PARTE 2

Elena dejó caer la mano con la que aún señalaba a Shawna. Sintió un tirón diminuto en la costura de su blusa azul grisácea y, al mirar hacia abajo, vio que Keely intentaba sostenerse sobre unos zapatos blancos que parecían haber perdido su fuerza. —Mamá, quiero irme. Aquellas cuatro palabras atravesaron su rabia. Se agachó, recogió a su hija y se alejó del borde de la mesa. La niña escondió la cara contra su pelo largo, castaño oscuro. Elena notó su respiración entrecortada y un temblor que no cesaba aunque ya nadie la estuviera tocando.

—Nos vamos. Estoy contigo. En el césped, Shawna se incorporó sobre un codo. El cabello plateado se le había desordenado; tenía hierba pegada a la chaqueta beige. Tomás, el hermano de Elena, se levantó por fin para ayudarla. —Tu madre puede haberse hecho daño —dijo. Elena no apartó la mirada de Keely. —Llama para que la atiendan. Yo voy a pedir ayuda para mi hija. Sacó el móvil con una mano. Explicó dónde estaban, la caída de la niña, su debilidad y lo que acababa de decir sobre la comida. Cuando le preguntaron si había algún otro herido, contó también lo del plato. Sin rebajarlo, sin esconderlo detrás de su indignación.

—Lo he lanzado yo. Hay otra persona en el suelo. Está consciente. Shawna aceptó el brazo de Tomás y se sentó en una silla que él acercó hasta el césped. —Hablas como si la hubiera torturado. Tenía comida delante. Se negó a comer. Elena buscó un lugar a la sombra. Se sentó con Keely en el regazo, lejos de los fragmentos de loza, y escuchó las indicaciones que le daban por teléfono. Inés, su hermana mayor, acercó una botella cerrada de agua.

—Aquí tienes. Keely miró primero la botella y después a su abuela. —¿Puedo? Elena tardó un segundo en comprender a quién iba dirigida la pregunta. Le sostuvo las manos para que dejara de retorcerse el borde del vestido rosa. —Puedes beber, cariño. No tienes que pedirle permiso a nadie para tener sed. La niña dio un sorbo pequeño. Después otro. Elena le apartó de la frente un mechón que se había soltado de la coleta, conteniendo el impulso de preguntarle todo a la vez.

Había dejado a Keely con Shawna el viernes por la mañana para asistir a una formación obligatoria fuera de la ciudad. El domingo, al regresar, había acudido directamente a aquella comida familiar. Dos noches. Su madre se había ofrecido a cuidarla; había enviado mensajes sobre baños, juegos y cenas. Elena había agradecido cada uno. Ahora no podía reconciliar aquellas palabras con la manera en que Keely vigilaba una botella de agua. —Me estás humillando delante de todos —dijo Shawna. —No voy a discutir contigo mientras la atienden.

—Soy tu madre. —Y yo soy la suya. No levantó la voz. Aquello inquietó a Shawna más que el grito anterior. Lucía, la hija de Inés, permanecía junto al extremo de la mesa, con un teléfono entre los dedos. Elena la vio mirar su pantalla y luego a Tomás, que le hizo un gesto breve para que la guardara. La joven bajó la mano, pero no bloqueó el móvil. A lo lejos empezó a oírse un motor. Keely se aferró de nuevo a la blusa.

—¿Me llevan porque he sido mala? —No. Van a mirarte la rodilla y a ayudarte a sentirte mejor. —Yo quería la otra hamburguesa. Elena besó su sien. No le pidió que explicara más. Los sanitarios entraron por el paso lateral. Mientras uno se acercaba a Shawna, la otra se arrodilló frente a Keely y le dijo su nombre antes de tocarla. La niña consintió en enseñarle la rodilla, pero no soltó a su madre. Cuando les indicaron que convenía trasladarla para una valoración, Elena se puso en pie. Inés recogió del suelo la pequeña chaqueta de Keely y se la ofreció sin mirarla a los ojos.

Shawna habló a sus espaldas. —Si sales por esa puerta acusándome, no esperes volver como si nada. Elena ajustó a Keely contra su pecho. —Eso ya no va a ocurrir. Al llegar al paso lateral, Lucía se adelantó y le rozó el brazo. —Tía, no borres nada de tu teléfono. Yo tampoco voy a borrar el mío.

PARTE 3

Elena quiso preguntarle qué tenía, pero la sanitaria ya abría la puerta del vehículo y Keely empezó a llorar al pensar que iban a separarlas. Lucía retrocedió para dejarlas pasar. —Luego te llamo —prometió. Elena subió junto a su hija. Durante el trayecto, mantuvo una mano sobre la pequeña palma abierta en la camilla. La rabia seguía allí, pero había dejado de servirle. Necesitaba recordar las horas, contestar con precisión, estar atenta cuando Keely la buscaba. En urgencias, la pediatra habló con Elena y examinó a la niña con calma. Le encontraron una contusión en la rodilla y signos de deshidratación. Las pruebas y la observación ayudarían a decidir cuánto tiempo necesitaba quedarse. No hicieron de una analítica un relato completo de lo sucedido: para eso también tendrían que escuchar y comprobar otras cosas.