Mariana dejó el recipiente sobre la mesa. —Ahora tienes una razón real para llorar. Elena levantó lentamente la mirada. Tenía lágrimas en los ojos. —¿Por qué me odias tanto? Mariana permaneció callada. Elena continuó: —Nunca te hice nada. —Entraste en mi casa. —Tu esposo me pidió que viniera. —Y debiste saber cuándo marcharte.
Elena bajó la cabeza y comenzó a recoger algunos cubos de hielo. Entonces escucharon la puerta principal. Mariana quedó inmóvil. —¿Mamá? Elena reconoció inmediatamente aquella voz: Gabriel.
Mariana perdió el color del rostro. Gabriel entró en la sala y se detuvo. Su madre estaba arrodillada sobre el suelo, completamente empapada, rodeada de cubos de hielo. Mariana permanecía a pocos metros con el recipiente vacío en las manos.
Gabriel no dijo nada durante varios segundos. Después corrió hacia Elena. —¡Mamá! —Se arrodilló—. ¿Qué pasó? Elena intentó levantarse. —Estoy bien. —Estás temblando. —Gabriel se quitó la chaqueta y la colocó sobre sus hombros. Después levantó lentamente la cabeza y miró a su esposa—. ¿Qué hiciste?
Mariana dejó inmediatamente el recipiente. —Gabriel, no es lo que parece. Él miró el agua, el hielo y después volvió a mirar a su madre. —Entonces dime qué parece. —Estábamos discutiendo. —¿Y? Mariana guardó silencio. Gabriel se puso de pie. —¿Tú le tiraste esto encima? —Perdí los nervios. El rostro de Gabriel cambió. —¿Le tiraste agua con hielo a mi madre? —Ella me provocó.
Elena levantó la cabeza. —No… Gabriel se volvió. —Mamá, no tienes que defenderte. Mariana dio un paso hacia él. —Gabriel, escúchame. —¿Cuánto tiempo? —preguntó él. —¿Qué? Gabriel señaló a su madre. —¿Cuánto tiempo llevas tratándola así? Mariana no respondió. Gabriel miró a Elena y vio algo que hasta entonces había ignorado: Su madre no parecía sorprendida. Parecía cansada, como si aquello no fuera el principio de algo, sino el momento en que algo que llevaba meses ocurriendo finalmente había quedado al descubierto.
Gabriel acompañó a su madre hasta su habitación, le dio una manta y buscó ropa seca. —Tenemos que ir al médico. —No necesito un médico. —Mamá, estás temblando. Elena intentó sonreír. —Es solamente el frío.
Gabriel se sentó frente a ella. —Necesito preguntarte algo. Elena sabía perfectamente qué pregunta vendría. —No. —Todavía no he preguntado nada. —Conozco esa cara.
Gabriel permaneció en silencio. Finalmente dijo: —¿Esto había ocurrido antes? Elena apartó la mirada. Aquello fue suficiente. —Mamá. —No de esta manera. —¿Qué significa eso? —Nada. —Por favor, deja de protegerme.
Elena lo miró. —No te estoy protegiendo a ti. —Entonces, ¿a quién? Elena no respondió. Gabriel entendió. —A Mariana. A tu matrimonio.
Gabriel cerró los ojos. —Dime la verdad. Elena respiró profundamente. —Al principio eran solamente comentarios. —¿Qué comentarios? —Que ocupaba demasiado espacio. —¿Qué más? —Que debía ayudarte menos para que aprendieras a depender de ella. Gabriel frunció el ceño. —¿Qué? —Después comenzó a decir que yo interfería entre ustedes. —Eso no tiene sentido. —Para ella sí.
Elena continuó: Le contó cómo Mariana criticaba todo lo que hacía; cómo algunas mañanas escondía alimentos que Gabriel compraba especialmente para su madre; cómo le recordaba constantemente que aquella no era su casa; cómo una vez dejó su maleta junto a la puerta y le preguntó cuándo pensaba utilizarla.
Gabriel escuchaba en silencio. Cada frase era peor que la anterior. —¿Por qué nunca me dijiste nada? Elena comenzó a llorar. —Porque eres feliz con ella. —¿Feliz? —Pensé que podía soportarlo unos meses. —¿Soportarlo? —Gabriel se levantó—. Mamá, no deberías soportar nada dentro de mi casa.
Elena tomó su mano. —No quiero que te divorcies por mí. Gabriel la miró. —Esto no se trata de ti. —Claro que sí. —No. —Gabriel negó con la cabeza—. Se trata de quién es Mariana cuando cree que yo no estoy mirando.
Elena bajó la cabeza. —Todos cometemos errores. —Un error ocurre una vez. —Gabriel miró hacia la puerta—. Tú acabas de contarme meses de cosas.
En ese momento alguien llamó. Era Mariana. —Gabriel… Él no respondió. —Por favor, necesito hablar contigo. Gabriel abrió la puerta. Mariana tenía los ojos rojos. —Lo siento. —¿Por qué? Ella pareció confundida. —Por lo que ocurrió. —No. Quiero que me digas exactamente por qué estás pidiendo perdón. Mariana guardó silencio. —¿Por tirarle agua helada? ¿O por haberlo hecho justo cuando yo regresaba?
La pregunta la dejó inmóvil. —Eso es injusto. —¿Injusto? —Gabriel señaló hacia Elena—. Mi madre lleva meses callándose para proteger nuestro matrimonio. Mariana miró a Elena. —¿Qué le dijiste? Gabriel se interpuso inmediatamente. —No vuelvas a hablarle así. Mariana retrocedió. —¿Ahora todo es culpa mía? —No necesito decidir nada ahora —dijo Gabriel respirando profundamente—. Pero esta noche vas a dormir en otro lugar.
Mariana abrió los ojos. —¿Me estás echando? —Necesito distancia. —Esta también es mi casa. Gabriel la miró. —Curioso. Mariana frunció el ceño. —¿Qué? —Eso mismo es lo que llevas meses diciéndole a mi madre que no puede decir.