—Vamos a separar responsabilidades sin ocultar ninguna. Para proteger a Keely no necesitas presentarte como alguien incapaz de equivocarse. Necesitas ser precisa y mantenerla a salvo. Elena le envió los mensajes que le había pedido conservar la agente. También la captura del vídeo recortado y los datos de Lucía. No adornó los documentos con conjeturas sobre lo que Shawna quería conseguir. Cuando terminó, encontró una notificación del centro de formación. Solicitaban su confirmación para el lunes. Escribió que había ocurrido una urgencia familiar y pidió unos días para responder. No renunció. Todavía no podía decidir nada grande, pero empezó a distinguir entre el trabajo que había buscado y el daño que otra persona había elegido causar.

Keely permaneció en observación aquella noche. Elena durmió a ratos en el sillón, despertándose cada vez que su hija cambiaba de postura. Cerca de las tres, la niña le preguntó si al hospital se podía volver cuando una persona se quedaba sin comida. —Si te encuentras mal, pediremos ayuda siempre —respondió—. Y en casa vamos a tener desayuno, comida y cena. No hay un castigo que pueda quitártelos. —Aunque diga que no quiero guisantes. —Aunque digas que no quieres guisantes.

Keely pareció estudiar aquella posibilidad antes de cerrar los ojos. A primera hora, la pediatra explicó que la evolución era buena, aunque debían continuar el seguimiento. Marta repasó con Elena el plan para volver a casa y las personas de apoyo. No bastaba una cerradura nueva: hacía falta que quienes rodeaban a la niña supieran a quién podían entregarla y a quién no. Elena llamó a la escuela, pidió hablar con la directora y concertó una reunión. Dijo lo necesario sobre la recogida de Keely y anunció que llevaría la documentación correspondiente. Después recibió un mensaje de Inés.

«Necesito contarte algo. No delante de la niña. Sé por qué no te dejaron hablar con ella el sábado». Elena se quedó quieta, con el teléfono suspendido sobre el bolso. No era una explicación de Shawna ni una suposición de Tomás. Su hermana estaba diciendo que sabía. Le respondió con la dirección del despacho de Clara y una hora para esa misma tarde.

PARTE 5

Inés llegó al despacho con una bolsa de tela apretada contra el pecho. Elena ya estaba allí. Keely había vuelto a casa con ella tras recibir el alta y, durante aquella conversación, se había quedado con Nuria en el piso de al lado. Elena le había enseñado el reloj, prometido regresar antes de la merienda y dejado el teléfono disponible. La niña había aceptado después de comprobar dos veces que sabía dónde estaba su madre. Ahora Elena miraba a su hermana sin ofrecerle la costumbre de un abrazo.

Clara les pidió que se sentaran y dejó una libreta abierta. —Empieza por lo que viste tú —dijo—. Lo que otra persona te contó lo aclararemos aparte. Inés sacó el teléfono de la bolsa. —Fui el sábado a llevar la fruta para la comida del domingo. Serían las doce y media. Keely estaba en la cocina. Me pidió pan. Elena sintió que las uñas se le clavaban en las palmas. —¿Se lo diste? Inés bajó los ojos. —Cogí un trozo. Mamá me lo quitó antes de que llegara a dárselo. Dijo que no interfiriera, que estaba enseñándole modales.

—¿Y te fuiste? —Me dijo que acababa de rechazar el desayuno, que comía a escondidas lo que quería y luego hacía teatro. Yo… quise creerla. La frase quedó entre ambas sin proteger a nadie. Inés relató que Keely había repetido que le dolía la barriga. Shawna la mandó al salón. Más tarde, cuando Elena llamó, Inés vio encenderse el teléfono sobre la encimera. Su madre dejó que sonara y después escribió que la niña estaba durmiendo. —Sabías que era mentira.

—Sí. Elena se puso en pie y caminó hasta la ventana. Abajo, una mujer sujetaba una bicicleta mientras su hijo ajustaba el casco. La normalidad de aquella escena le resultó casi incomprensible. —Podías haberme llamado. Podías habértela llevado. Podías quedarte hasta verla comer. —Lo sé. —No me digas que lo sabes como si eso devolviera el sábado. Clara dejó pasar el silencio antes de pedir que continuaran. Inés abrió una conversación. Aquella tarde, ya desde su casa, había escrito a Shawna: «No me ha gustado cómo estaba Keely. Dale algo y termina con esto». La respuesta había llegado en un mensaje de voz. Inés lo había escuchado, se había sentido incómoda y había decidido no insistir.

Puso la grabación. La voz de Shawna sonaba serena. Decía que la niña comería cuando dejara de pedir a su madre y reconociera que era una desagradecida. Añadía que Elena tenía que comprender que no podía salir a hacer su vida y esperar que los demás soportaran «a una criatura sin normas». No había un ruido confuso ni una palabra arrancada de una discusión: era una explicación completa de cómo entendía su autoridad. Elena no pidió oírla por segunda vez.