Durante buena parte de la mañana escuché cajones, pasos y el arrastre de una silla. Después nada.

Cuando salió, llevaba una caja pequeña y los ojos enrojecidos. La puso en su habitación. Las demás quedaron junto a la pared para otro día.

No volvió a cerrar con llave.

El acuerdo con Fausto se terminó la semana siguiente.

No hubo una escena de arrepentimiento que arreglara lo que había hecho. Hubo discusiones, recibos revisados y una cantidad que debió devolver en dos pagos. Parte de sus gestiones se reconoció; los cargos sin respaldo quedaron fuera.

Samuel cubrió lo que correspondía y firmó el cierre con la abogada presente.

Fausto entregó las llaves que conservaba.

Al dejarlas sobre el escritorio dijo:

—Espero que estés contento.

Samuel las recogió.

—Estoy tranquilo con lo que decidí.

Eso pareció irritarlo más que una amenaza.

Durante un tiempo siguió diciendo que yo había dividido a la familia. Algunas personas le creyeron. Otras dejaron de encargarle negocios cuando se supo que había cobrado de ambos lados sin explicárselo a Samuel.

No perdió todo ni desapareció del pueblo. Perdió el acceso a la casa, a las cuentas y a la confianza que había usado para mandar.

Samuel no le prohibió acercarse para siempre.

Le dijo que, si alguna vez querían hablar como primos, tendría que ser sin carpetas, sin ofertas y sin insultos hacia nosotros.

Fausto no volvió en varios meses.

Yo también tuve que responder por mi parte.

Una tarde Samuel me preguntó por qué había metido mis recibos médicos y mis gastos en un sobre que terminó abierto ante tanta gente.

—Porque me daba miedo que pensara que yo vivía de usted.

Él pasó un dedo por el borde de la mesa.

—No tenías que mostrarle al pueblo cuánto costó la consulta de Javi.

Lo sabía ahora.

En aquel momento había confundido defenderme con exponerlo todo para merecer que me creyeran.

—No volvería a hacerlo igual —admití.

Samuel asintió.

No me pidió que lamentara haber hablado. Yo no le pedí que agradeciera cada cosa que hice. Dejamos que aquella conversación fuera incómoda y suficiente.

Las conservas empezaron a venderse mejor, aunque no de golpe.

Una tanda de higo quedó demasiado líquida. Una tienda tardó tres semanas en pagar. En septiembre, varios frascos se rompieron porque yo intenté llenar una caja con más peso del que soportaba.

Lloré de coraje junto al lavadero.

Doña Petra me ayudó a separar los vidrios y luego descontó su comisión de lo que sí habíamos cobrado.

—Te quiero mucho —dijo—, pero mis cuentas también tienen que salir.

Agradecí que no me tratara como una desgracia a la que todos debían sostener.

Aprendí a llevar un registro de pedidos, a cobrar anticipos en encargos grandes y a reservar dinero que no se tocaba para comida ni ropa. Compré una olla ancha. Después una mesa que no cojeaba.

Meses más tarde pude recuperar una máquina de coser usada. No era la que mi marido había empeñado, pero el primer ruido de la aguja me devolvió una parte de mí que creía perdida.

Sobre él hice las averiguaciones necesarias con ayuda de la abogada. Dejé asentada mi situación y comencé los trámites que correspondían para no seguir viviendo pendiente de un regreso que él nunca había prometido.

No recibí dinero ni explicaciones.

Recibí, al menos, información suficiente para dejar de esperarlo.

Mateo entró a la escuela del pueblo.

La primera semana escondió un pan en la mochila. Lo encontré duro, envuelto en una servilleta.

No lo regañé.

Preparé dos panes a la mañana siguiente y le dije que podía llevar uno para después. Durante varios meses siguió preguntando qué cenaríamos antes de terminar de comer.

La seguridad tardó más en llegarle al cuerpo que a la casa.

Samuel aprendió a no interpretar esas preguntas como desconfianza hacia él.

Le respondía con sencillez.

—Frijoles y tortillas. Si quieres, tú picas el queso.

A Mateo le gustaba saber.

Javi comenzó a caminar agarrado de los muebles. Su primera travesía completa fue desde mi silla hasta las botas de Samuel, quien se quedó inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera echarlo a perder.

—Agárrelo —le dije, riéndome—. No se va a romper por alzarlo.

Samuel lo levantó.

Luego se sentó con él en las piernas y dejó que le desabrochara el cuello de la camisa con los dedos.

No lo llamó hijo. Javi no necesitaba una palabra para reconocer unos brazos.

Samuel empezó también a salir de Los Encinos por razones que no eran urgencias. Visitó a un viejo amigo, volvió a una reunión de ganaderos y aceptó que doña Petra lo acompañara a buscar apoyo para sobrellevar el duelo.

Había días en que regresaba con pocas ganas de hablar.

Ya no teníamos que adivinarlo todo.

—Hoy necesito estar solo —decía.

Y nosotros podíamos seguir cenando sin sentir que lo abandonábamos.