Ernesto intervino: —Señor Alejandro, está bien. —No —Alejandro lo miró—. No está bien. Ernesto respiró profundamente. —He trabajado en hoteles durante treinta y ocho años. —Lo sé. —He visto personas buenas y personas difíciles. —Miró a Victoria—. No necesito que nadie pelee por mí. Alejandro asintió. —Tiene razón. Victoria pareció sentir alivio. Pero Ernesto continuó: —Pero tampoco significa que lo que hizo estuviera bien.

Victoria bajó la mirada. Por primera vez aquella noche parecía avergonzada. —Lo siento. Ernesto la observó. —¿Por qué? Victoria quedó confundida. —¿Qué? —¿Por qué lo siente? ¿Porque descubrió quién soy? ¿O porque entiende que no debería tratar así a ninguna persona? Victoria levantó lentamente la mirada. No tenía respuesta, y quizá esa era precisamente la lección que necesitaba escuchar.

La fiesta terminó antes de lo previsto. Victoria se marchó. Alejandro acompañó a Ernesto hasta una pequeña sala para empleados. —Déjeme llevarlo a casa. —No es necesario. —Insisto.

Ernesto comenzó a cambiarse la chaqueta mojada. Alejandro vio algo dentro de su casillero: una fotografía. En ella aparecía Ernesto mucho más joven junto al padre de Alejandro. —Nunca había visto esa foto. Ernesto sonrió. —Fue tomada unos meses después del incendio. Alejandro la tomó. —Mi padre hablaba mucho de usted. —Era un buen hombre. Alejandro observó la imagen. —¿Por qué siguió trabajando aquí? Ernesto rio. —¿Por qué no? —Después de todo lo que hizo por mi familia, mi padre podría haberle conseguido cualquier trabajo. —Lo intentó. —¿Y usted dijo que no? —Muchas veces. Alejandro sonrió. —Eso suena a usted.

Ernesto cerró el casillero. —Me gusta mi trabajo. —Incluso después de noches como esta. —Una mala persona no convierte treinta y ocho años en malos años. Alejandro permaneció callado. Entonces vio un sobre: era del hospital. —¿Está enfermo? Ernesto reaccionó inmediatamente: —No es nada. —Ernesto… —Alejandro… —Mi padre me mataría si descubriera que vi eso y no pregunté.

El anciano sonrió. —Necesito una operación. Alejandro cambió de expresión. —¿Qué operación? —La cadera. —¿Cuándo? —Todavía no lo sé. —¿Por qué? Ernesto evitó mirarlo. Alejandro comprendió. —Dinero. —Puedo ahorrar. —¿Cuánto tiempo? —Un año. —Tiene setenta años. —Sesenta y ocho. Alejandro sonrió. —Perdón. Ernesto comenzó a reír. —Mucho mejor.

Alejandro volvió a ponerse serio. —Mi familia pagará la operación. Ernesto negó inmediatamente. —No. —No era una pregunta. —Y mi respuesta sigue siendo no. —Usted salvó la vida de mi padre. —Hace veintisiete años. —¿Y? Ernesto tomó su chaqueta. —Si conviertes cada buena acción en una deuda, deja de ser una buena acción. Alejandro quedó en silencio. Aquella frase se quedó con él toda la noche.

Tres días después, Ernesto estaba preparando el salón para otro evento. Escuchó pasos detrás, se giró: era Victoria. Esta vez no llevaba un vestido de gala; vestía de manera sencilla. —¿Puedo hablar con usted? Ernesto continuó colocando copas. —Puede. —Quería disculparme. —Ya lo hizo. —No correctamente. Ernesto se detuvo. Victoria respiró profundamente. —Lo que hice fue cruel. Y cuando Alejandro me contó quién era usted, me sentí todavía peor.

Ernesto la miró. —Eso me preocupa. Victoria frunció el ceño. —¿Por qué? —Porque parece que todavía piensa que merezco respeto por haber salvado a alguien importante. Ella quedó callada. —No —Victoria negó con la cabeza—. Pensé mucho en lo que me preguntó. Ernesto esperó. —Debería haberlo respetado aunque nunca hubiera salvado a nadie. El anciano sonrió ligeramente. —Eso suena mejor.

Victoria miró las copas. —Mi padre trataba así a los empleados. Ernesto no respondió. —Crecí viendo cómo gritaba a camareros, conductores, limpiadores… —Y aprendió que era normal. Victoria asintió. —Sí. —Eso explica algunas cosas. Ella lo miró. —Pero no las justifica. Ernesto sonrió. —Exactamente.

Victoria sacó un sobre. —Quiero pagar su operación. Ernesto inmediatamente negó con la cabeza. —No. —Por favor. —No quiero su dinero. Victoria parecía sorprendida. —Entonces, ¿qué puedo hacer? Ernesto señaló alrededor. Varios empleados trabajaban preparando las mesas. —La próxima vez que entre en un lugar como este, mírelos. Victoria siguió su mirada. —Aprenda sus nombres. Ella asintió. —Dé las gracias. Otra vez asintió. —Y recuerde que una persona que lleva uniforme sigue siendo una persona.

Victoria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —Lo haré. Ernesto volvió a colocar las copas. —Entonces estamos bien. Antes de marcharse, Victoria preguntó: —¿De verdad me perdona? Ernesto respondió: —Perdonar es fácil. —La miró—. Cambiar es la parte difícil.

Casi un año después, el Hotel Imperial celebró su aniversario. El mismo salón volvió a llenarse, las mismas lámparas de cristal, el mismo suelo de mármol. Pero aquella noche había una diferencia: Ernesto no llevaba uniforme; vestía un elegante traje oscuro. Alejandro había insistido en que asistiera como invitado. —Una noche —le había dicho—. Solo una noche sin bandejas. Ernesto finalmente aceptó.

Al entrar al salón, varios empleados lo saludaron: «Buenas noches, don Ernesto». —«Buenas noches». Caminaba mucho mejor. Finalmente había aceptado que el hotel cubriera parte del tratamiento como beneficio por sus décadas de servicio. La operación había sido un éxito.