El pago se había realizado directamente para apartar el departamento a nombre de Ofelia.

Miré a mi exmarido.

—¿Utilizaste dinero del taller para comprarle un departamento a tu mamá mientras debías salarios y tenías un crédito respaldado por mí?

Diego se frotó la frente.

—Pensaba devolverlo cuando cobráramos los pedidos grandes.

—¿Y por qué lo registraste como materiales?

No contestó.

—Eso es lo que nunca quisiste entender —continué—. No estoy reclamando que ayudes a tu familia. Estoy reclamando que lo hagas escondiendo los costos y poniendo a otras personas en riesgo.

Mi padre intervino por primera vez.

—Diego, prestarte dinero para iniciar un negocio no significaba autorizarte a gastarlo como quisieras. Ahora tienes que presentar un plan de pagos realista.

Ofelia llegó cuando la reunión estaba terminando. Brenda la había llamado.

Al enterarse de que el anticipo del departamento provenía de aquellos movimientos, señaló a María.

—¡Ustedes están exagerando! Mi hijo siempre ha tenido buenos ingresos.

La contadora respondió con tranquilidad.

—Puede tener ingresos y aun así quedarse sin liquidez. Lo que no puede hacer es registrar gastos de una cosa cuando el dinero se utiliza para otra.

Ofelia se volvió hacia mí.

—Todo esto empezó porque no quisiste ayudar a Brenda.

—No, señora. Empezó cuando su hija decidió pedir prestado más de lo que podía pagar y Diego creyó que podía esconder las consecuencias.

Brenda comenzó a llorar.

—No sabía que estaban usando el crédito de Lucía.

—Pero sí sabías que recibiste $230,000 y que no habías hecho ningún plan para devolverlos —le dije.

Por primera vez no tuvo una respuesta preparada.

No salimos de aquella reunión con el problema resuelto. Había deudas, registros contables por corregir y una empresa que necesitaba seguir trabajando.

Sin embargo, conseguimos acuerdos concretos.

Diego se comprometió a cancelar la operación de retiro de maquinaria mientras se revisaban las obligaciones contractuales. También aceptó detener gastos personales ajenos al negocio y presentar un calendario de pagos a sus trabajadores.

Su camioneta y la oficina de exhibición se convirtieron en gastos que ya no podía justificar.

Brenda tendría que reconocer por escrito el dinero recibido y establecer pagos mensuales después de liquidar el inventario de su tienda.

Respecto a mi situación, consulté con una abogada y presentamos una solicitud formal al banco para revisar las condiciones del financiamiento.

La obligación que yo había firmado no desaparecía porque nos hubiéramos divorciado. Tampoco bastaba una promesa privada de Diego para liberarme frente a la institución.

Por eso negociamos un convenio interno de responsabilidad y un plan para que él pudiera refinanciar el saldo sin mantenerme como obligada solidaria.

Hasta que el banco aceptara formalmente la sustitución y se cubrieran las condiciones correspondientes, mi responsabilidad continuaría vigente.

Fue incómodo reconocerlo, pero prefería enfrentar una deuda verdadera que vivir tranquila sobre una mentira.

Tres días después retomamos el asunto de la casa.

Mi padre envió una notificación formal recordando que el comodato terminaría el 31 de octubre. Para facilitar la salida, ofreció extender la ocupación hasta el 30 de noviembre mediante un acuerdo escrito.

Diego aceptó.

Ofelia se negó inicialmente.

—¡He vivido aquí durante años! ¡No pueden tratarme como una extraña!

Entonces le respondí algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

—Yo también viví aquí durante años. Cociné para usted, la acompañé al hospital, compré sus medicinas y pagué recibos cuando Diego no tenía dinero. Sin embargo, ayer quiso echarme como si nunca hubiera formado parte de esta familia.

Se quedó callada.

—No voy a humillarla ni a tirar sus cosas. Pero tampoco voy a permitir que siga creyendo que puede decidir sobre una propiedad ajena.

Ofelia quiso argumentar que había invertido dinero en muebles y reparaciones.

Le ofrecimos revisar comprobantes de compras que realmente le pertenecieran. Nadie pretendía quedarse con sus cosas.

Mi padre dejó claro que, si se negaban a entregar la propiedad al terminar el acuerdo, tendría que acudir a la vía civil correspondiente.

No hubo policías entrando a la fuerza ni cerraduras cambiadas durante la noche.

Hubo documentos, fechas y responsabilidades.

A finales de noviembre, Diego finalmente entregó las llaves.

Brenda había cerrado su tienda de cosméticos. Vendió las existencias que le quedaban, comenzó a trabajar en una distribuidora y acordó devolverle a su hermano el préstamo en mensualidades.

Ofelia se mudó temporalmente con ella a un departamento rentado.

La compra de su propiedad nueva nunca se concretó. Al no reunir los pagos siguientes, perdió parte del anticipo conforme a las condiciones que había firmado.

No quedó en la calle ni pasó hambre. Pero dejó de vivir en una casa espaciosa que durante años había presentado como propiedad de su hijo.

Diego tuvo que vender la camioneta y reducir gastos del negocio. Con los pagos de clientes pendientes logró cubrir gradualmente los salarios atrasados y mantener funcionando el taller.