Javier bajó la mirada y recogió una rodilla bajo el cuerpo, pero Dante levantó la mano.

—Quédate ahí. No te acerques a ellos.

La voz ya no tenía el filo de una amenaza. Tenía la precisión de una orden que debía cumplirse mientras él hacía algo más importante: volverse hacia su hijo.

Leo seguía agarrado al brazo de la niña. Había tierra húmeda en el cuello de su camisa y, aunque conseguía respirar, cada inspiración terminaba en una tos pequeña. Dante se arrodilló sin tocarlo todavía.

—Estoy aquí. ¿Puedo cogerte?

El niño asintió. Al levantarlo, Dante descubrió que le temblaban las piernas. Sintió el impulso brutal de mirar otra vez a Javier y lo dominó. Su hijo necesitaba sus brazos, no otra pelea.

—Llamad al ciento doce —dijo a los invitados—. Ahora.

Una mujer junto a la mesa sacó el teléfono. Otro hombre cerró la tapa del asador y apartó las brasas del paso. Sólo entonces uno de los vigilantes se movió.

—Señor Romano, nosotros podemos ocuparnos…

—Dejad libre la entrada. Y nadie borre nada ni se marche sin dar su nombre a la policía.

El vigilante miró a su compañero antes de obedecer. Dante vio aquel intercambio y se lo guardó, pero una punzada de tos de Leo volvió a reclamarlo.

La niña permanecía a su lado con los puños apretados. Tenía una raspadura en la muñeca y una mancha verde en la falda blanca.

—¿Cómo te llamas?

—Inés.

—¿Te duele algo, Inés?

Ella escondió el codo.

—No mucho.

Desde la puerta de servicio llegó una mujer con un delantal, todavía sujetando un paño de cocina. Se detuvo al ver a los niños.

—¡Inés!

La niña corrió hacia ella, y la mujer se agachó para recibirla. Dante la reconoció: Clara, la cocinera que aquella mañana había preparado las ensaladas. Hasta ese instante había sabido su nombre y su horario; nada más.

—Javier la ha tirado —explicó Dante—. La atenderán también.

Clara miró a Javier. Su cara no mostró sorpresa, sino un miedo antiguo que intentó ocultar al sentir a su hija contra el pecho.

—Lo siento —murmuró.

—Tú no tienes que disculparte.

Leo levantó la cabeza del hombro de su padre.

—No quería devolverle una cosa.

Dante evitó pedirle que se explicara. La operadora, a través del teléfono de la invitada, daba instrucciones. Sentaron al niño donde pudo mantenerse incorporado, bajo la sombra, y dejaron espacio alrededor. Javier empezó a hablar desde el césped.

—Estábamos jugando. Se puso nervioso y yo…

—No me uses para arreglarlo —dijo Leo.

La frase, débil y entrecortada, vació de ruido el jardín. Javier cerró la boca.

Un hombre de traje negro apareció por el sendero lateral. Sergio, responsable de seguridad, se quitó las gafas al acercarse.

—Me dicen que ha habido un incidente.

—Una agresión contra dos niños —corrigió Dante—. Tú organizarás el acceso de la ambulancia. Después explicarás por qué tus hombres no intervinieron.

—No tenían claro qué sucedía.

Inés se separó un poco de su madre.

—Yo les pedí ayuda.

Sergio miró a Clara, no a la niña. Clara abrazó a su hija con más fuerza.

La sirena se oyó antes de que Dante encontrara una respuesta a aquel gesto. Los sanitarios entraron con una camilla y preguntas concretas. Revisaron a Leo, comprobaron cómo respiraba y decidieron trasladarlo para observarlo. También examinaron a Inés; Clara iría con ella al mismo hospital.

Cuando llegaron los agentes, Javier intentó ponerse en pie. Un policía le indicó que se quedara separado de los niños. Dante dio su nombre, describió su intervención y señaló a quienes habían presenciado lo ocurrido. No omitió que había golpeado el suelo con Javier para detenerlo.

Al subir a la ambulancia con su hijo, notó una presión en la palma. Leo le había puesto algo pequeño en la mano: una llave de latón con una etiqueta de papel.

—Se cayó de un sobre —susurró—. Inés dijo que era de su madre.

En la etiqueta había un número escrito a bolígrafo: diecisiete.

Dante guardó la llave sin examinarla más. Antes de que las puertas se cerraran, vio a Clara mirando su mano y comprendió que no era sólo la agresión lo que aquella mujer temía contar.

La historia aún no ha terminado… descubre lo que sucede en el próximo PARTE.

En el trayecto, Dante mantuvo la llave en el bolsillo y la mano abierta sobre la camilla. Leo le sujetaba un dedo. Cada vez que el sanitario le hablaba, el niño buscaba primero la cara de su padre, como si necesitara comprobar que seguía allí.

—No vas a volver al jardín hoy —le aseguró Dante.

—¿Y mañana?

—Mañana tampoco estará Javier contigo.

Fue la primera promesa que hizo sin depender de otra persona. No podía prometerle que dejaría de dolerle el cuello ni que aquella noche dormiría bien. Podía decidir quién tendría acceso a él.