Recordé la tarde en que me presentó a Álvaro en un restaurante señorial del barrio de Santa Cruz: un joven de ademanes ensayados, sonrisa impecable de dentista caro y una mirada que jamás sostenía el contacto visual más allá de tres segundos consecutivos.
«Es de buena familia, mamá, es muy educado y comprensivo», me había dicho ella aquella noche con los ojos brillantes de ilusión juvenil.
«Los hombres que necesitan exhibir los apellidos de sus abuelos como credencial suelen esconder una cobardía inmensa en las manos, Lucía», le advertí en aquel entonces, ganándome el primer enfado silencioso de mi hija.
Qué amargo y maldito era haber tenido razón desde el primer instante.
A las cinco y cinco de la mañana, reduje la velocidad del vehículo y apagué las luces principales trescientos metros antes de llegar a la cancela perimetral de La Alborada.
El cortijo se alzaba sobre una loma suave, protegido por un bosque espeso de encinas y un vallado cinegético de alambre trenzado de más de dos metros de altura.
Detuve el coche en una vaguada oculta por la maleza, al borde de un camino de servidumbre agrícola que no figuraba en las aplicaciones comerciales de navegación.
Metí la mano bajo el asiento del copiloto y extraje una mochila táctica ligera: unos binoculares de visión nocturna de fósforo blanco de dotación militar, un kit de ganzúas de acero templado, guantes de nitrilo reforzados y una cámara compacta con óptica infrarroja de alta sensibilidad.
Cerré la puerta del vehículo empujando suavemente el pestillo para no generar el más mínimo chasquido metálico.
El aire del campo andaluz olía a tierra mojada, a humo de leña lejana y a vegetación empapada por el rocío invernal.
Me ajusté el arnés de la mochila y avancé agachada entre la hilera de olivos, manteniendo el torso pegado al tronco de los árboles cada vez que las ráfagas del viento mecían las ramas.
El entrenamiento físico riguroso que mantenía a mis cuarenta y ocho años me permitía moverme sin emitir más ruido que el roce inevitable de mis botas contra la hierba húmeda.
Al llegar al vallado perimetral, levanté los binoculares térmicos y barrí la finca de izquierda a derecha.
El caserío principal, una construcción señorial del siglo XVIII con tejas árabes y arquerías encaladas, mostraba luces encendidas en dos puntos estratégicos: la biblioteca de la planta baja y el cobertizo anexo a las antiguas bodegas del patio sur.
Dos figuras se recortaban contra los ventanales de la biblioteca; el sensor térmico reveló las siluetas inconfundibles de Beatriz y su primogénito, Fernando.
Ella sostenía lo que parecía ser una copa de licor mientras gesticulaba con movimientos cortantes y secos; él caminaba de un lado a otro frente a una chimenea encendida, arrojando periódicamente fajos de papeles y carpetas al fuego voraz.
Estaban destruyendo los archivos contables manuales y las agendas que no estaban digitalizadas en los servidores corporativos.
Era la quema desesperada del rastro del dinero.
Pero no era el dinero de la empresa lo que me había llevado hasta allí bajo la lluvia helada de la madrugada; era la verdad del calvario físico y psicológico de Lucía.
Desvié la óptica de visión nocturna hacia el patio trasero, buscando la bodega semienterrada que mi hija había descrito entre sollozos en el hospital.
Junto a la puerta de hierro forjado de la bodega, una figura solitaria fumaba apoyada contra la pared de piedra.
El halo térmico delató la silueta desgarbada y nerviosa de Álvaro Carvajal.
Llevaba puesta una cazadora de caza impermeable y daba caladas rápidas y compulsivas a un cigarrillo cuyo extremo brillaba con una incandescencia roja y viva a través de la lente.
A sus pies descansaban tres cajas de plástico rígido, de esas que se utilizan para el transporte de material inflamable o disolventes industriales.
Iba a limpiar la escena del cautiverio.
Iba a borrar los restos biológicos, las salpicaduras de sangre y cualquier fibra textil antes de que la comisión judicial llegara con el cambio de guardia a las nueve de la mañana.
Sentí una punzada ardiente en la base de la garganta, un impulso salvaje de saltar la cerca, cruzar los setenta metros de explanada y estrangularlo con el cable de mis propios binoculares.
«Mantén la línea de flotación, Valeria», me ordené a mí misma con severidad mental, apretando la mandíbula hasta que el dolor me devolvió la frialdad analítica.
«Un cadáver no declara en el banquillo. Un cadáver solo convierte al asesino en víctima ante la opinión pública».
Busqué un punto ciego en el tendido eléctrico del cercado.
Veinte metros a la izquierda, una encina centenaria extendía una rama gruesa y nudosa que superaba limpiamente la alambrada de espino.
Trepé al tronco rugoso con movimientos fluidos, utilizando las presas naturales de la corteza mojada sin resbalar un solo centímetro.