Él lo leyó entero.

—Lo envié con mi nombre —dijo ella—. No quería que pensaran que hacía acusaciones escondida.

—Mi organización te devolvió a la persona de la que necesitabas protección.

Clara sostuvo su mirada.

—Sí.

Dante no le pidió que entendiera sus viajes ni sus obligaciones. Le devolvió el teléfono y dijo que lamentaba aquella respuesta. Luego le preguntó qué necesitaba para poder prestar declaración sin temer por su trabajo ni por su vivienda. Clara eligió hablar primero con una asesora laboral independiente. Marta le facilitó el contacto de una profesional ajena a la empresa y dejó claro que podía escoger otra.

En la habitación, Inés dibujaba sobre una hoja que le había dado una enfermera. Había trazado dos niños junto a una mesa, sin adultos. Dante no comentó el dibujo. Le llevó agua y preguntó si quería que su madre se sentara con ella. La niña asintió al instante.

Leo despertó cuando ya oscurecía. Respiraba mejor, aunque el dolor persistía. Le dieron una cena sencilla, y Dante sostuvo la bandeja mientras él comía despacio. Inés había sido dada de alta y se despedía para ir al alojamiento con Clara.

—Mañana te traigo otro pañuelo —le dijo a Leo.

—Éste te lo devuelvo limpio.

Se lo había guardado como si aquel objeto pequeño pudiera mantener cerca a la niña que no lo había dejado solo.

Antes de salir, Clara recibió una llamada de la policía. Una de las copias halladas en el sobre llevaba anotaciones sobre pagos y nombres. Necesitaban que identificara cuáles había escrito ella. Además, un vigilante había pedido declarar de nuevo.

Se llamaba Raúl. Era el primero que había dado un paso cuando Dante ordenó llamar a emergencias.

Clara apretó el teléfono.

—Dice que recibió una orden por el auricular —explicó cuando terminó la llamada—. Antes de que usted llegara. Sergio les dijo que no se metieran.

Dante miró a su hijo, que acababa de inclinarse para dejar la cuchara. Las cuentas podían haber ocultado un robo; aquella orden había dejado a un niño sin aire. Ya no había manera honesta de tratarlas como dos problemas separados.

La historia aún no ha terminado… descubre lo que sucede en el próximo PARTE.

Dante no salió a buscar a Sergio. Preguntó a Marta qué debía hacer con aquella información y entregó a los agentes los datos necesarios para contactar con Raúl. Después regresó a la habitación. Leo le pidió que apagara la luz grande, y él obedeció. Durante horas, su trabajo consistió en estar en una silla, ofrecer agua cuando se lo permitían y contestar cada vez que su hijo decía su nombre.

A la mañana siguiente, la médica autorizó el alta con indicaciones y revisión posterior. Dante las leyó dos veces. La mejoría física de Leo no borraba lo sucedido, pero les permitía dejar el hospital. Antes de marcharse, una profesional de atención infantil habló con ellos sobre posibles miedos, cambios de sueño y maneras de acompañarlo sin obligarlo a narrar la agresión una y otra vez.

—Puede que quiera jugar y después vuelva a tener miedo —les explicó—. Las dos cosas pueden pasar el mismo día.

Ya en el coche, Leo preguntó si Javier conocía la dirección de su casa.

La conocía. Mentir habría sido fácil y peligroso.

—Sí. Pero se le ha retirado el acceso, y las personas encargadas de cuidarnos saben que no puede acercarse. Si surge cualquier problema, lo resolveremos los adultos.

No volvieron a la finca donde se había celebrado la comida. Se instalaron unos días en el piso de la ciudad que Dante utilizaba cuando trabajaba hasta tarde. Leo eligió el dormitorio que daba a un patio tranquilo. Su padre dejó abierta la puerta entre las dos habitaciones.

Clara e Inés fueron a verlos al mediodía. Trajeron pan y una pequeña bolsa con las cosas que una compañera había recogido para ellas. Clara no quiso entrar en la vivienda del personal hasta estar acompañada y tener claro qué ocurriría con su contrato.

Mientras los niños montaban un rompecabezas en la mesa, Marta llegó con información de la investigación que podía comunicarles. Raúl había declarado que Sergio les ordenó mantenerse al margen de lo que presentó como un asunto privado autorizado por el propietario. No hubo una grabación de radio que resolviera todo por sí sola. Su declaración tenía que contrastarse con la del otro vigilante y con las imágenes.

—¿Autorizado por mí? —preguntó Dante.

Marta sacó una copia de un protocolo interno. Él lo había aprobado meses atrás: los vigilantes no debían intervenir en discusiones laborales corrientes, salvo riesgo para alguien. Sergio había omitido la excepción al transmitir la orden.

—Eso no justifica quedarse mirando —dijo Clara.

—No —respondió Marta—. Tampoco explica por sí solo por qué Sergio quiso que Javier actuara sin obstáculos. Los investigadores están comprobando sus comunicaciones.