Afuera llovía con tanta fuerza que apenas podía verse el jardín desde las ventanas. Dentro de la enorme casa de la familia Mendoza, Elena sostenía contra su pecho una fotografía de su hijo.
Gabriel llevaba varias semanas fuera por trabajo. Antes de marcharse le había pedido a su madre que permaneciera en la casa: —No quiero que estés sola, mamá. Elena había aceptado. Pensó que aquellas semanas también podrían servir para mejorar su relación con Adriana, la esposa de Gabriel. Se equivocó.
Desde que Gabriel se marchó, Adriana había dejado de fingir. Los pequeños comentarios se convirtieron en insultos. Los insultos, en amenazas. Y aquella noche, mientras Elena abrazaba la fotografía de su hijo, Adriana decidió cruzar un límite que jamás podría borrar.
Tomó una botella de vino. Se acercó a la anciana. Y comenzó a vaciarla sobre su cabeza. Elena cerró los ojos y lloró.
Adriana sonrió. Estaba convencida de que Gabriel se encontraba a cientos de kilómetros. Pero mientras el vino caía sobre el cabello gris de su madre, la puerta principal se abrió.
Un hombre empapado por la lluvia entró en la casa. Era Gabriel. Había regresado sin avisar. Y la primera imagen que encontró al cruzar aquella puerta fue a su madre en el suelo, llorando y abrazada a una fotografía suya.
Elena estaba sentada cerca del comedor cuando escuchó los tacones de Adriana acercándose. Sostenía entre las manos una fotografía enmarcada de Gabriel tomada varios años atrás.
Adriana se detuvo frente a ella. Llevaba un elegante vestido de satén color fucsia. —¿Otra vez con esa fotografía? Elena levantó la mirada. —Solo estaba pensando en Gabriel. Adriana puso los ojos en blanco. —Siempre estás pensando en Gabriel. —Es mi hijo. —Lo sé perfectamente. Elena sintió inmediatamente el tono de desprecio. —No quiero discutir. —Entonces deja de comportarte como si fueras la única mujer importante en su vida.
Elena frunció el ceño. —Nunca he dicho eso. —No necesitas decirlo. Adriana caminó hacia la mesa. Había una botella de vino abierta. La tomó. Elena observó el movimiento. —¿Qué haces? Adriana miró la fotografía. —¿Sabes cuál es tu problema? —Adriana… —Nunca entendiste que Gabriel ya tiene una familia. Elena apretó el marco contra su pecho. —Yo también soy su familia. La expresión de Adriana cambió. —Ese es exactamente el problema.
Elena se puso lentamente de pie. —Voy a mi habitación. Adriana se interpuso. —Todavía no terminé. —Yo sí. Elena intentó pasar. Adriana levantó la botella. —¿Qué haces? La anciana retrocedió. Adriana sonrió. —Quizá necesitas dejar de comportarte como la reina de esta casa.
Y comenzó a vaciar el vino. El líquido oscuro cayó sobre el cabello gris de Elena. —¡Adriana! El vino recorrió su rostro. Su vestido verde oscuro quedó empapado. Elena cerró los ojos, pero no soltó la fotografía. La apretó con más fuerza contra su pecho. —Por favor…
Adriana continuó. —¿Ahora vas a llorar? Elena temblaba. —¿Por qué haces esto? —Porque estoy cansada de ti.
La botella quedó vacía. Adriana la bajó. Elena intentó alejarse, pero el suelo estaba mojado. Perdió el equilibrio y cayó sobre las rodillas. El marco de la fotografía golpeó el piso. —¡Ah! Elena apoyó ambas manos para evitar caer completamente. La fotografía quedó frente a ella. El rostro de Gabriel podía verse detrás del cristal. Elena comenzó a llorar. —Gabriel…
Adriana la miró desde arriba. —Él no está aquí para salvarte.
En ese mismo instante se escuchó un golpe en la puerta principal. Adriana se giró. Elena levantó lentamente la cabeza. La puerta estaba abierta. La lluvia caía con fuerza detrás de ella.
Un hombre permanecía en la entrada. Su traje oscuro estaba completamente mojado. Era Gabriel.
Durante varios segundos no dijo nada. Miró a su madre, después miró el vino derramado, la botella y finalmente a Adriana. —¿Qué está pasando?
Adriana perdió inmediatamente la expresión arrogante. —Gabriel…
Él caminó rápidamente hacia su madre. —¡Mamá! —Se arrodilló—. ¿Estás bien? Elena intentó ocultar las lágrimas. —Sí, hijo. Gabriel miró su cabello empapado. —¿Qué te pasó? Elena guardó silencio. Gabriel levantó la fotografía del suelo, la misma que su madre había estado abrazando. Después miró a Adriana. —¿Tú hiciste esto? —Puedo explicarlo. Gabriel se puso de pie. —Explícalo. —Estábamos discutiendo. —¿Y por eso le vaciaste una botella encima? —Ella me provocó. Gabriel se quedó completamente inmóvil. —¿Mi madre te provocó?
Adriana retrocedió. —No quise decirlo así. Gabriel señaló hacia la puerta. —Vete. —Gabriel… —Ahora. Adriana lo miró sorprendida. —Esta es mi casa. Gabriel bajó la voz. —Entonces explícame por qué mi madre está arrodillada en el suelo llorando mientras tú estás de pie con una botella vacía en la mano. Adriana no respondió. Gabriel dio un paso hacia ella. —Vete antes de que diga algo de lo que me arrepienta.