PARTE 1
Cuando regresé de Canadá después de 4 años trabajando para mantener a mi familia, encontré a mi esposa completamente rapada, de rodillas en el patio, lavando los trastes bajo la lluvia, mientras mi madre veía la televisión y gritaba que todavía le faltaba limpiar la cocina.
Lo peor fue que, cuando intenté levantarla, mi esposa me suplicó que no dijera nada.
—Por favor, Arturo. No hagas un escándalo. Nuestra hija puede escucharnos.
Me quedé helado.
Mi esposa, Mariana, siempre había sido una mujer de carácter. Era capaz de discutir durante media hora con un comerciante que intentara cobrarle de más, pero aquella tarde ni siquiera se atrevía a mirarme.
Tenía las manos resecas, los labios partidos y la cabeza cubierta de pequeñas marcas rojizas.
—¿Quién te hizo esto?
Mariana apretó una toalla contra su cabeza.
—Después hablamos.
Entonces apareció mi madre en la puerta.
—¡Arturito! ¿Qué haces aquí? ¡Faltaban 5 días para que regresaras!
Se llamaba Mercedes, tenía 68 años y llevaba toda mi vida recordándome cuánto había sacrificado para sacarnos adelante a mi hermana y a mí.
—Mamá, ¿qué le pasó al cabello de Mariana?
Mi madre frunció los labios.
—Pregúntale. Se lo quitó ella solita para llamar la atención.
—¿Y por qué está lavando los trastes de rodillas?
—Porque contestó de mala manera. En esta casa todavía se respeta a los mayores.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Había pasado 4 años trabajando como técnico de mantenimiento industrial en Alberta. Aceptaba turnos nocturnos, compartía departamento con otros trabajadores y evitaba cualquier gasto innecesario.
Durante ese tiempo envié a México 2,760,000 pesos.
Nuestro plan era abrir un pequeño taller de reparación de maquinaria cuando regresara a Querétaro.
Mariana se había quedado cuidando a nuestra hija, Sofía, que entonces tenía 4 años. También hacía arreglos de ropa para ganar algo extra.
Mi madre vivía con ellas porque yo creía que así ambas estarían acompañadas.
Ahora entendía que tal vez había cometido un error terrible.
—Levántate, Mariana. No vas a lavar otro plato.
Le ofrecí la mano.
Mi madre resopló.
—Ya empezó. Apenas llegó y ella ya consiguió ponerlo de su lado.
Mariana se levantó lentamente.
Cuando intenté abrazarla, retrocedió.
No fue rechazo. Fue miedo.
Aquello me dolió más que cualquier insulto.
Entramos a la casa. Todo parecía igual: los muebles, las fotografías familiares y el reloj que llevaba años atrasándose.
Sin embargo, sobre el refrigerador había una fotografía de mi hermana Rebeca junto a un terreno baldío.
Debajo alguien había escrito: «La mejor inversión de la familia».
Me pareció extraño.
Rebeca tenía 32 años, estaba casada con Gabriel y administraba una pequeña tienda de electrodomésticos. Sabía que su negocio atravesaba dificultades y que mi madre le había prestado dinero ocasionalmente.
Nunca había oído hablar de ninguna inversión inmobiliaria.
—¿De quién es ese terreno? —pregunté.
Mi madre retiró la fotografía inmediatamente.
—Cosas de tu hermana. Luego te cuento.
Esa noche Sofía regresó de sus clases de regularización. Corrió hacia mí y se colgó de mi cuello.
—¡Papá! ¡Pensé que nunca ibas a regresar!
La abracé tan fuerte que empezó a reírse.
Pero cuando su abuela apareció, la niña dejó de sonreír.
—Sofía, dile a tu mamá que termine de recoger el patio.
Mi hija bajó la mirada.
—Sí, abuelita.
Más tarde, mientras la ayudaba a ponerse la pijama, me hizo una pregunta que todavía recuerdo palabra por palabra.
—Papá, ¿ahora que estás aquí ya no van a castigar a mamá?
Sentí un escalofrío.
—¿Quién castiga a mamá?
Sofía miró hacia la puerta antes de responder.
—La abuela dice que mamá debe agradecer que vivimos aquí.
Intenté preguntarle más, pero empezó a llorar.
No quise presionarla.
Cuando regresé a nuestra habitación, encontré a Mariana guardando cuidadosamente unos documentos dentro de una bolsa deportiva.
—¿Para qué preparas esa bolsa?
Se quedó inmóvil.
—Por si necesitamos salir.
—¿Salir adónde?
—A casa de mis papás.
Me senté en la cama.
—Mariana, explícame qué está pasando.
Ella me observó durante varios segundos.
—¿De verdad quieres saberlo? Porque durante 4 años intenté decírtelo y siempre me respondiste que tuviera paciencia con tu madre.
Recordé aquellas videollamadas. Sus quejas, su cansancio y mis respuestas apresuradas.
Mariana abrió un cajón y sacó una carpeta azul.
Dentro había mensajes impresos y un documento que llevaba mi nombre completo.
Lo leí rápidamente.
Era una declaración según la cual todos los ahorros enviados desde Canadá habían sido regalos voluntarios para mi madre.
Debajo aparecía un espacio para la firma de Mariana.
—¿Quién preparó esto?
—Tu hermana.
—¿Por qué?
Mariana respiró profundamente.
—Porque me negué a firmarlo. Y cuando dije que esperaría tu regreso para contarte la verdad, tu madre agarró mis tijeras de costura.
Se quitó la toalla.
Entonces comprendí que las pequeñas marcas de su cabeza no eran lo peor.