A la mañana siguiente Fausto dejó la carpeta sobre la mesa. El encargo incluía exclusividad y una compensación si Samuel rechazaba ciertas ofertas. También había una copia de un poder para realizar gestiones. Samuel pidió que alguien independiente revisara aquello. Su primo se endureció: “Alguien tenía que hacerse cargo.” Samuel apoyó las manos en la mesa. “Y ahora me estoy haciendo cargo.”
Parte 3. El precio de quedarse
Leí aquella línea tantas veces que terminó perdiendo forma.
El cuarto del fondo debía quedar desocupado.
No decía mi nombre. No necesitaba decirlo.
Samuel quiso romper la hoja, pero la guardé bajo la carpeta.
—La abogada va a necesitarla.
Él se quedó de pie junto a la mesa.
—No voy a echarlos.
Yo asentí, aunque una parte de mí ya estaba calculando cuánto costaría una habitación cerca del mercado.
No desconfiaba de su promesa. Desconfiaba de lo que podía pasar alrededor de ella.
Los días siguientes demostraron que tener razón no volvía sencillas las cosas.
El proveedor de alimento llegó a cobrar una factura que Samuel creía pagada. Después apareció un hombre preguntando cuándo podría recorrer el terreno. Fausto había hablado con él de una entrega rápida.
La licenciada Robles envió la comunicación para detener nuevas gestiones y solicitó la rendición de cuentas. También explicó que podían discutir las cláusulas del encargo, pero no prometer que desaparecerían sin costo.
Samuel debía enfrentar dos problemas: las maniobras de su primo y el descuido real del rancho.
Había pagos atrasados, una cerca vencida y animales que ya no rendían como antes. Vender no era la única salida, pero conservar todo sin cambiar nada tampoco lo era.
Esa verdad le dolió más que cualquier insulto.
Una mañana lo encontré sentado frente al cuaderno de Clara.
Tenía cuentas de semillas, fechas de vacunación del ganado y notas pequeñas sobre compras domésticas. En una esquina había una flor dibujada por Lucía.
—Ella llevaba esto —me dijo—. Yo sabía cuánto entraba por los animales. Creí que con eso conocía la casa.
No intenté consolarlo de inmediato.
Me senté al otro lado.
—Podemos separar lo que urge de lo que puede esperar.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé.
Empezamos por las facturas.
Mi habilidad no tenía nada de extraordinario: sabía sumar, comparar precios y estirar cantidades porque había pasado años haciendo que el dinero alcanzara donde no alcanzaba. Samuel conocía el trabajo del campo. Doña Petra sabía qué conservas se vendían y cuáles se quedaban meses en el estante.
Cada uno tenía un pedazo del problema.
Durante varias tardes llenamos hojas, hicimos llamadas desde la tienda y descubrimos que una de las cargas de alimento cobradas por Fausto nunca había llegado a Los Encinos.
Otra había sido entregada en un terreno que él arrendaba.
El proveedor lo confirmó con su registro de entrega.
Samuel se quedó mirando la firma del chofer.
—Pudo equivocarse de dirección.
Yo respiré hondo.
—Puede ser. Pregúntele.
Lo llamó.
Fausto dijo primero que todo era un error. Después, que había compensado esa entrega con otras cosas. Finalmente perdió la paciencia.
—¿De verdad vas a interrogarme por unos costales después de todo lo que hice cuando tú no podías ni levantarte?
Samuel colgó con las manos temblorosas.
Aquella noche no cenó.
Por primera vez me enojé con él.
No por su tristeza, sino porque lo vi dispuesto a dejar que la culpa volviera a sentarse al mando.
—Que lo haya ayudado no significa que pueda cobrarse lo que quiera.
—Es mi primo, Elena.
—Y usted es su primo también.
Samuel levantó la cara.
No añadió nada.
Yo regresé a la cocina y me encontré a Mateo limpiando una taza que ya estaba limpia.
Había escuchado.
—¿Nos vamos? —preguntó.
Me arrodillé frente a él.
—Todavía no lo sé.
Quise darle una certeza más bonita. No la tenía.
Al día siguiente, Samuel llevó a Mateo a revisar los bebederos. Regresaron temprano porque mi hijo se había caído y raspado una rodilla.
No era grave, pero Samuel venía pálido.
Mateo, avergonzado, intentaba explicarle que no le dolía.
—Te dije que no corrieras —repitió Samuel con demasiada fuerza.
Mi hijo bajó la cabeza.
Yo lo llevé a lavar la herida y, cuando volvió al cuarto, salí a buscar a Samuel.
Estaba junto al lavadero.
—No vuelva a hablarle así por asustarse usted.
Su rostro se cerró.
—Pudo golpearse la cabeza.
—Pero se raspó la rodilla. Necesitaba que lo ayudara, no que lo hiciera sentirse culpable.
Vi cómo tragaba saliva.
—Cuando vi la sangre…
No terminó.
Comprendí. Eso no cambió lo que debía decir.
—Mateo no puede vivir tratando de no recordarle a su hija.
Samuel se apoyó en el borde del lavadero.
Durante un momento pensé que me pediría que nos fuéramos.
—Tiene razón —dijo al fin.
Esa tarde llamó a la puerta del cuarto y le pidió disculpas a Mateo sin explicaciones que mi hijo tuviera que cargar.