La licenciada Robles comenzó separando las cuentas.

Había gastos reales que Samuel debía reconocer. Había una comisión propuesta que nunca se había explicado con claridad. Y había cargos que Fausto no podía acreditar, incluida la entrega de alimento en su terreno.

El representante del comprador, un hombre de camisa gris, observó a Fausto.

—A nosotros nos dijeron que el propietario ya estaba de acuerdo con vender.

Samuel respondió antes que su primo.

—Estaba considerando hacerlo. No autoricé que prometieran mi casa.

Fausto se acomodó en la silla.

—Yo intentaba cerrar una oportunidad.

—¿Para quién? —preguntó Samuel.

El hombre de camisa gris abrió su carpeta.

De allí salió un acuerdo de pago por intermediación que la empresa había firmado con Fausto. Además de lo que pretendía cobrarle a Samuel, recibiría una cantidad del comprador si la operación se concretaba al precio ofrecido.

No era una fortuna misteriosa. Era un incentivo suficiente para explicar la prisa, la presión y el empeño en presentar la casa como un lugar del que su dueño necesitaba escapar.

Samuel leyó el documento.

—Me dijiste que estabas haciendo esto por la familia.

Fausto apretó los labios.

—¿Y mi tiempo no vale? ¿Mis viajes no cuestan? Todos esperaban que yo resolviera mientras tú…

Se detuvo, pero Samuel lo obligó a terminar.

—Mientras yo, ¿qué?

—Mientras tú te hundías.

Nadie habló durante unos segundos.

Samuel dejó el papel sobre la mesa.

—Sí. Me hundí. Y te dejé entrar porque confiaba en ti.

Fausto se volvió hacia mí.

—Todo esto empezó cuando ella llegó.

Sentí el impulso de defender cada plato lavado, cada noche de trabajo, cada moneda guardada.

No lo hice.

Samuel habló.

—Esto empezó cuando confundiste mi dolor con permiso.

La abogada explicó las opciones. Podían impugnar cargos, discutir la validez y el alcance del encargo, prolongar el conflicto. También podían negociar una terminación que reconociera únicamente los gastos verificables y dejara asentado que no había venta.

El comprador retiró su oferta. No quería adquirir una propiedad en medio de una disputa y tampoco aceptó que hubieran usado su nombre para prometer condiciones que él no había exigido.

Fausto se quedó sin aquella presión.

No quedó indefenso: seguía habiendo un contrato que revisar y trabajo que decía haber realizado. Eso impidió una victoria limpia y rápida.

Samuel aceptó pagar las gestiones comprobadas, aunque le doliera entregar dinero después de lo ocurrido. Exigió a cambio la entrega de originales, el cierre del encargo y la devolución de cantidades sin justificar.

Fausto pidió tiempo.

—Hasta el lunes —respondió la abogada.

Antes de salir, se acercó a Samuel.

—Cuando ella encuentre algo mejor, se irá. Yo voy a seguir siendo tu familia.

Samuel sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Entonces aprende a comportarte como ella.

En el camino de regreso no hablamos mucho.

Al llegar, encontramos a Mateo dormido sobre un cuaderno y a doña Petra dándole cucharaditas de fruta a Javi.

La cocina estaba desordenada. Había una olla quemada en el fondo.

Petra levantó una ceja.

—Antes de que hagan planes de volverse empresarios, compren otra olla.

Reí por primera vez en días.

Samuel también, apenas.

Esa noche dejó sobre la mesa el cálculo de los gastos reales. Para cubrirlos sin vender animales necesarios tendría que renunciar a una pequeña reserva que guardaba desde antes del accidente.

—Voy a pagarlo —dijo—. Y después voy a recuperar mis cuentas, aunque tenga que aprenderlas desde el principio.

Yo saqué de la lata el dinero que había apartado por la fruta y la renta.

Él no intentó rechazarlo.

Lo contó frente a mí, anotó la cantidad y me extendió un recibo.

Afuera, Mateo llamó porque la puerta del patio volvía a atorarse.

Samuel guardó la pluma.

—Mañana la arreglamos.

Pero antes de levantarse miró hacia el corredor, donde seguía cerrado el cuarto de Lucía.

—Y hay otra puerta que también tengo que abrir.

## Parte 5. Lo que sí pudimos conservar

Samuel abrió el cuarto de su hija un sábado por la mañana.

No nos llamó para que entráramos.

Me pidió unas cajas y una sábana limpia.

Comprendí que aquella era una tarea en la que ayudar significaba quedarse cerca sin invadir.

Mateo estaba en el patio, lijando con mucha seriedad un pedazo de madera que quería convertir en barquito. Cuando vio las cajas, dejó la lija.

—¿Va a tirar sus cosas?

Samuel se quedó en el umbral.

—No todas. Voy a guardar algunas y a ver cuáles pueden servirle a alguien más.

Mi hijo pensó un momento.

—Mi mamá guardó mi suéter de cuando era bebé. Aunque a Javi le queda chico.

Yo había conservado aquel suéter incluso cuando tuve que elegir qué cabía en la bolsa. No sabía que Mateo lo recordaba.

Samuel asintió.

—Hay cosas que uno guarda por eso.

Entró solo.