Cuando preguntaron a Keely cuándo había comido por última vez, Elena abrió la boca por instinto. La doctora le pidió con suavidad que dejara responder a su hija. —La tostada de casa —dijo la niña—. Antes de ir con la abuela. —¿Y después? Keely se encogió de hombros. —Agua. La del baño sabe igual. Elena sintió que algo se le vaciaba por dentro. El viernes había cortado aquella tostada en cuatro partes porque Keely quería construir una ventana con ellas. Recordó incluso haber limpiado una gota de aceite del mantel antes de salir.

La doctora no mostró sorpresa. Le preguntó a la niña si le dolía algo y dejó que señalara su tripa. Más tarde, cuando le ofrecieron algo de comer siguiendo las indicaciones médicas, Keely tomó un trozo y lo mantuvo inmóvil entre los dedos. —¿Esto es todo para mí? —Sí —respondió Elena. La niña mordió despacio. Al tercer bocado envolvió lo que quedaba en una servilleta y lo apretó contra su vestido. —Para cuando cierre la cocina. Elena tuvo que mirar un instante hacia la ventana. Después volvió a acercarse.

—Aquí habrá comida cuando la necesites. Esa también es tuya. No tienes que guardarla por miedo. No intentó quitársela. Keely terminó un poco más y conservó la servilleta a su lado, como si aún necesitara una prueba material de aquella promesa. Una trabajadora social del hospital se presentó como Marta. Explicó que hablaría con Elena, que documentarían lo observado y que activarían las actuaciones de protección correspondientes. No le exigió decidir en aquel momento qué sentía por su madre. —Ahora necesitamos saber dónde va a estar Keely y quién podrá acercarse a ella.

—Conmigo. En nuestra casa. Mi madre tiene una llave de repuesto. Al decirlo, Elena comprendió que una copia de una llave podía ser un problema que hasta esa mañana ni siquiera había imaginado. Marta le ayudó a ordenar lo inmediato. Elena llamó a su vecina Nuria, una mujer que conocía a Keely desde pequeña, y le pidió que la acompañara al regresar. También concertó el cambio de la cerradura. No le contó a todo el barrio lo ocurrido; dijo lo necesario para que nadie abriera a Shawna por costumbre.

Después llegaron dos agentes. Elena relató la escena del patio y admitió otra vez haber arrojado el plato. Una de las agentes anotó sus palabras sin discutir su dolor ni convertirlo en una excusa. —También vamos a recoger esa parte de lo ocurrido. —Lo sé. Le pidieron conservar los mensajes sobre el cuidado de Keely. Elena abrió la conversación de su madre: «Ha cenado estupendamente», el viernes a las nueve y dieciséis. «Está rendida, mejor no la despierto», cuando había llamado. El sábado: «No estés pendiente. Disfruta de tu oportunidad».

Había una fotografía de Keely sentada ante un plato de pasta. Elena la amplió. La niña no sostenía ningún cubierto. Hasta entonces no le había parecido extraño. —No sé cuándo se hizo —advirtió—. Me llegó ayer. La agente agradeció que distinguiera lo que sabía de lo que suponía. El móvil vibró mientras aún lo tenía en la mano. Era Tomás. «Mamá está bien. Un golpe sin importancia, por suerte. Dice que has interpretado mal lo de la comida. No hagamos esto más grande».

Elena leyó el mensaje dos veces. «Por suerte» se refería a Shawna. Sobre Keely no había una sola pregunta. Escribió: «Mi hija está en observación. Necesito que contéis exactamente lo que habéis visto». No añadió amenazas ni insultos. Guardó el teléfono antes de que el temblor de sus dedos la hiciera escribir otra cosa. Keely se había dormido con la servilleta bajo la mano. Elena se quedó mirándola hasta que Marta acercó una silla. —¿Había sucedido algo antes que te preocupara?

La pregunta le dolió porque no podía responder simplemente que no. Shawna era rígida, sí. Había llamado caprichos a las preferencias de Keely y blandura a los límites de Elena. Por eso casi nunca la había dejado a solas con ella. Sin embargo, en los últimos meses su madre se había mostrado distinta: visitas cortas, regalos sencillos, paciencia delante de todos. Al ofrecerse para aquel fin de semana, había dicho que quería ayudar sin opinar. —Pensé que podía confiar —susurró Elena.

—Vamos a trabajar con lo que sabes ahora. Culparte sin descanso no te ayudará a protegerla. Elena sacó de su bolso la hoja de la formación. El lunes debía confirmar si aceptaba el nuevo horario de trabajo. Había hecho aquel esfuerzo para dejar los turnos partidos y llegar a casa antes. Por un instante pensó en renunciar, como si el trabajo hubiera empujado a Keely al hambre. Entonces llegó un mensaje de Shawna. «Una madre de verdad no deja a su hija para ir detrás de un empleo. Si retiras todo esto, puedo ayudarte a que nadie te juzgue».