Apreté los ojos.

—¿Está vivo?

—Sí, Daniel.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Dónde está?

—Vive en Monterrey.

Tiene más de ochenta años.

Me apoyé contra la pared.

Toda mi vida había creído que mi padre estaba muerto.

Y ahora una desconocida acababa de decirme que podía encontrarlo.

Pero Elena todavía no había terminado.

—Daniel, su madre también me consultó por transferencias que no reconocía.

Los documentos que me mostró indican que se movieron más de tres millones de pesos desde cuentas vinculadas con su patrimonio hacia una empresa relacionada con Vanessa.

Recordé el sobre amarillo.

—Tengo copias de esas transferencias.

—Entonces necesitamos revisarlas juntas.

El poder notarial que usted encontró debe verificarse directamente con la notaría.

Si su madre nunca lo otorgó, hay que documentarlo y actuar de inmediato.

Le expliqué que Vanessa había empujado la silla de ruedas hacia las escaleras.

La abogada guardó silencio.

Después dijo:

—Eso cambia la urgencia de todo.

Su madre necesita protección, y lo sucedido debe denunciarse.

Regresé a la habitación.

Margarita estaba despierta.

Me senté junto a su cama y coloqué la fotografía antigua frente a ella.

—Mamá, necesito que me digas la verdad.

Al ver a Rafael, comenzó a llorar.

—Daniel, perdóname.

—¿Es mi padre?

Asintió lentamente.

—Sí, hijo.

Rafael Alcázar es tu padre biológico.

Sentí una mezcla de rabia, tristeza y desconcierto.

—¿Y Julio?

—Julio fue mi esposo.

Te quiso desde que eras un bebé.

Sabía que no era tu padre de sangre, pero te crió como suyo hasta que murió.

Recordé los pocos recuerdos que tenía de él.

Sus manos.

Su voz.

La manera en que me levantaba sobre sus hombros.

Aquello seguía siendo real.

—¿Por qué Rafael nunca nos buscó?

Mamá se cubrió el rostro.

—Porque Octavio hizo que cada uno creyera algo terrible del otro.

Me contó que Rafael y ella se habían enamorado cuando él administraba parte de los negocios familiares en Guadalajara.

La familia Alcázar se opuso a la relación.

Margarita no tenía dinero ni apellido importante.

Cuando quedó embarazada, Rafael quiso reconocer al bebé.

Pero Octavio comenzó a amenazarla.

Le aseguró que la familia podía iniciar una disputa legal para quitarle al niño y que utilizarían cualquier recurso para apartarla de él.

—Yo tenía miedo, Daniel —susurró—.

No sabía a quién acudir.

Octavio le entregó documentos que supuestamente demostraban que Rafael había decidido abandonarla.

También le dijo que, si desaparecía y dejaba de buscarlo, nadie volvería a molestarla.

—Me fui —confesó—.

Y años después conocí a Julio.

—¿Nunca volviste a hablar con Rafael?

Negó.

—Intenté escribirle.

Las cartas regresaban.

Y yo pensé que él había permitido todo aquello.

Le tomé la mano sana.

—¿Y por qué volvió Octavio después de treinta y nueve años?

Mamá respiró profundamente.

—Porque alguien descubrió que Rafael nunca había dejado de preguntarse qué ocurrió conmigo.

Me explicó que había recibido una comunicación relacionada con antiguos bienes que Rafael había puesto a su nombre antes de separarse.

Octavio apareció poco después ofreciéndose a ayudar con los trámites.

Vanessa comenzó a acompañarlo.

Al principio Margarita creyó que intentaban resolver asuntos pendientes.

Pero cuando empezó a revisar sus cuentas, encontró los movimientos que desconocía.

—Vanessa me pidió que firmara un poder —dijo—.

Yo me negué.

Entonces comenzaron las amenazas.

Me quedé mirando a mi madre.

—¿Y los tres millones?

—Salieron de mis cuentas, hijo.

No autoricé esas transferencias.

Respiré profundamente.

—Vamos a investigarlo.

Ya hablé con una abogada.

Mamá comenzó a llorar de alivio.

Esa misma noche entregué a las autoridades las grabaciones de la cámara donde aparecía Vanessa empujando a mi madre.

También proporcioné el registro de la visita de Octavio y los documentos que habíamos encontrado.

La investigación apenas comenzaba.

Pero al menos Margarita ya no tenía que enfrentar aquello sola.

Cuando salí de la habitación, recibí una nueva llamada de Elena Medina.

—Daniel, acabo de hablar con un abogado que representa a Rafael Alcázar.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué le dijo?

—Rafael recibió hace muchos años información falsa sobre el embarazo de su madre.

Durante décadas creyó que ella había perdido al bebé y que después había decidido alejarse de él.

Sentí que me temblaban las piernas.

—Entonces no sabe que existo.

—Hasta hace poco, no.

Pero hace dos semanas obtuvo documentos que lo hicieron sospechar que había un hijo al que nunca conoció.

Miré hacia la habitación de mamá.

Elena respiró profundamente antes de continuar.

—Daniel, hay algo más.

—Dígame.

—Rafael descubrió que Octavio había intervenido en aquellas comunicaciones de hace treinta y nueve años.

Y ahora quiere hablar con usted porque sospecha que su antiguo administrador está intentando utilizar su identidad y la de su madre para obtener dinero.

Me quedé sin palabras.

Después Elena añadió algo que me dejó completamente helado.

—Su padre biológico ya presentó una denuncia relacionada con esos movimientos.