En urgencias les asignaron un espacio separado del pasillo. Una médica exploró a Leo con paciencia, preguntó por el tiempo que había permanecido contra el suelo y escuchó el relato de Dante. Después pidió hablar con el niño, sin prisas y sin convertir sus respuestas en un interrogatorio. Dante se quedó donde Leo pudiera verlo.

La espera hizo que el dolor en su propia mejilla se volviera evidente. Una enfermera le ofreció hielo envuelto en una tela. Él iba a negarse cuando su hijo lo señaló.

—Tú también te has hecho daño.

Dante aceptó. A Leo le tranquilizó verlo obedecer las mismas indicaciones que le daban a él.

Clara e Inés llegaron poco después. La niña tenía nueve años, aclaró su madre al completar los datos. Le limpiaron el codo raspado y comprobaron que podía mover el brazo. Cuando les permitieron sentarse junto a Leo, Inés sacó de un bolsillo un pañuelo arrugado y se lo ofreció para que se limpiara las manos. No hablaron del jardín. Hablaron de las zapatillas azules de Leo, que estaban llenas de hierba.

Clara permaneció en el umbral hasta que Dante se levantó.

—La llave —dijo ella, casi sin voz—. ¿La tiene usted?

—Sí. Leo me la dio. No he hecho nada con ella.

La sacó y la dejó sobre su palma. Clara no la cogió enseguida.

—Es de mi taquilla, en la cocina. La diecisiete. Javier me obligó a entregársela esta mañana.

—¿Por qué?

Una enfermera entró antes de que respondiera. Clara esperó a que terminara de comprobar las constantes de Leo y señaló el corredor.

—No quiero que Inés tenga que escucharlo otra vez.

Se quedaron junto a la puerta abierta, a la vista de los niños. Dante no la apresuró.

—Hace meses que faltan horas en nuestras nóminas —explicó Clara—. Primero dijeron que era un error. Después, que Javier lo arreglaría si firmábamos unos recibos. Yo guardé copias porque las cifras no coincidían con lo que entraba en mi cuenta.

Javier coordinaba proveedores y personal en las propiedades de Dante y disponía de llaves, turnos y anticipos. Dante había confundido su eficacia con confianza.

—Podías haber hablado conmigo.

La frase salió demasiado deprisa. Clara alzó los ojos.

—Pedí una reunión dos veces. Me enviaron a Javier.

Dante recordó correos resumidos por su asistente, reclamaciones que había delegado porque tenía cierres de contratos y viajes. No recordaba el nombre de Clara en ninguno. Aquello no lo absolvió; le mostró la distancia que había construido.

—Tienes razón —dijo—. Sigue, por favor.

Clara se frotó las manos.

—Ayer dejé preparado un sobre con copias para entregárselo después de la comida. Lo tenía en la taquilla. Javier se enteró. Hoy me dijo que, si no le daba la llave, mi hija y yo dejaríamos la vivienda del personal esa misma noche.

—¿El sobre llegó al jardín?

—Lo llevaba él. Yo lo vi junto a la puerta de servicio. Pero después tuve que volver a la cocina.

Desde la cama, Leo los llamó. Dante regresó al momento. El niño parecía haber reunido fuerzas para algo que le pesaba más que la tos.

—El sobre estaba en el banco. Tenía el nombre de Clara. Inés lo vio y dijo que era importante. Yo lo cogí para llevárselo.

Inés, a su lado, bajó la mirada.

—Javier dijo que se lo diéramos. Yo dije que se lo daríamos a mamá.

—Y se rompió un poquito —añadió Leo—. Se cayó la llave. La metí en el bolsillo. Él me agarró cuando corrí.

Dante sintió que se le endurecía el cuerpo. Apoyó los pies en el suelo y esperó antes de contestar.

—Gracias por contármelo. Ninguno de los dos hizo que Javier os atacara. Esa decisión fue suya.

—Pero cogí una cosa de mayores.

—Podemos hablar de qué hacer cuando encontráis algo. Eso no cambia lo que él hizo. Un adulto debe protegeros, aunque os equivoquéis.

Leo lo miró largamente y luego soltó el aire. Inés dejó de retorcer el pañuelo.

Los agentes llegaron para ampliar la información. Dante les comunicó lo que acababa de saber y les entregó la llave, explicando de dónde procedía. Clara contó lo suyo delante de una agente que tomó nota y pidió conservar los mensajes y las copias. La declaración de los niños se organizaría con personas preparadas para escucharlos; no tendrían que repetirla a cada invitado ni a cada empleado.

Al preguntar por el sobre, la agente habló con un compañero por teléfono. Javier llevaba uno cuando lo habían identificado, pero aseguraba que sólo contenía facturas suyas. Se documentaría su contenido dentro de la investigación. Dante sintió alivio al saber que no había desaparecido, aunque todavía no sabía qué quedaba en él.

La médica volvió con una valoración prudente: Leo permanecería en observación y seguirían vigilando la tos y el dolor. Le indicó a Dante qué cambios debía comunicar de inmediato. El niño escuchó la palabra quedarse y buscó a su padre.