Era una grabación telefónica entre Valeria y el abogado.
—¿Y si Héctor pelea la custodia de la niña? —preguntaba el hombre.
—Que se quede con el estorbo —se escuchaba la voz burlona de Valeria—.
Sofía es su debilidad, no la mía.
Usaremos a la niña como moneda de cambio para que no pelee las escrituras de la casa de las Lomas.
Y si Héctor se pone difícil, meto una denuncia por violencia doméstica.
Tengo a mis amigas listas para testificar que me golpeaba.
Mi sangre hervía.
Tenía en mis manos la bomba que destruiría a Valeria.
Pero sabía que un simple USB no era suficiente.
Héctor era un hombre cegado por el estatus y la manipulación de su esposa.
Si yo, la sirvienta despedida, llegaba con una memoria, Valeria diría que yo la había falsificado o que era un chantaje por venganza.
Necesitaba demostrar lo que había pasado en la piscina.
Necesitaba que viera la monstruosidad de la mujer con la que dormía.
Salí del cibercafé con los archivos copiados en mi correo electrónico.
Cuando estaba a punto de dar la vuelta en la calle de mi casa, vi algo que me hizo retroceder y esconderme detrás de un puesto de tamales.
Afuera de mi casa había una patrulla de la policía estatal y una camioneta blanca sin placas.
Dos hombres vestidos de civil, ministeriales, estaban golpeando la puerta de lámina de mi hogar.
—¡Abran, cateo por robo de joyas! —gritaba uno.
Valeria se había dado cuenta de que la USB no estaba.
Sabía que yo me la había llevado, consciente o inconscientemente.
Y como los ricos en este país tienen a la policía en su nómina, había fabricado un robo.
Estaban ahí para destrozar mi casa, aterrorizar a mi madre enferma y llevarme a la cárcel antes de que yo pudiera abrir la boca.
El terror me paralizó.
Vi cómo empujaban a mi vecina, que intentaba defender la puerta.
Mi madre estaba ahí adentro.
Saqué mi celular viejo y con la pantalla rota.
Tenía que hacer algo rápido.
Llamé a doña Carmen, la cocinera de la mansión, la única persona allí que me apreciaba.
—¡Alma! —contestó Carmen en susurros—.
Muchacha, la señora está vuelta loca.
Dijo que te robaste un reloj Cartier y mandó a la policía.
No vengas para acá.
—Doña Carmen, escúcheme bien —dije con la voz entrecortada, agachada en el callejón oscuro—.
La señora tiró a Sofi al agua.
Yo lo vi.
Y tengo las pruebas de que le está robando millones a don Héctor.
Hubo un silencio pesado del otro lado de la línea.
Carmen había cuidado a Héctor desde que él era un niño; era casi su madre de crianza.
—Esa bruja —siseó Carmen, llena de odio—.
Siempre supe que no tenía alma. ¿Qué necesitas, mija?
—Las cámaras de la mansión no graban el jardín para “”cuidar la privacidad”” —dije rápidamente—, pero la casa de al lado, la del senador, tiene unas cámaras de domo gigantescas en la barda perimetral.
Yo sé que el jefe de seguridad de ellos, el comandante Rojas, a veces va a la cocina por café con usted.
Consígame el video de hoy a la una de la tarde.
Por favor, es mi vida y la de mi madre.
—Dame diez minutos.
Escóndete.
Fueron los diez minutos más largos de mi existencia.
Escuchaba los gritos de los policías en mi calle.
Mi corazón golpeaba contra mis costillas como un animal enjaulado.
Entonces, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.
Era un video de seguridad de alta definición.
Le di play.
La toma era desde arriba, pero perfecta.
Se veía el jardín, la piscina, las tumbonas.
Se veía a Sofi caminando con la cajita.
Y se veía, con una claridad espeluznante, el momento exacto en que Valeria estiraba el brazo, la empujaba al vacío y luego se recostaba a sonreír mientras la niña se ahogaba.
Unos segundos después, aparecía yo, lanzándome al rescate.
Las lágrimas me nublaron la vista.
Lo tenía.
—Doña Carmen, ¿dónde está el señor Héctor ahora? —le mandé un mensaje de audio rápido.
—Está en la Notaría 14, en Polanco.
Valeria lo convenció de ir ahorita mismo a firmar unos papeles de un “”fideicomiso de emergencia para asegurar el futuro de Sofi”” por el trauma de hoy. ¡Corre, Alma!
No lo pensé.
Salí corriendo en dirección contraria a mi casa.
Tomé un taxi de sitio, le prometí al chofer cincuenta pesos extra si volaba, y me pasé todo el trayecto rezando.
Llegué al edificio de cristal en una de las avenidas más caras de la ciudad.
Traía el cabello revuelto, mi ropa de calle humilde y la respiración agitada.
El guardia del lobby intentó cerrarme el paso.
—A dónde, señorita, no puede pasar así.
—¡Es una emergencia para el señor Monterrubio, su hija está en el hospital! —mentí a gritos.