Se puso de pie con lentitud, como un hombre cargado con toneladas de plomo. Le dio la espalda a Clara y se giró para encarar a Eleanor y a Greg. La altiva madre y su consentido hijo parecían de pronto diminutos, patéticamente insignificantes bajo la mirada fulminante del poderoso director.
—¡Mi hijo desde luego no está casado con ninguna ladrona, señor Vance! —intentó defenderse Eleanor recuperando algo de compostura, aunque su voz se quebraba histéricamente—. ¡Sea lo que sea esta maldita pieza de chatarra, ella la trajo a nuestra casa bajo falsos pretensiones! ¡Exigimos saber qué broma de mal gusto es esta!
—Esa “pieza de chatarra” —espetó el señor Vance, con la voz temblando por una furia contenida de proporciones sísmicas que hizo que los guardias empuñaran con más fuerza sus fundas— es una llave maestra personalizada, única en el mundo. Pertenece a la mismísima familia fundadora del imperio global Sterling. Ha estado desaparecida desde hace exactamente cuarenta años, junto con el único heredero legítimo de toda la fortuna.
El rostro de Eleanor sufrió una metamorfosis macabra. Su color pasó del blanco tiza a un tono verdoso, fantasmal y translúcido. Dio un traspié incontrolado hacia atrás y su espalda chocó violentamente contra una de las vitrinas de cristal.
Greg miró a Clara, tirada en el suelo, con los ojos desorbitados por un pánico insondable mientras las terribles implicaciones de aquellas palabras calaban en su mente estrecha.
El señor Vance no esperó un segundo más. Sacó de su bolsillo un elegante teléfono inteligente negro. No marcó un número convencional. Presionó con firmeza un único botón de emergencia rojo, altamente cifrado, situado en la pantalla principal. Se llevó el aparato a la oreja, sin apartar la vista ni un milímetro del rostro aterrorizado de Eleanor.
El recinto entero quedó sumido en un silencio denso, aplastante y definitivo.
—Señor —dijo el señor Vance a través del teléfono, con la voz quebrada por el peso de cuatro décadas de historia corporativa y lealtad inquebrantable—. Lo necesito aquí mismo, en la sala de exposiciones principal. El bloqueo total está activo.
Hizo una pausa breve, escuchando la voz fría y poderosa al otro lado de la línea encriptada.
—Porque la he encontrado, señor —respondió el señor Vance, y en ese preciso instante una única lágrima pesada brotó de su ojo y rodó libremente por su mejilla arrugada—. La heredera desaparecida… está sentada en este momento en mi suelo. Y la familia de su esposo acaba de cometer el error más grave, imperdonable y absoluto de toda su existencia.
CAPÍTELO 3: La sombra del Patriarca
La gruesa y pesada puerta de madera de mara de la suite privada del propietario de la tienda permanecía firmemente cerrada, pero el eco sordo, incesante y urgente de las sirenas de la policía resonando desde la calle lejana se filtraba sin piedad a través del elegante aislamiento de la estancia.
Clara estaba sentada en un cómodo sofá de terciopelo azul real. Un vaso de cristal intacto con agua helada reposaba abandonado frente a ella sobre la mesa de caoba pulida. Sarah permanecía cerca, una presencia tranquilizadora y firme, mientras el anciano y todopoderoso millonario Arthur Sterling caminaba de un lado a otro de la habitación, golpeando rítmicamente el suelo con su pesado bastón de pomos de oro puro sobre la gruesa alfombra tejida a mano.
De repente, el timbre agudo y claro del ascensor privado rompió la calma. Las puertas masivas se deslizaron silenciosamente para dejar ver al señor Vance, cuyo rostro lucía severo, decidido y tenso al entrar en la sala.
—El jefe de policía ya ha llegado con refuerzos abajo, señor Sterling —informó el señor Vance con voz firme y calmada—. La planta de exposición pública ha sido desalojada discretamente de clientes, pero nuestro equipo de seguridad privada retiene en este momento a Eleanor y Gregory Dupont en la galería central. Exigen hablar con usted, señor.
Arthur se detuvo en seco en medio de sus pasos. Su mirada fría, penetrante y afilada se posó en Clara. El multimillonario despiadado y sin piedad que temía el mundo entero se desvaneció por un segundo, reemplazado por un abuelo anciano cuyo corazón se había roto hacía cuarenta años y que acababa de ser milagrosamente reparado apenas unos minutos antes.
—No tienes por qué ver la cara a estas alimañas, Clara —dijo Arthur con una rara y profunda ternura en su voz profunda—. Una sola palabra tuya y haré que mis propios hombres les pongan grilletes de acero y se los lleven por la puerta trasera. Jamás volverán a poner un pie cerca de ti en lo que les quede de vida.