—La venta debe salir esta semana.
Miré a Mariana, que permanecía junto a la puerta.
Mi madre señaló el espacio para mi firma como testigo.
—Si realmente eres mi hijo, firma y deja de hacerle caso a esa mujer.
PARTE 3
Por primera vez en mi vida, mi madre utilizó la palabra «hijo» y no sentí cariño. Sentí que estaba tratando de convertirme en responsable de una decisión que otros habían tomado a mis espaldas.
Tomé el contrato y lo revisé.
El documento describía el terreno ubicado en El Marqués y establecía un precio de venta de 790,000 pesos. Todavía no era una compraventa formalizada ante notario, sino una propuesta que el posible comprador esperaba concretar.
Mi madre pretendía utilizar 500,000 pesos para ayudar a Rebeca y conservar el resto.
—No voy a firmar nada —respondí.
—¡Ese terreno está a mi nombre!
—Eso ya lo sé. Pero lo pagaste con dinero que te confié para mi esposa, mi hija y nuestro futuro.
Mi madre golpeó la mesa.
—¿Y cuánto te debo por haberte criado?
Aquella pregunta me hizo recordar mi infancia.
Después de morir mi padre, Mercedes vendía comida en el mercado y trabajaba hasta muy tarde. Nunca olvidé verla regresar agotada, con los zapatos desgastados y las manos hinchadas.
Le debía gratitud. Le debía cariño.
Pero no podía seguir pagando aquella deuda imaginaria con la dignidad de Mariana.
—No voy a discutir cuánto sacrificaste por nosotros. Siempre te ayudaré con lo que necesites. Pero eso no te da derecho a decidir sobre nuestro matrimonio.
Mi madre señaló a Mariana.
—Desde que llegaste, ella te llenó la cabeza de mentiras.
—No necesito que Mariana me diga cuánto dinero salió de mi cuenta. Lo dicen los estados bancarios.
Mariana dio un paso adelante.
—Mercedes, yo nunca me opuse a que Arturo la ayudara. Lo único que pedí fue que nuestra familia también pudiera decidir.
Mi madre soltó una risa amarga.
—Ahora resulta que todos están contra mí.
No respondí.
Tomé el contrato, lo dejé sobre la mesa y me dirigí a nuestra habitación.
Había llegado el momento de hacer algo más útil que discutir.
Llamé a Rebeca y le pedí que viniera acompañada de Gabriel. También le advertí que quería revisar todas las cantidades y establecer un acuerdo por escrito.
Después contacté a una abogada recomendada por un antiguo compañero de trabajo.
Se llamaba Laura Mendoza y atendía asuntos civiles y familiares en Querétaro.
Le expliqué brevemente la situación.
Laura fue prudente.
—Necesito revisar los documentos antes de decirte qué puedes reclamar. Que el terreno se haya comprado con tu dinero no significa que automáticamente seas propietario.
—¿Y pueden venderlo?
—Si la señora aparece como propietaria y no existe una restricción legal, una simple inconformidad tuya no detiene la operación. Podemos enviar un requerimiento formal, intentar un convenio y evaluar las acciones que procedan. Pero no te voy a prometer una recuperación inmediata.
Agradecí su claridad.
También me recomendó que, ante cualquier nueva agresión, priorizáramos la seguridad de Mariana y Sofía y buscáramos atención y orientación para denunciar.
Colgué y encontré a Mariana sentada junto a la máquina de coser.
—Ya hablé con una abogada —le dije.
Ella levantó la vista.
—¿Vas a demandar a tu mamá?
—Voy a proteger lo que construimos. Primero quiero que revisemos nuestras opciones juntos.
Mariana permaneció callada.
Después preguntó algo que me dolió más que las cifras del banco.
—¿Y dónde vamos a vivir?
Miré la habitación. Los vestidos pendientes, los cuadernos de Sofía y aquella bolsa deportiva que Mariana mantenía preparada desde antes de mi regreso.
—En otro lugar. Voy a buscar un departamento.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Arturo, no quiero que dentro de un mes me reclames haberte separado de tu madre.
Me arrodillé frente a ella.
—No me estás separando de nadie. Yo fui quien dejó que nuestra familia se quedara sin protección. Tú llevas años intentando decirme que aquí no estás bien.
Por primera vez desde mi llegada, Mariana me tomó la mano.
Pero no me abrazó.
Entendí que escucharla una noche no borraba 4 años de indiferencia.
Al día siguiente fuimos juntos al despacho de Laura.
Llevamos los estados de cuenta, la declaración que Mariana se negó a firmar, las conversaciones con Rebeca y los comprobantes médicos.
La abogada revisó todo cuidadosamente.
Nos explicó que debíamos distinguir entre gastos familiares legítimos, préstamos reconocidos y cantidades utilizadas sin respetar lo acordado.
También señaló algo importante: los ingresos obtenidos durante nuestro matrimonio podían tener consecuencias patrimoniales entre nosotros, dependiendo de nuestro régimen matrimonial. El trabajo doméstico y el cuidado de nuestra hija tampoco podían ignorarse.
Mariana escuchó sin interrumpir.
Cuando Laura terminó, preguntó:
—¿Y lo que me hicieron con las tijeras?
La abogada dejó el bolígrafo sobre el escritorio.