Me aseguró que Sofi estaría a salvo, cuidada por doña Carmen y por él mismo, que había decidido reducir sus viajes para ser un verdadero padre.
Han pasado tres meses desde ese día.
Esta noche llueve en mi colonia.
El sonido de las gotas golpeando el techo de lámina es fuerte, pero ya no me asusta.
Estoy sentada en mi cocina de cemento rústico.
El olor a frijoles recién hechos y a café de olla llena el ambiente.
Mi madre respira tranquila, dormida en su cuarto, sin dolores, sin la angustia de las medicinas faltantes.
Sobre mi mesa ya no hay recibos de luz vencidos ni notificaciones de embargo.
Solo hay una pequeña taza de barro humeante.
Me llevo el café a los labios y doy un sorbo.
Cierro los ojos.
La casa está en paz.
Y yo, por primera vez en toda mi vida, siento que por fin puedo respirar sin que nadie me deba absolutamente nada.”