padre permaneció en silencio. No iba a resolver aquella discusión por mí.

Ofelia señaló mis maletas.

—¡Por eso debes irte! Quieres destruir a mi hijo y quedarte con su dinero.

—No quiero su dinero. Quiero que responda por las obligaciones que contrajo y deje de tratar la ayuda de otros como si fuera suya.

Diego me miró con desprecio.

—Te volviste una mujer incapaz de confiar en nadie.