—Arturo —susurró—, antes de que hables con ellas, tienes que revisar tu cuenta. Creo que el dinero que mandaste ya no existe.

PARTE 2

Me quedé mirando la carpeta azul mientras Mariana volvía a cubrirse la cabeza.

—¿Cuánto dinero desapareció?

—No lo sé exactamente. Nunca me dejaron revisar los movimientos.

Sentí vergüenza al recordar que había sido yo quien permitió aquella situación.

Antes de viajar a Canadá, mi madre se había quedado encargada de administrar los gastos desde una cuenta bancaria a mi nombre. Le facilité una tarjeta y acceso a la aplicación para que pudiera pagar servicios, retirar efectivo y guardar el resto.

Mariana había propuesto separar nuestros ahorros.

Yo me negué.

—Mi mamá nos está haciendo un favor —le dije entonces.

Ahora aquellas palabras me parecían crueles.

—Cuéntame lo del cabello —le pedí.

Mariana sostuvo mi mirada.

—Tu madre quería que firmara el documento. Le dije que no podía reconocer como regalos unos ahorros destinados a nuestra familia. Rebeca insistió. Discutimos. Tu mamá me sujetó del pelo y cortó un mechón con mis tijeras.

Me mostró una fotografía que había tomado después: un lado de su cabeza conservaba el cabello hasta los hombros; el otro estaba cortado casi hasta la piel.

—Yo misma me rapé lo que quedaba. No soportaba mirarme al espejo.

—¿Y los trastes?

—Hoy me exigió que retirara mis cosas del cuarto donde coso. Le dije que esperaría a hablar contigo. Me ordenó lavar todo lo que había usado en la semana y no entrar hasta terminar.

Sentí ganas de enfrentar a mi madre inmediatamente, pero Mariana me detuvo.

—No quiero que me defiendas con gritos y mañana vuelvas a creerle todo.

Tenía razón.

A la mañana siguiente fui al banco.

Primero cambié mis accesos, cancelé la tarjeta que utilizaba mi madre y solicité revisar los movimientos. El ejecutivo me explicó que, para obtener todos los comprobantes antiguos, necesitaría una solicitud adicional.

Descargué los estados disponibles y pedí los restantes.

También solicité un detalle de los dispositivos autorizados.

Pasé varias horas revisando operaciones.

El resultado me dejó sin aliento.

De los 2,760,000 pesos enviados durante 4 años, aproximadamente 990,000 se habían utilizado para gastos domésticos, escolares y reparaciones.

Otros 130,000 correspondían a medicamentos y necesidades personales de mi madre.

Hasta ahí no tenía objeciones.

Pero encontré transferencias a Rebeca por 880,000 pesos.

Y una operación de 620,000 pesos que coincidía con la fecha de aquella fotografía del terreno.

El saldo disponible era de apenas 140,000 pesos.

Había trabajado 4 años para construir un futuro y más de la mitad del dinero se había utilizado en decisiones que nunca autoricé expresamente.

Entonces encontré una transferencia especialmente dolorosa.

El 18 de febrero, cuando Sofía estuvo hospitalizada por una crisis respiratoria, yo había enviado dinero adicional.

Ese mismo día habían salido 180,000 pesos hacia Rebeca.

Recordé que Mariana me había pedido ayuda para pagar una clínica.

Yo le respondí que hablara con mi madre.

Cuando regresé a casa, Mariana me entregó el comprobante de los gastos médicos.

—¿Cómo pagaste esto?

—Pedí prestados 10,000 pesos a mi tía Teresa y empeñé mi anillo de bodas por otros 6,000.

No pude responder.

Mi hija había estado enferma mientras yo confiaba ciegamente en que todo estaba resuelto.

Revisamos los mensajes que Mariana había guardado.

En uno, Rebeca escribía:

«Mamá me presta dinero porque Arturo es mi hermano. Tú no tienes derecho a pedir cuentas».

En otro reconocía que debía devolver los préstamos cuando mejoraran las ventas.

—¿Y el terreno? —pregunté.

Mariana me mostró una conversación donde mi madre reconocía haberlo comprado a su nombre.

Solicité asesoría para verificar la propiedad en el Registro Público correspondiente.

La información confirmaba que Mercedes figuraba como propietaria.

Pero había algo más.

La noche siguiente recibí una llamada de Gabriel, mi cuñado.

—Arturo, necesitamos hablar. Rebeca anda desesperada porque tu mamá le prometió dinero para pagar unos proveedores.

—¿De dónde piensa sacarlo?

Gabriel guardó silencio.

—Del terreno.

—¿Qué terreno?

—El que compraron hace unos meses. Hay un interesado y quieren cerrar el trato pronto.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Rebeca sabe que ese terreno se pagó con mis ahorros?

—Yo pensaba que tú habías autorizado la compra.

Le pedí que no interviniera y terminé la llamada.

Mariana estaba escuchando.

—¿Qué sucede?

—Quieren venderlo.

Ella cerró los ojos.

—Entonces todo tiene sentido. Necesitaban mi firma para que después nadie cuestionara el dinero.

En ese momento llegó un mensaje de mi hermana.

«Mañana a las 10 vamos a revisar los papeles del terreno. Mamá quiere que estés presente. Y dile a Mariana que deje de inventar problemas».

Apenas terminé de leerlo, mi madre apareció en el pasillo.

Llevaba una carpeta con documentos.

—Ya sé que fuiste al banco —dijo fríamente—. Tenemos que arreglar esto antes de que tu hermana pierda su negocio.

Dejó un contrato preliminar sobre la mesa.