Caminar sobre una rama suspendida a cuatro metros del suelo era una rutina insignificante comparada con un salto nocturno a apertura baja sobre la serranía de Ronda.

Me descolgué al otro lado del muro cayendo en cuclillas sobre el suelo blando de un arriate de romero, absorbiendo el impacto con los tobillos y las rodillas sin levantar una mota de polvo.

El reloj táctico de mi muñeca marcaba las cinco y treinta y dos de la mañana.

Tenía un margen operativo de menos de tres horas antes de que la primera luz del alba comenzara a delatar cualquier silueta en el perímetro abierto del cortijo.

Me deslicé a lo largo del muro perimetral del jardín botánico, utilizando los setos de boj como parapeto natural.

Álvaro tiró la colilla al suelo, la aplastó con la puntera de su bota de montar y tomó una de las garrafas de plástico para abrir el candado de la cancela de la bodega.

El chirrido del gozne metálico oxidado cortó el silencio de la noche como un gemido agónico.

Ese ruido… ese maldito chillido de hierro viejo contra el marco de piedra debió ser el sonido que precedía a cada tormento que sufrió mi hija en las últimas cuarenta y ocho horas.

Imaginé a Lucía acurrucada en la oscuridad total, escuchando ese mismo chirrido y sabiendo que el hombre con quien había prometido compartir su vida bajaba los escalones de piedra para descargar su frustración sobre ella.

Un escalofrío helado me recorrió la nuca, pero mis ojos se mantuvieron fijos en el objetivo, inmóviles tras la visera de camuflaje.

Esperé a que Álvaro descendiera al sótano y que la bombilla tenue del interior arrojara un haz de luz amarilla sobre los primeros tres escalones.

Me moví con rapidez letal hacia el ventanuco superior de la bodega, una abertura enrejada a ras de suelo que servía de respiradero para la fermentación de las barricas.

Me tendí boca abajo sobre la tierra húmeda, ignorando el frío que calaba de inmediato la ropa a través de mis muslos y mi abdomen.

Acerqué la lente de la cámara compacta a través de los barrotes de hierro oxidado y ajusté el anillo de enfoque manual en silencio.

La escena que se desplegó en el visor digital aceleró mi pulso a un ritmo peligroso.

El sótano era una estancia abovedada, con muros de sillería rezumando humedad y un suelo de losas de barro cubierto de una pátina de moho grisáceo.

En el centro, atada a una columna de ladrillo visto, colgaba una cuerda de escalada deshilachada con nudos corredizos manchados de un color pardo negruzco que no requería confirmación forense para saber que era sangre seca.

A un metro de la columna, sobre el suelo de barro, yacía un bloc de dibujo de hojas satinadas, abierto de par en par y pisoteado con desprecio.

Era el cuaderno de bocetos botánicos que le regalé a Lucía cuando cumplió veintidós años.

Las páginas estaban rasgadas, salpicadas de barro y con huellas visibles de calzado de montaña sobre los dibujos a carboncillo de magnolias y jazmines.

Álvaro destapó la garrafa de disolvente y comenzó a verter el líquido sobre las losas centrales con un movimiento circular y mecánico.

El hedor penetrante y químico de la acetona industrial subió a través del respiradero, obligándome a contener la respiración para evitar cualquier reflejo de tos que pudiera delatar mi posición.

La cámara capturó en ráfaga silenciosa cada gesto del perpetrador:

El ángulo de su rostro sudoroso bajo la bombilla oscilante.

La botella de disolvente en sus manos enguantadas.

La mirada de pánico calculador que dirigía hacia la escalera cada vez que un crujido retumbaba en el piso superior del cortijo.

Y entonces, su voz rompió la monotonía del vertido con un monólogo quebrado y rabioso.

—Maldita sea tu estampa, Lucía… te dije que no me obligaras a hacer esto… te lo advertí mil veces —farfullaba entre dientes mientras frotaba el suelo con un cepillo de cerdas metálicas—. Querías llamar a tu madre… querías arruinarme la candidatura al club y la concesión del puerto… pues ahora tu coronel de hojalata se va a tragar sus palabras.

Cada frase era un clavo ardiendo hundiéndose en mis sienes.

El cinismo patológico de culpar a la víctima por la violencia desatada en su contra; el libreto clásico del maltratador amparado por el dinero familiar.

Guardé la cámara en el bolsillo estanco del pecho tras registrar cuatro minutos continuos de metraje en alta definición con metadatos temporales incorruptibles.

Ese vídeo bastaría para acusarlo de alteración de la escena del crimen y obstrucción a la justicia, pero todavía faltaba la pieza maestra del rompecabezas: el teléfono móvil de Lucía.

En su declaración balbuceante en el box de traumatología, mi hija había repetido con angustia recurrente una frase específica: