Adriana se llevó una mano a la mejilla mientras retrocedía, completamente sorprendida por la reacción de su esposo. Pero antes de salir dijo algo que hizo que Gabriel se detuviera: —Pregúntale a tu madre por qué realmente vino a vivir aquí.
Gabriel miró a Elena. Su madre bajó inmediatamente la mirada. Y en ese instante comprendió que aquella noche escondía algo más.
Gabriel ayudó a su madre a levantarse. —Vamos a cambiarte esa ropa. —Estoy bien. —No estás bien. Elena sostuvo su brazo. —Hijo, primero cierra la puerta. Está entrando agua.
Gabriel miró hacia la entrada. Incluso después de haber sido humillada, su madre seguía preocupándose por cosas pequeñas. Cerró la puerta. Después la acompañó hasta el sofá. —Ahora dime qué quiso decir Adriana. Elena evitó mirarlo. —Nada. —Mamá. —Está enfadada. —No parecía estar inventándolo.
Elena respiró profundamente. —No quiero hablar de eso esta noche. —Yo sí. —Gabriel se sentó frente a ella—. Pensé que habías venido porque te sentías sola. —También. —¿También? Silencio. —¿Qué ocurre? Elena comenzó a jugar nerviosamente con sus manos. —Hace tres meses fui al médico. Gabriel cambió inmediatamente la expresión. —¿Por qué? —Me estaba sintiendo cansada. —¿Y? —Encontraron algo. Gabriel sintió un nudo en el estómago. —¿Qué encontraron? Elena levantó la mirada. —Un problema en el corazón.
Gabriel quedó inmóvil. —¿Qué? —No es tan grave como parece. —¿Desde cuándo lo sabes? —Tres meses. Gabriel se levantó. —¿Tres meses? —Hijo… —¿Y no me dijiste nada? —Estabas trabajando. —¡Soy tu hijo!
Elena comenzó a llorar. Gabriel cerró los ojos; inmediatamente se arrepintió de haber levantado la voz. Se arrodilló frente a ella. —Lo siento. —No quería preocuparte. —¿Adriana sabía? Elena guardó silencio. Gabriel comprendió. —Ella sabía. —Encontró unos documentos. —¿Y qué hizo? Elena miró hacia la puerta. —Me pidió que no te lo dijera.
Gabriel sintió que la rabia regresar. —¿Por qué? —Decía que estabas bajo demasiada presión. —Eso no tiene sentido. —También dijo… —Elena se detuvo. —¿Qué? —Que si te enterabas, cancelarías algunos proyectos para quedarte conmigo. Gabriel no podía creerlo. —Por supuesto que lo haría. —Eso era lo que ella temía.
Gabriel se puso de pie. —¿Desde cuándo te trata así? Elena no respondió. —Mamá. —Desde que llegué. Aquella respuesta dolió más que cualquier otra. —¿Por qué nunca me dijiste nada? Elena miró la fotografía mojada. —Porque pensé que podía soportarlo hasta que regresaras. —¿Soportar qué?
Elena comenzó a contar: Las burlas. Los comentarios. Las veces que Adriana le había dicho que estaba destruyendo su matrimonio. Las amenazas de enviarla a una residencia. Las ocasiones en que había escondido sus medicamentos para obligarla a buscarlos.
Gabriel dejó de respirar por un instante. —¿Escondió tus medicamentos? —Solo una vez. —Una vez es suficiente. —Tomó su teléfono. —¿A quién llamas? —A Adriana. Elena agarró su mano. —No. —Mamá. —Esta noche no. —¿Por qué sigues protegiéndola? Elena negó con la cabeza. —No la estoy protegiendo. —Entonces, ¿qué haces? Elena lo miró. —Te estoy protegiendo a ti.
Gabriel sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. —No necesito que te destruyas para protegerme. Elena bajó la mirada. Gabriel tomó sus manos. —Mañana vamos al médico juntos. —No tienes que hacerlo. —Sí. —Tu trabajo… —Puede esperar.
Elena comenzó a llorar. Por primera vez en meses, aquellas lágrimas no eran de miedo. Eran de alivio.
A la mañana siguiente Gabriel acompañó a su madre al hospital. El diagnóstico no era tan grave como había imaginado. Elena necesitaba tratamiento y seguimiento, pero podía llevar una vida normal. Gabriel sintió alivio.
Sin embargo, todavía quedaba una pregunta: ¿Por qué Adriana estaba tan desesperada por alejar a Elena? La respuesta llegó dos días después.
Gabriel regresó a casa para recoger algunos documentos. Adriana todavía no había vuelto. Mientras buscaba una carpeta encontró un sobre dentro de un cajón. Llevaba el nombre de Elena. Gabriel lo abrió. Dentro había documentos bancarios, transferencias, firmas y una autorización.
Gabriel comenzó a leer. Su madre poseía una participación en una propiedad que su padre había comprado décadas atrás. Después de la muerte de su padre, Elena nunca había prestado demasiada atención al asunto. La propiedad ahora valía una fortuna.
Pero había algo extraño: Una solicitud reciente intentaba transferir parte de los derechos. Gabriel reconoció la firma. Supuestamente era de Elena, pero no parecía suya.
En ese momento escuchó la puerta. Adriana había regresado. Cuando vio los documentos en las manos de Gabriel, se detuvo. —¿Dónde encontraste eso? Gabriel levantó la mirada. —¿Qué es? —Papeles privados. —Tienen el nombre de mi madre. —Ella me pidió ayuda. —¿Para transferir una propiedad? Adriana guardó silencio. —¿Mamá firmó esto? —Sí. Gabriel la observó. —Voy a preguntárselo. —¡No! Aquella respuesta fue demasiado rápida. Gabriel comprendió. —Ella no sabe nada.
Adriana comenzó a ponerse nerviosa. —Estás confundiendo las cosas. —¿Falsificaste su firma? —No. —Entonces no tendrás problema si llamo al abogado. Adriana se acercó. —Gabriel, espera. —¿Para qué? —Puedo explicarlo. —Últimamente tienes demasiadas cosas que explicar.