Alguien se había despertado o había interrumpido su guardia nocturna.
Beatriz.
La matriarca caminaba por el pasillo superior con una cadencia arrastrada, propia de quien lleva horas en vela consumida por la ansiedad y los barbitúricos.
«No te muevas», me ordené, manteniendo cada músculo petrificado en la penumbra del despacho.
Los pasos resonaron sobre el techo artesonado, avanzaron hacia el descansillo de la escalera principal y se detuvieron allí durante un lapso que pareció una eternidad.
El tic-tac monótono de un reloj de antesala de péndulo marcaba los segundos como un martilleo en mis sienes: uno… dos… tres…
Finalmente, el chirrido de una puerta cerrándose en el piso superior confirmó que la mujer había regresado a sus aposentos o a la biblioteca privada.
Solté el aire acumulado de manera gradual por la nariz, tirando de la manija de acero con una presión firme y uniforme.
La pesada puerta de la caja fuerte se abrió sin emitir el más mínimo quejido gracias a sus bisagras blindadas perfectamente lubricadas.
El interior albergaba lo que cualquier familia de oligarcas locales consideraría su verdadero tesoro:
Fajos de billetes de quinientos euros precintados con bandas de entidades bancarias suizas.
Tres pasaportes diplomáticos caducados pero con sellos de visados especiales en repúblicas centroamericanas.
Dos pistolas semiautomáticas de nueve milímetros sin registrar, con los números de serie limados en el armazón de acero.
Y en un rincón del estante superior, envuelto en una funda de gamuza suave, descansaba el teléfono inteligente de carcasa lila de mi hija.
Lo tomé con guantes limpios, palpando la pantalla agrietada que Lucía no había tenido tiempo de reparar antes de que la tormenta se desatara sobre ella.
Presioné el botón de encendido con cautela; la batería estaba al cuatro por ciento de su capacidad operativa.
Conecté una batería portátil militar de carga rápida que llevaba en mi arnés táctico y aseguré el terminal dentro de una bolsa de Faraday para bloquear cualquier señal de rastreo remoto o borrado telemático de emergencia.
Pero mi mirada tropezó entonces con un sobre de manila lacrado que yacía debajo de las armas clandestinas.
Llevaba escrito a mano con tinta sepia un único nombre: «D. Ignacio Morales — Asunto: Cuartel de Cerro Muriano 1998».
Un escalofrío que nada tenía que ver con la lluvia helada me paralizó el corazón en seco.
Ignacio Morales era mi padre.
Un coronel de infantería retirado con honores impecables, fallecido hace siete años a causa de un infarto fulminante que los médicos atribuyeron al agotamiento y a las secuelas de sus misiones en los Balcanes.
¿Qué demonios hacía un expediente sobre mi difunto padre en la caja fuerte privada de la familia que acababa de destrozar a golpes a mi hija?
Mis dedos temblaron con una violencia que no pude reprimir al rasgar el borde superior del sobre de manila.
Extraje tres hojas de papel timbrado antiguo, amarillentas en los bordes y con sellos desvaídos del extinto Ministerio de Defensa de finales de los noventa.
Eran actas de compraventa de terrenos comunales colindantes con la base militar cordobesa, firmadas por el abuelo de Álvaro Carvajal y avaladas mediante un informe técnico topográfico suscrito por el entonces comandante Ignacio Morales.
Un peritaje falso.
Un documento amañado para ceder hectáreas de reserva militar estratégica a la constructora de los Carvajal a cambio de una cartera de acciones blindadas en un fideicomiso radicado en el peñón de Gibraltar.
Mi padre… el hombre que me enseñó a marchar erguida, el soldado intachable cuyo sable de gala colgaba sobre la chimenea de mi casa como un icono de integridad inmaculada… había sido el socio en la sombra que permitió la expansión criminal del emporio que ahora pretendía pisotearnos.
La revelación me golpeó con la violencia de una onda expansiva a quemarropa.
El aire se convirtió en plomo en mis pulmones; un sudor frío y viscoso me empapó la frente bajo el gorro de lana oscura.
Todo el andamiaje moral sobre el que había construido mi identidad como militar, como protectora de la ley y como madre justiciera, se resquebrajó de arriba abajo en una sola fracción de segundo.
Los Carvajal no se sentían intocables solo por sus conexiones políticas actuales en Sevilla o Madrid; se sentían intocables frente a mí porque guardaban en su poder la firma que podía reducir el nombre de mi padre y el honor de mi linaje a cenizas públicas.
Por eso Fernando me había mirado en el hospital con aquella sonrisa burlona y confiada.
No era una bravata de matón de despacho; era la certeza de quien guarda una bomba termonuclear bajo la alfombra esperando el momento exacto para hacerla detonar en mi cara.
«Nos veremos en los tribunales, querida consuegra… donde sea que la gente de su clase acostumbre a mendigar explicaciones».
Las palabras de Beatriz resonaron en mi cabeza con un veneno renovado y devastador.