Y cuando supo que Margarita estaba hospitalizada, pidió viajar a Guadalajara para verla.
Parte 3
Cuando Elena me dijo que Rafael Alcázar estaba dispuesto a viajar a Guadalajara, mi primera reacción fue negarme.
—No quiero verlo todavía —respondí—.
Apenas me estoy enterando de que existe.
La abogada guardó silencio.
—Lo entiendo, Daniel.
No tiene que tomar ninguna decisión ahora.
Él solamente pidió saber si su madre estaba fuera de peligro.
Miré a través del cristal de la habitación.
Margarita estaba acostada, con la muñeca inmovilizada y los ojos cerrados.
Durante toda mi vida había creído conocer su historia.
Pensaba que había quedado viuda cuando yo tenía cuatro años y que después había trabajado incansablemente para sacarme adelante.
Ahora sabía que había vivido con un miedo que nunca se atrevió a contarme.
—Dígale que mamá está estable —respondí—.
Y que necesito tiempo.
Colgué.
Aquella noche no regresé a mi casa.
No podía soportar la idea de encontrarme con Vanessa.
Me quedé en una pequeña sala del hospital, tratando de ordenar mis pensamientos.
Ocho años de matrimonio.
Ocho años compartiendo una cama, haciendo planes y confiándole mis asuntos personales.
Mientras tanto, ella había estado reuniéndose con un hombre que conocía secretos sobre mi nacimiento y que aparentemente estaba relacionado con movimientos millonarios de las cuentas de mi madre.
Y cuando Margarita se negó a firmar los documentos, Vanessa intentó empujarla por las escaleras.
No sabía cómo se suponía que debía perdonar algo así.
A la mañana siguiente llegó Elena Medina.
Traía una carpeta y me pidió que nos sentáramos.
—Daniel, necesitamos separar los asuntos.
Una cosa es la agresión contra su madre.
Otra son las operaciones financieras.
Y también está lo que ocurrió hace treinta y nueve años.
Asentí.
—Quiero que investiguen todo.
Elena me explicó que ya estaban preparando las comunicaciones necesarias para cuestionar el poder notarial y las transferencias que Margarita desconocía.
La notaría tendría que verificar si el documento había sido realmente otorgado por ella, y las instituciones financieras debían conservar los registros de las operaciones.
—Su madre tiene derecho a recuperar lo que le corresponda —me dijo—.
Pero no puedo prometerle que todo el dinero regrese inmediatamente.
—Lo entiendo.
—También es importante que su esposa no siga teniendo acceso a sus documentos ni a sus cuentas.
Aquella tarde cambié las contraseñas que estaban bajo mi control, revisé las autorizaciones existentes y pedí asesoría para separar mis asuntos financieros de los de Vanessa.
No intenté localizarla por mi cuenta.
Entregué a los investigadores las grabaciones originales y la información sobre el hombre del traje gris.
Los videos mostraban claramente que Vanessa había empujado deliberadamente la silla de ruedas hacia las escaleras.
También conservamos las amenazas y la conversación relacionada con la firma que pretendían obtener.
Las autoridades comenzaron a investigar su participación y la de Octavio Serrano.
Los días siguientes fueron difíciles.
Mamá tenía dolor en la muñeca y necesitaba ayuda para realizar actividades sencillas.
Cada vez que escuchaba pasos rápidos en el pasillo, se ponía nerviosa.
Una mañana me encontró revisando unos documentos.
—Hijo, ¿estás enojado conmigo?
Levanté la mirada.
—Estoy confundido, mamá.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—Debí contarte la verdad.
Me senté junto a ella.
—¿Por qué nunca lo hiciste?
Margarita observó la ventana.
—Porque al principio tenía miedo de que me quitaran a mi bebé.
Después conocí a Julio y él te quiso como suyo.
Cuando murió, tú eras tan pequeño que no supe cómo explicarte que habías perdido a un hombre que te amaba, pero que tu padre biológico seguía vivo.
Respiró profundamente.
—Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil se volvía decirlo.
Le tomé la mano sana.
—Me habría gustado saberlo antes.
—Lo sé, hijo.
—Pero no voy a dejarte sola por eso.
Mamá comenzó a llorar.
La abracé con cuidado.
No podía recuperar aquellos años de silencio.
Pero tampoco quería que mi madre pasara el resto de su vida creyendo que iba a abandonarla.
Una semana después acepté conocer a Rafael.
Nos reunimos en una sala privada de su hotel, acompañados por nuestros abogados.
Cuando entré, encontré a un hombre de ochenta y tres años sentado junto a una ventana.
Tenía el cabello completamente blanco y caminaba con ayuda de un bastón.
Al verme, se puso de pie con dificultad.
—¿Daniel?
Asentí.
Durante unos segundos nos observamos sin hablar.
Él tenía los ojos húmedos.
—Gracias por venir.
Me senté frente a él.
No sabía cómo llamarlo.
No podía decirle papá.
Todavía no.
Rafael pareció comprenderlo.
—No espero que me tengas cariño, Daniel.
Ni que creas todo lo que te diga.
Solamente quiero que sepas que, si eres mi hijo, nunca fue mi deseo abandonarte.
Le pregunté por Margarita.
Me contó que se habían conocido cuando él trabajaba en uno de los negocios familiares en Guadalajara.
Se enamoraron, pero su familia se opuso.