Elena se lo enseñó a Marta sin contestar. La trabajadora social leyó despacio y le devolvió el móvil. —Consérvalo también. Al otro lado de la habitación, Keely se movió inquieta. Elena se inclinó y su hija, todavía medio dormida, le agarró dos dedos. —No le digas que te lo he contado. —No has hecho nada malo al contármelo. Keely abrió los ojos. —Dijo que si te llamaba, no volverías. Que te cansabas de las niñas difíciles. Elena apoyó la frente junto a la suya, sin obligarla a mirar.

—Volví porque eres mi hija. Voy a seguir volviendo. Aunque llores, aunque te enfades, aunque no te guste una comida. Por primera vez desde el patio, Keely aflojó un poco los dedos. El teléfono volvió a vibrar sobre la silla. Esta vez era Lucía, y su mensaje empezaba con cinco palabras que Elena leyó conteniendo el aliento: «He visto lo que circula».

PARTE 4

Elena abrió el siguiente mensaje. Lucía había adjuntado una captura del grupo familiar: un vídeo de pocos segundos y, debajo, una frase de Tomás que presentaba a Shawna como víctima de un ataque incomprensible. Varios parientes que no habían estado en la comida preguntaban qué le ocurría a Elena. Alguien proponía «hablar con ella antes de que haga otra locura». El vídeo empezaba demasiado tarde para explicar nada y lo bastante pronto para condenarla. Lucía llamó enseguida. Elena salió al pasillo después de avisar a la enfermera, dejando la puerta entreabierta.

—No te estoy pidiendo que escondas lo que hice —dijo antes de que su sobrina pudiera hablar. —Ya lo sé. Estoy diciendo que hay más. La joven había empezado a grabar aquella mañana para enviar a una prima que vivía lejos un saludo de la familia reunida. Cuando la situación cambió, se había quedado inmóvil, con el teléfono aún funcionando. No había previsto nada. Le avergonzaba, precisamente, haber seguido sujetándolo en lugar de levantarse. Tomás le había pedido después que le enviara la grabación. Lucía lo hizo pensando que serviría para aclarar lo sucedido. Él había recortado el final y lo había compartido.

—Le dije que lo quitara. Me contestó que tú querías destruir a la abuela y que teníamos que defenderla. Elena apoyó la espalda contra la pared. —¿Conservas el archivo original? —Sí. No lo he tocado. —Entrégalo a los agentes. Entero. Y cuenta también cuándo empezaste a grabar y qué hiciste después. Hubo un silencio. —Tía, yo estaba allí. —Lo sé. —No hice nada. Elena miró a través de la puerta. Keely seguía dormida, con el cabello castaño pegado a la sien por el sudor.

—No puedo tranquilizarte sobre eso ahora, Lucía. Pero puedes hacer algo importante a partir de este momento. Su sobrina respiró hondo. —Voy a hacerlo. Elena le pidió que no difundiera la grabación completa. La verdad no necesitaba convertir el miedo de Keely en entretenimiento para los demás. Había profesionales que debían verla; los familiares podían recibir una rectificación sin ver a una niña humillada. Lucía aceptó. Poco después escribió al grupo que el fragmento publicado omitía hechos esenciales, que existía un original y que lo entregaría a quienes investigaban. No discutió durante horas. Se limitó a exigir que dejaran de reenviar cualquier imagen en la que apareciera su prima.

Tomás telefoneó a Elena casi de inmediato. —Estás poniendo a Lucía contra su familia. —Le he pedido que diga la verdad. —Mamá tuvo un mal momento. Tú también. —Dos días no son un momento. —Eso lo dice una niña de cinco años. Elena cerró los ojos. Hasta entonces había creído que la cobardía de su hermano consistía en no levantarse de una silla. Ahora descubría que podía seguir eligiendo aquella silla desde cualquier sitio. —Los médicos la están atendiendo. Los agentes van a comprobar lo ocurrido. No vuelvas a usar su edad para hacer que su voz valga menos.

Tomás cambió el tono. —Si mamá pierde clientes por esto, nos afecta a todos. Su madre era propietaria de una pequeña tienda de alimentación en la que Tomás llevaba años trabajando. Elena no había pensado en el negocio desde que llegó al patio. Comprendió entonces que su hermano ya estaba calculando un desastre distinto del que ella tenía delante. —Keely no puede ser el precio de tu sueldo. Él colgó sin despedirse. Al regresar a la habitación, Elena encontró a la niña despierta y a la enfermera mostrándole una pegatina. Keely eligió una estrella amarilla, pero preguntó si podía devolverla si luego no se portaba bien.

La enfermera negó con naturalidad. —Cuando te doy una pegatina, es tuya. Elena se sentó al borde de la cama y contempló cómo su hija la pegaba en la botella. Aquellas pequeñas dudas eran heridas que no aparecerían en una fotografía de la rodilla. Por la tarde, una amiga recomendada por Nuria le facilitó el contacto de una abogada, Clara. Elena habló con ella desde una sala del hospital y le contó los hechos, incluidos los que la avergonzaban. Clara no le prometió resultados rápidos ni le dijo que ser madre justificaba cualquier reacción.