Eran las cuatro y cuarto de la madrugada cuando sonó una vibración amortiguada sobre la mesa de noche.

Miré la pantalla encriptada: un número de nueve dígitos precedido por el prefijo de la comandancia de la Guardia Civil.

Descolgué sin emitir saludo alguno, pegando el auricular al oído con la cautela de quien espera un parte de transmisiones en zona de operaciones.

—Adelante, Mateo —dije en un susurro apenas audible para no perturbar el sueño inducido de Lucía.

Al otro lado de la línea, la respiración pausada y cavernosa del teniente coronel Mateo Rivas, mi antiguo compañero de promoción en la Academia General Militar y actual jefe de la unidad de policía judicial, llenó el silencio.

—Valeria, tus sospechas eran milimétricas —dijo Mateo con un tono sombrío y grave—. Hace veinte minutos, una furgoneta de transporte privado de residuos documentales salió de la sede corporativa de Construcciones Carvajal S.A. en la isla de la Cartuja.

Apreté el bolígrafo contra el papel hasta que la punta metálica rasgó la superficie del cuaderno.

—¿Llevaban orden de incautación? —pregunté, sintiendo un nudo frío apretándose en mi estómago.

—No pudimos interceptarla legalmente —respondió Mateo con un chasquido de dientes cargado de impotencia—. El juez de guardia de Sevilla rechazó la medida cautelar urgente a las dos y media. Dice que no hay “indicios suficientes de conexidad” entre las lesiones de tu hija y la actividad mercantil de la empresa.

Una llamarada de rabia me quemó el pecho, pero mi tono se mantuvo gélido como un glaciar.

—El magistrado Fuentes —sentencié, recordando el árbol genealógico del poder hispalense que me había aprendido de memoria durante el trayecto—. El padrino de confirmación de Álvaro.

—Exactamente el mismo —confirmó Mateo con amargura—. Ese viejo zorro está bloqueando cualquier mandamiento de entrada y registro hasta que el juzgado ordinario tome el turno a las nueve de la mañana. Tienen cuatro horas y media para limpiar todo lo que deseen.

Miré a Lucía a través del cristal de observación.

Su perfil pálido, contrastado contra las almohadas clínicas, parecía el de una figura de cera rota que una ráfaga de viento podía desintegrar en cualquier instante.

Recordé el vestido de lino desgarrado en la clavícula y la mancha de polvo calizo en el dobladillo; ese polvo no era de un apartamento de lujo en el centro, era el albero triturado de las caballerizas de Carmona.

—Ellos tienen a los jueces del club de golf, Mateo —murmuré con voz de acero templado—. Pero no conocen la doctrina de reconocimiento en profundidad sobre el terreno.

—Valeria, no cometas ninguna locura reglamentaria —advirtió Mateo, conociendo perfectamente el tono que precedía a mis asaltos tácticos—. Si pisas esa finca sin una orden judicial firmada, cualquier prueba que toques quedará viciada de nulidad procesal absoluta bajo la doctrina del fruto del árbol envenenado. Fernando Carvajal es abogado penalista; te destruirá en la sala de vistas si das un solo paso en falso.

—No voy a tocar una sola puerta cerrada, Mateo —respondí, colgando la comunicación antes de que pudiera formular una objeción que tuviera que desobedecer de manera explícita.

Guardé el teléfono, me quité la guerrera de gala con sus pesadas medallas y la doblé con pulcritud sobre una silla de plástico del sanatorio.

Debajo llevaba una camiseta técnica negra de manga larga y los pantalones de faena oscuros que utilizábamos para las guardias operativas nocturnas.

Me incliné sobre la frente de mi hija, aspirando el olor residual a hospital y champú de almendras que todavía sobrevivía bajo los moretones, y deposité un beso casi imperceptible sobre su sien intacta.

—Vuelvo antes del amanecer, Lucía —le prometí en un susurro que era un juramento sagrado—. Te lo juro por mi vida.

Salí del hospital por la rampa de emergencias traseras, esquivando las cámaras del perímetro exterior por los puntos ciegos que ya había memorizado a mi llegada.

Mi todoterreno militar camuflado de civil, un viejo modelo diésel sin distintivos oficiales ni geolocalizadores comerciales, me esperaba estacionado bajo la sombra de unos eucaliptos en la avenida de la Maestranza Aérea.

El motor arrancó con un ronroneo sordo y profundo que apaciguó levemente el torbellino de mi cabeza.

La autovía A-4 hacia el este estaba prácticamente desierta a esa hora de la madrugada; una llovizna fina y fría comenzaba a empañar el parabrisas, convirtiendo las luces de las farolas lejanas en borrones amarillentos sobre el asfalto.

Durante los veintiocho kilómetros que separaban la capital de los llanos de Carmona, cada recuerdo de la infancia de Lucía se cruzaba como un fogonazo de artillería con las imágenes de su cuerpo golpeado.

Recordé el día de su graduación en Bellas Artes, cuando se puso aquel sombrero ridículo y me abrazó con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio sobre la tarima.