—No hay uno correcto. Quería saber cuál te apetecía. A mitad de la cena, Keely derramó un poco de agua. Soltó el tenedor y empezó a pedir perdón tan deprisa que apenas podía respirar. Elena dejó un paño sobre el charco. —El agua se seca. Esperó. No convirtió el accidente en una lección interminable ni exigió que su hija se calmara al instante. Limpió la mesa, rellenó el vaso y se sentó otra vez. Solo entonces Keely volvió a tocar el tenedor.
Cuando la arropó, la niña pidió su conejo de tela. Elena abrió el bolso y comprobó que no estaba. Lo habían llevado a casa de Shawna dentro de la mochila del fin de semana. —Intentaré recuperarlo —dijo—. Esta noche puede quedarse contigo mi cojín pequeño. Keely aceptó el cojín, pero se lo acercó a la nariz antes de decidir que olía lo bastante a su madre. Elena permaneció a su lado hasta que se durmió y después lloró en el baño, con el grifo cerrado para poder escuchar si la llamaba.
Durante los días siguientes, Clara coordinó la entrega de los documentos. Se solicitó protección para Keely y se fijaron las comunicaciones por los cauces adecuados. La escuela actualizó las personas autorizadas a recogerla. Su tutora, sin interrogarla sobre lo sucedido, le ofreció un lugar tranquilo si el comedor la abrumaba. Elena confirmó el nuevo puesto después de hablar con la responsable de la formación. Podría incorporarse unos días más tarde. Organizó las tardes con el comedor escolar, Nuria y una cuidadora recomendada por la escuela, a la que conocieron juntas antes de quedarse a solas. Le costaba delegar incluso diez minutos, pero entendió que proteger a Keely no podía significar encerrar sus vidas en el mismo miedo.
Para recuperar la mochila, pidió a Inés que se ocupara de la entrega sin involucrar a la niña. Shawna quiso entregársela únicamente a Elena, que contestó por escrito que podían dejarla en el despacho de Clara. El jueves por la tarde sonó el timbre de su casa. Nuria preparaba la merienda con Keely. Elena miró por la mirilla: su madre esperaba con la chaqueta beige y, detrás, Tomás sostenía la mochila rosa. No abrió. —Dejad la bolsa junto a la puerta.
—He venido para hablar —respondió Shawna—. No vas a tratarme como a una desconocida. Elena pidió a Nuria en voz baja que permaneciera con Keely. Después volvió hacia la puerta. —No es un buen momento. Mi abogada ya os ha explicado cómo comunicaros. —Tu abogada no es de la familia. —Por eso puede ayudarnos a no confundir las cosas. Tomás intervino, incómodo. —Solo queremos terminar con esto. Mamá trae el conejo. Detrás de Elena se oyó un movimiento de silla. Keely había reconocido la voz de su tío. Nuria empezó a hablarle del dibujo que estaban haciendo, sin fingir que no ocurría nada y sin llevarla a la entrada.
Shawna se acercó más a la madera. —Si dejas que vea a la niña y retiras esas acusaciones, yo explicaré que lo del plato fue un accidente. Puedo decir que tropezaste. A ti también te conviene. Elena se quedó inmóvil. Allí estaba de nuevo la misma oferta: obediencia a cambio de una versión conveniente de la realidad. —No fue un accidente. Lo arrojé yo y voy a responder por ello. Eso no te da derecho a entrar. —Entonces diré cómo estabas cuando me dejaste a Keely. Agotada, nerviosa. Diré que me rogaste que me la quedara porque no la soportabas.
—Mamá —dijo Tomás al otro lado—. Eso no pasó. Se hizo un silencio áspero. —Tú no te metas. —Estaba allí el viernes. Elena dejó una hoja con horarios, el teléfono del curso y dinero para lo que hiciera falta. No dijo eso. Elena apoyó una mano en la pared. Era la primera vez que oía a su hermano contradecir a Shawna sin añadir enseguida una disculpa. —Lo que ha dicho tu hermana nos va a hundir —replicó ella. —Lo que has hecho —contestó Tomás, y la voz le falló—. Nos va a hundir lo que has hecho y lo que yo he intentado tapar.
Shawna golpeó una vez la puerta con la palma. Elena le indicó que se marchara y llamó para informar de la visita y pedir ayuda si no se retiraban. No abrió para defender su postura ni arrastró a Keely hasta allí como prueba de su sufrimiento. Tomás dejó la mochila en el suelo. Durante unos segundos se escucharon sus voces alejándose por la escalera. Shawna exigía que la acompañara a casa; él respondía que primero tenía que hacer una llamada.