Al ver a su hija empapada y llorando en mis brazos, corrió hacia nosotros.
Valeria, al notar la presencia de su esposo, cambió su máscara de inmediato.
Soltó un grito desgarrador, se tiró de rodillas al pasto a un metro de nosotras y empezó a llorar sin lágrimas.
—¡Alma la descuidó! —gritó Valeria, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Le dije que la vigilara! ¡Mi bebé casi se ahoga por culpa de esta estúpida sirvienta!
Yo estaba en shock, intentando calmar los pulmones de Sofi, cuando Héctor llegó frente a mí.
Su rostro estaba rojo de furia.
Antes de que yo pudiera abrir la boca para explicar que yo la había salvado de su propia madre, la mano pesada de Héctor cruzó el aire y se estrelló contra mi cara.
El impacto me hizo voltear el rostro.
Sofi lloró más fuerte.
—¡Lárgate de mi casa ahora mismo, ratera irresponsable! —rugió Héctor—. ¡No te quiero volver a ver cerca de mi familia! ¡Largo!
—Señor, ella la empujó… —intenté balbucear, sintiendo el sabor a sangre en mi labio—.
Su esposa…
—¡Cállate! —me interrumpió Valeria, poniéndose de pie y arrebatándome a la niña de los brazos con brusquedad—. ¡Estás despedida!
Y da gracias que no llamo a la patrulla por intento de homicidio por negligencia. ¡Lárgate, muerta de hambre!
Un guardia de seguridad de la privada me tomó por el brazo con fuerza.
Me sacaron por la puerta de servicio mojada, humillada y sin permitirme recoger mis cosas.
Me dejaron en la calle, temblando, sin mi liquidación, sin mi quincena y con el corazón destrozado al escuchar los gritos de Sofi llamándome desde adentro de la casa.
El viaje en camión hasta mi colonia fue un infierno.
Las miradas de lástima de la gente al verme escurriendo agua sucia me quemaban, pero lo que realmente me asfixiaba era la angustia.
Al llegar a mi casa, una pequeña vivienda de techo de lámina y paredes de tabique sin repellar, encontré a mi madre dormida en su sillón viejo, conectada a su tanque de oxígeno.
Sobre la mesa de plástico, había dos recibos de la luz vencidos y la receta de la farmacia que no había podido surtir.
Me metí al baño de cemento a quitarme el uniforme mojado.
Mientras sacaba mi ropa empapada, escuché un golpe seco contra el piso de azulejo.
Miré hacia abajo.
De la bolsa profunda de mi delantal había caído la cajita azul de terciopelo.
En el momento del rescate, cuando salí de la piscina, debí haberla recogido instintivamente del borde y meterla en mi bolsa antes de que Héctor llegara.
La cajita estaba empapada, pero el cierre de metal seguía intacto.
Me arrodillé, aún temblando de frío, y la abrí.
No había ninguna joya adentro.
No había un collar, ni un anillo.
Lo que había, encajado en la ranura del terciopelo, era una memoria USB negra, envuelta en un pequeño plástico protector.
Mi mente viajó a la mañana de ese mismo día.
Yo estaba limpiando los ventanales del despacho cuando Valeria entró acompañada de un hombre que yo sabía que no era del círculo de amigos de Héctor.
Era un abogado joven, de trajes ostentosos.
Hablaban en susurros.
“Todo está en la USB.
Cuentas en las Islas Caimán, las firmas falsificadas para el traspaso de los terrenos de Santa Fe, todo.
Héctor no se dará cuenta de que las empresas están a tu nombre hasta que le llegue la demanda de divorcio”, había dicho el hombre.
Valeria había metido la memoria en esa cajita azul y la había escondido en el cajón de abajo del escritorio.
Sofi debió haber estado jugando en el despacho más tarde, encontró la cajita y pensó que era un regalo.
Por eso Valeria entró en pánico cuando la niña se la acercó en la piscina.
Si Héctor veía esa caja, si la abría por curiosidad delante de los invitados, su plan maestro se caería a pedazos.
Valeria prefirió sacrificar la vida de su hija ahogándola antes que arriesgar sus millones.
Me sequé las manos temblorosas con una toalla y salí corriendo al cibercafé de la esquina, a dos cuadras de mi casa.
Pagué quince pesos por una hora en la computadora más arrinconada del local.
Conecté la USB.
Al abrirse la carpeta, sentí que me faltaba el aire.
Había cientos de documentos en PDF.
Estados de cuenta bancarios donde se mostraba cómo Valeria había estado vaciando sistemáticamente los fondos de la constructora de su esposo hacia fideicomisos a nombre de su hermano y de ella.
Había contratos con firmas falsas de Héctor cediendo los derechos de tres plazas comerciales.
Pero lo que me hizo taparme la boca para no gritar fue un archivo de audio llamado “”Respaldo_V.mp3″”.
Le di doble clic.
Me puse los audífonos baratos del local.