Dante asintió. No podía transformar aquella conversación en una petición de absolución.
—Mañana hablaré con los trabajadores. Puedes venir, pero no tienes que hacerlo. Lo que se os deba se pagará sin condiciones.
—Quiero estar —respondió Clara—. Y quiero que alguien que no trabaje para usted revise las cantidades.
—Lo hará.
Por la mañana, Leo se quedó con una cuidadora conocida. Inés esperaría con ella en una sala contigua durante la reunión, con permiso de Clara. Dante explicó a su hijo cuándo regresaría.
En la oficina se reunieron trabajadores, representantes y la asesora de Clara. Nadie quería hablar primero.
Dante permaneció de pie sólo para que pudieran verlo.
—Permití que las reclamaciones terminaran en manos de la persona a la que reclamabais. No revisé lo que debía revisar. Entregaré la documentación y asumiré las reparaciones que correspondan. Vuestro trabajo no depende de que habléis bien de mí.
Un jardinero levantó una nómina doblada.
—Necesito cobrar. Las palabras las he oído antes.
Elena explicó el procedimiento, los plazos y quién comprobaría las cantidades. Las diferencias ya acreditadas empezarían a abonarse de inmediato; las demás se revisarían sin exigir a los empleados que renunciaran a reclamar. El jardinero pidió que constara por escrito. Así se hizo.
Una ayudante de cocina contó que Javier le había descontado un recipiente roto a un precio superior al que figuraba en la factura. Otro empleado describió préstamos que nunca había pedido. Clara mostró sus copias. Nadie tuvo que explicar por qué había tardado en hablar. En una sala donde el puesto de trabajo ya no dependía de Javier, comenzaron a aparecer fechas precisas y hechos comprobables.
Raúl asistió con su propio asesor y se sentó junto a la puerta.
—No vengo a pedir que me devuelvan el servicio —dijo—. He contado a la policía lo que escuché. También he contado que vi que el niño no podía levantarse y no actué.
El otro vigilante había confirmado la orden de Sergio. Las imágenes del jardín mostraban cuánto habían permanecido inmóviles y cuándo Inés acudió a ellos. La explicación de una confusión breve ya no se sostenía.
—¿Por qué? —preguntó Clara.
Raúl tardó en responder.
—Pensé en la orden y en perder el puesto. Dejé de pensar en ellos.
Clara apoyó las manos sobre la mesa.
—No voy a decirle que no pasa nada. Mi hija pidió ayuda.
—Lo sé.
La empresa de seguridad había apartado a ambos del servicio mientras se examinaba su conducta. Raúl cooperaría con la investigación y asumiría las consecuencias profesionales. Dante dejó que aquella responsabilidad siguiera su camino. La obediencia no podía convertirse en permiso para abandonar a un niño.
Marta lo acompañó al despacho con novedades sobre la carpeta de Sergio. Las firmas eran auténticas, pero correspondían a presupuestos y protocolos generales. Ninguno autorizaba a quitar salarios ni a usar violencia. Las anotaciones que Sergio presentaba como instrucciones del propietario eran suyas, añadidas a las copias que conservaba.
—Eso no elimina tu correo —aclaró Marta.
—No quiero eliminarlo.
Los movimientos de dinero ofrecían una prueba más firme que las interpretaciones. Parte del efectivo había pasado a una cuenta de Javier; otra parte había cubierto gastos de Sergio. Ante los registros y los testimonios, los dos habían dejado de sostener exactamente la misma versión.
Sergio admitió que firmaba entregas inexistentes y recibía una parte. Había dado la orden en el jardín para que Javier recuperara el sobre sin que se formara una escena delante de los invitados. Dijo que no esperaba una agresión tan grave. La frase no explicaba por qué mantuvo a los vigilantes al margen cuando ésta empezó.
Javier, por su parte, reconoció haber agarrado a Leo para quitarle los papeles, pero seguía describiendo el resto como una pérdida de control. Los testigos y las imágenes mostraban actos sucesivos, incluida la agresión a Inés y el ataque a Dante. Su rabia no había empezado ni terminado en un solo segundo.
Marta explicó que las declaraciones no resolvían de inmediato el proceso. Habría comprobaciones, acusaciones y decisiones judiciales. Las medidas de protección solicitadas impedirían el contacto mientras avanzaba la causa. Dante tendría que declarar también sobre lo que sabía y sobre su intervención.
—Lo haré —respondió.
Encontró a los niños leyendo una historieta. Leo cerró el libro.
—Has tardado siete minutos más.
Dante comprobó la hora. Era verdad.
—Debí avisarte. Lo siento.
—Pensé que había pasado algo.
—La reunión se alargó. La próxima vez llamaré antes de la hora que te diga.
Leo no respondió, pero le tendió la mano. Dante la tomó sin exigirle una sonrisa.
De regreso, Clara abrió un mensaje del banco. Había recibido la primera parte de los salarios pendientes. Lo comprobó con su asesora y guardó el justificante. Por primera vez en meses, un número en la pantalla significaba una cantidad que realmente estaba allí.