Antes de que Daniel pudiera procesar las palabras, la pesada puerta de madera de la habitación 304 se abrió de golpe.

En el marco estaba Arthur Pendelton, flanqueado por dos hombres con uniformes tácticos oscuros sin insignias policiales. Arthur no llevaba papeles legales esta vez. Sostenía una pistola semiautomática con silenciador.

“Tiene toda la razón, Sra. Sterling”, dijo Arthur, con una sonrisa fría y depredadora. “Usted no me envió. Pero debo darles las gracias a ambos por reunirse en una sola habitación. Le ahorra a mi empleador una cantidad extraordinaria de limpieza administrativa.”