Miré hacia la camilla.

Los paramédicos ya estaban llevándose a mamá.

Y cuando levanté la vista, descubrí que Vanessa había desaparecido de la casa.

Parte 2

—¡Señor, por favor, déjenos llevar a su madre al hospital!

Necesitamos revisar esa muñeca y asegurarnos de que no tenga otras lesiones.

La voz del paramédico me hizo reaccionar.

Seguía mirando el mensaje que acababa de llegar a mi celular.

Si quieres saber quién es tu verdadero padre, revisa lo que hay debajo de su silla de ruedas.

Durante unos segundos pensé en correr detrás de Vanessa.

Quería exigirle que me explicara quién era aquel hombre del traje gris y por qué habían estado hablando de mi padre.

Pero mamá estaba acostada en una camilla, llorando de dolor.

Y nada podía ser más importante que ella.

—Llévensela —respondí—.

Yo voy detrás de ustedes.

Antes de que salieran, me acerqué a la silla de ruedas.

Debajo del asiento había una pequeña bolsa de tela negra, sujetada con dos broches.

Nunca la había visto.

La desprendí cuidadosamente y la guardé en mi maletín.

Después acompañé a los paramédicos hasta la ambulancia.

—Daniel… —me llamó mamá.

Me acerqué.

—Aquí estoy.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—No dejes que Vanessa toque mis documentos.

Le acaricié la frente.

—Te lo prometo.

Pero ahora necesitas que te atiendan.

Durante el trayecto al hospital no dejé de pensar en una sola pregunta.

¿Quién era realmente mi padre?

Durante toda mi infancia había guardado una fotografía de un hombre llamado Julio, al que mamá siempre se refirió como mi papá.

Me había contado que murió cuando yo tenía cuatro años.

Nunca dudé de ella.

Julio aparecía cargándome en una fotografía tomada frente a nuestra primera casa.

Tenía una sonrisa amable y unos ojos que yo siempre había buscado en mi propio rostro.

Ahora comenzaba a comprender que aquel hombre podía haberme amado como a un hijo sin ser mi padre biológico.

Pero ¿por qué mamá me había ocultado algo así durante tantos años?

En urgencias, los médicos atendieron a Margarita.

La muñeca estaba muy inflamada.

Después de realizarle radiografías, confirmaron una fractura que necesitaba inmovilización y seguimiento.

También evaluaron su estado general, pues el susto le había provocado palpitaciones y un aumento importante de la presión arterial.

Por fortuna, no encontraron lesiones graves adicionales durante aquella primera revisión.

Cuando supe que estaba estable, salí al pasillo y abrí la bolsa negra.

Dentro había una carpeta pequeña, tres fotografías antiguas y un sobre cerrado.

La primera fotografía mostraba a mamá cuando era joven.

Tendría poco más de treinta años.

Estaba parada junto a un hombre alto, de cabello oscuro, frente a una residencia elegante.

Los dos sonreían.

Detrás de la fotografía aparecía una fecha.

Guadalajara, agosto de 1986.

Y un nombre escrito con tinta azul.

Rafael Alcázar.

Sentí que el corazón comenzaba a latirme con fuerza.

Abrí el sobre.

Dentro había una carta amarillenta.

La primera línea me dejó sin aliento.

Mi querida Margarita: No permitiré que mi familia decida por nosotros.

Si el niño es mío, quiero estar presente desde el primer día de su vida.

Tuve que sentarme.

Seguí leyendo.

Rafael aseguraba que deseaba reconocer a su hijo y que estaba dispuesto a enfrentar la oposición de sus familiares.

Al final había escrito:

No te vayas sin hablar conmigo.

No permitas que Octavio vuelva a amenazarte en mi nombre.

Octavio.

El hombre del traje gris se llamaba Octavio Serrano.

Lo descubrí cuando abrí el segundo documento.

Era una carta que mamá había preparado para una abogada apenas dos semanas antes.

En ella explicaba que un antiguo administrador de la familia Alcázar había vuelto a buscarla después de casi cuatro décadas.

Y que estaba trabajando con Vanessa.

Me quedé mirando aquellas palabras.

Mi esposa sabía mucho más sobre mi pasado de lo que yo había imaginado.

En ese momento volvió a sonar mi celular.

Era el mismo número desconocido.

Contesté inmediatamente.

—¿Quién habla?

—Señor Daniel, soy la licenciada Elena Medina.

Su mamá acudió a mi despacho hace unos días.

—¿Usted me envió el mensaje?

—Sí.

Ella me pidió que me comunicara con usted si ocurría algo relacionado con los documentos de su patrimonio.

Esta tarde recibí un mensaje suyo diciendo que Vanessa estaba presionándola y que tenía miedo.

Respiré profundamente.

—¿Por qué me dijo que revisara la silla?

—Porque su madre me explicó dónde había guardado las copias.

No quería que su esposa las encontrara.

Miré la bolsa negra.

—Ya las tengo.

—Entonces guárdelas.

Y por favor, no confronte a ese hombre por su cuenta.

—Necesito saber quién es Octavio Serrano.

Hubo una pausa.

—Es una persona que trabajó durante muchos años administrando negocios y asuntos familiares de Rafael Alcázar.

—¿Y Rafael es mi padre?

—Su madre asegura que sí.

Pero eso debe aclarárselo ella y, si usted lo desea, podrá verificarse legalmente.