—Confié en ti casi 7 años. Lo que estoy haciendo ahora es verificar.

En ese momento vibró mi celular.

Era María.

Contesté y escuché maquinaria funcionando detrás de su voz.

—Lucía, necesito que avises a Diego. Julio llegó con un camión y quiere llevarse 4 máquinas del taller. Dice que ya son suyas, pero en los registros hay pagos pendientes.

Miré a mi exmarido.

Antes de que pudiera preguntarle nada, María añadió:

—Y encontré algo más. Si se llevan esas máquinas, no podremos terminar los pedidos con los que debemos pagar la nómina del viernes.

Diego tomó sus llaves precipitadamente.

Entonces entendí que el problema no terminaba con nuestra casa ni con nuestro divorcio.

Alguien estaba intentando sacar del taller los bienes que todavía necesitaban para pagar sus deudas.

PARTE 3
No fui al taller para defender a Diego. Fui porque mi nombre seguía apareciendo en aquel crédito y porque 14 trabajadores podían quedarse sin cobrar por decisiones que nunca habían tomado.

Antes de salir, le pedí a mi padre que guardara los documentos de la casa. También fotografié mis maletas y el estado de la entrada.

—¿Vas a dejar que sigan aquí después de lo que hicieron? —me preguntó.

—No. Pero tampoco voy a cometer el mismo error que ellos. Todo se hará correctamente.

Ofelia nos siguió hasta la puerta.

—¡No van a llevarse la casa de mi hijo!

Me detuve.

—Señora Ofelia, su hijo nunca fue dueño de esta casa. Y usted acaba de enterarse de algo que pudo haber preguntado hace 7 años.

Diego salió sin despedirse.

Cuando llegamos al taller, encontramos un camión estacionado frente al portón. Dos hombres aguardaban instrucciones mientras Julio discutía con Pablo, el encargado de producción.

María estaba junto a una mesa con documentos.

—Estas máquinas aparecen en el inventario de la empresa —explicó Pablo—. Si van a retirarlas, necesitamos saber bajo qué operación.

Julio levantó unas hojas.

—Diego me debe dinero. Acordamos que podía llevarme estos equipos.

—Una deuda no convierte automáticamente estos bienes en tuyos —respondí—. Muéstranos el contrato y las facturas correspondientes.

Julio me miró con fastidio.

—Tú ya no eres su esposa. No tienes nada que hacer aquí.

—Tienes razón en algo. No puedo dirigir esta empresa. Pero soy obligada solidaria de un crédito y necesito saber si están desapareciendo bienes adquiridos con ese financiamiento.

Diego intervino.

—Lucía, deja de convertir todo en un interrogatorio.

María abrió el inventario.

De las 4 máquinas, 2 figuraban como activos del taller. Otra todavía tenía pagos pendientes con su proveedor original. La cuarta aparecía en un contrato de compraventa con Julio, pero el precio no estaba completamente liquidado.

No había documentación suficiente para justificar el retiro de las 4.

Pablo señaló el camión.

—Diego, tenemos 3 pedidos que debemos entregar este mes. Si te llevas estas máquinas, no terminaremos ninguno. Ya debemos parte de las horas extras.

Uno de los carpinteros se acercó.

—Yo tengo 2 hijos. Si la empresa va a cerrar, necesitamos saberlo para buscar otro trabajo.

Diego se quedó inmóvil.

Durante años había construido su reputación como empresario exitoso. Compró una camioneta costosa, rentó una oficina elegante y se acostumbró a hablar de inversiones.

Pero delante de sus trabajadores ya no podía esconder la realidad detrás de una fotografía bonita.

—Julio —dije—, ¿cuánto te debe realmente el taller?

Él revisó sus papeles.

—Hay cuentas pendientes entre nosotros.

—Entonces aclárenlas. Pero aquí nadie tiene por qué permitir que se lleven maquinaria sin documentos completos.

Me aparté para dejar que Diego tomara la decisión.

Finalmente, él ordenó cancelar el traslado hasta revisar los contratos.

Julio se enfureció.

—Tú me pediste que arreglara los movimientos, Diego. No me dejes ahora con el problema.

Aquella frase llamó mi atención.

—¿Qué movimientos?

Julio dejó de hablar.

María me miró. Los 2 sabíamos que había llegado el momento de revisar los pagos que tanto nos preocupaban.

Esa tarde Diego aceptó sentarse con María, un asesor contable externo y conmigo para aclarar específicamente las operaciones relacionadas con el crédito que yo garantizaba.

Mi padre asistió únicamente como acreedor de un préstamo anterior de $380,000 pesos que había otorgado al negocio 3 años atrás.

No necesitábamos amenazas. Necesitábamos números.

María colocó sobre la mesa los estados de cuenta empresariales y los comprobantes.

El resultado confirmó parte de nuestras sospechas.

Los $230,000 enviados a Brenda se registraron inicialmente como un anticipo comercial, aunque no existía mercancía destinada al taller que justificara aquella salida.

Los $155,000 transferidos a Julio aparecían como pago por materiales. Sin embargo, únicamente había entregas comprobadas por $30,000.

Los otros $125,000 coincidían con el anticipo de reservación del departamento de Ofelia.

No bastaba esa coincidencia para demostrar todo el recorrido del dinero. Por eso pedimos a Diego y Julio los comprobantes faltantes.

Julio terminó mostrando una instrucción de transferencia enviada por Diego y el recibo de la inmobiliaria.