Samuel tendría que reparar las instalaciones de agua. Yo debía ahorrar para comprar frascos nuevos y dejar de depender de los prestados.

—No le propongo que se case conmigo ni que sea padre de mis hijos —añadí, con el rostro caliente—. Le propongo que no venda su casa por cansancio y que me deje ganarme aquí una vida.

Samuel tardó en responder.

—No iba a pedirte eso a cambio.

—Necesitaba decirlo.

Asintió.

Acordamos llevar la propuesta a la licenciada Robles para convertirla en un convenio sencillo y revisable. Yo no recibiría derechos sobre Los Encinos por trabajar allí. Samuel no tendría derechos sobre mis ganancias ni sobre mis decisiones como madre.

Podíamos terminar el arreglo sin convertirnos en enemigos.

Ponerlo por escrito no resolvió todo. Nos permitió saber qué estábamos prometiendo.

Samuel tomó después una decisión más difícil.

Llamó a Fausto y le pidió reunirse en la oficina de la abogada, con los documentos y el representante del posible comprador.

—No voy a discutir esto otra vez en un patio —le dijo.

La reunión fue un jueves.

Yo asistí porque Fausto había incluido mi salida como una condición de la entrega y porque llevaba el registro de lo ocurrido en la cocina. No pretendía hablar de asuntos que no conocía.

La licenciada Robles comenzó separando las cuentas.

Había gastos reales que Samuel debía reconocer. Había una comisión propuesta que nunca se había explicado con claridad. Y había cargos que Fausto no podía acreditar, incluida la entrega de alimento en su terreno.

El representante del comprador, un hombre de camisa gris, observó a Fausto.

—A nosotros nos dijeron que el propietario ya estaba de acuerdo con vender.

Samuel respondió antes que su primo.

—Estaba considerando hacerlo. No autoricé que prometieran mi casa.

Fausto se acomodó en la silla.

—Yo intentaba cerrar una oportunidad.

—¿Para quién? —preguntó Samuel.

El hombre de camisa gris abrió su carpeta.

De allí salió un acuerdo de pago por intermediación que la empresa había firmado con Fausto. Además de lo que pretendía cobrarle a Samuel, recibiría una cantidad del comprador si la operación se concretaba al precio ofrecido.

No era una fortuna misteriosa. Era un incentivo suficiente para explicar la prisa, la presión y el empeño en presentar la casa como un lugar del que su dueño necesitaba escapar.

Samuel leyó el documento.

—Me dijiste que estabas haciendo esto por la familia.

Fausto apretó los labios.

—¿Y mi tiempo no vale? ¿Mis viajes no cuestan? Todos esperaban que yo resolviera mientras tú…

Se detuvo, pero Samuel lo obligó a terminar.

—Mientras yo, ¿qué?

—Mientras tú te hundías.

Nadie habló durante unos segundos.

Samuel dejó el papel sobre la mesa.

—Sí. Me hundí. Y te dejé entrar porque confiaba en ti.

Fausto se volvió hacia mí.

—Todo esto empezó cuando ella llegó.

Sentí el impulso de defender cada plato lavado, cada noche de trabajo, cada moneda guardada.

No lo hice.

Samuel habló.

—Esto empezó cuando confundiste mi dolor con permiso.

La abogada explicó las opciones. Podían impugnar cargos, discutir la validez y el alcance del encargo, prolongar el conflicto. También podían negociar una terminación que reconociera únicamente los gastos verificables y dejara asentado que no había venta.

El comprador retiró su oferta. No quería adquirir una propiedad en medio de una disputa y tampoco aceptó que hubieran usado su nombre para prometer condiciones que él no había exigido.

Fausto se quedó sin aquella presión.

No quedó indefenso: seguía habiendo un contrato que revisar y trabajo que decía haber realizado. Eso impidió una victoria limpia y rápida.

Samuel aceptó pagar las gestiones comprobadas, aunque le doliera entregar dinero después de lo ocurrido. Exigió a cambio la entrega de originales, el cierre del encargo y la devolución de cantidades sin justificar.

Fausto pidió tiempo.

—Hasta el lunes —respondió la abogada.

Antes de salir, se acercó a Samuel.

—Cuando ella encuentre algo mejor, se irá. Yo voy a seguir siendo tu familia.

Samuel sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Entonces aprende a comportarte como ella.

En el camino de regreso no hablamos mucho.

Al llegar, encontramos a Mateo dormido sobre un cuaderno y a doña Petra dándole cucharaditas de fruta a Javi.

La cocina estaba desordenada. Había una olla quemada en el fondo.

Petra levantó una ceja.

—Antes de que hagan planes de volverse empresarios, compren otra olla.

Reí por primera vez en días.

Samuel también, apenas.

Esa noche dejó sobre la mesa el cálculo de los gastos reales. Para cubrirlos sin vender animales necesarios tendría que renunciar a una pequeña reserva que guardaba desde antes del accidente.

—Voy a pagarlo —dijo—. Y después voy a recuperar mis cuentas, aunque tenga que aprenderlas desde el principio.

Yo saqué de la lata el dinero que había apartado por la fruta y la renta.

Él no intentó rechazarlo.