Lo contó frente a mí, anotó la cantidad y me extendió un recibo.
Afuera, Mateo llamó porque la puerta del patio volvía a atorarse.
Samuel guardó la pluma.
—Mañana la arreglamos.
Pero antes de levantarse miró hacia el corredor, donde seguía cerrado el cuarto de Lucía.
—Y hay otra puerta que también tengo que abrir.
## Parte 5. Lo que sí pudimos conservar
Samuel abrió el cuarto de su hija un sábado por la mañana.
No nos llamó para que entráramos.
Me pidió unas cajas y una sábana limpia.
Comprendí que aquella era una tarea en la que ayudar significaba quedarse cerca sin invadir.
Mateo estaba en el patio, lijando con mucha seriedad un pedazo de madera que quería convertir en barquito. Cuando vio las cajas, dejó la lija.
—¿Va a tirar sus cosas?
Samuel se quedó en el umbral.
—No todas. Voy a guardar algunas y a ver cuáles pueden servirle a alguien más.
Mi hijo pensó un momento.
—Mi mamá guardó mi suéter de cuando era bebé. Aunque a Javi le queda chico.
Yo había conservado aquel suéter incluso cuando tuve que elegir qué cabía en la bolsa. No sabía que Mateo lo recordaba.
Samuel asintió.
—Hay cosas que uno guarda por eso.
Entró solo.
Durante buena parte de la mañana escuché cajones, pasos y el arrastre de una silla. Después nada.
Cuando salió, llevaba una caja pequeña y los ojos enrojecidos. La puso en su habitación. Las demás quedaron junto a la pared para otro día.
No volvió a cerrar con llave.
El acuerdo con Fausto se terminó la semana siguiente.
No hubo una escena de arrepentimiento que arreglara lo que había hecho. Hubo discusiones, recibos revisados y una cantidad que debió devolver en dos pagos. Parte de sus gestiones se reconoció; los cargos sin respaldo quedaron fuera.
Samuel cubrió lo que correspondía y firmó el cierre con la abogada presente.
Fausto entregó las llaves que conservaba.
Al dejarlas sobre el escritorio dijo:
—Espero que estés contento.
Samuel las recogió.
—Estoy tranquilo con lo que decidí.
Eso pareció irritarlo más que una amenaza.
Durante un tiempo siguió diciendo que yo había dividido a la familia. Algunas personas le creyeron. Otras dejaron de encargarle negocios cuando se supo que había cobrado de ambos lados sin explicárselo a Samuel.
No perdió todo ni desapareció del pueblo. Perdió el acceso a la casa, a las cuentas y a la confianza que había usado para mandar.
Samuel no le prohibió acercarse para siempre.
Le dijo que, si alguna vez querían hablar como primos, tendría que ser sin carpetas, sin ofertas y sin insultos hacia nosotros.
Fausto no volvió en varios meses.
Yo también tuve que responder por mi parte.
Una tarde Samuel me preguntó por qué había metido mis recibos médicos y mis gastos en un sobre que terminó abierto ante tanta gente.
—Porque me daba miedo que pensara que yo vivía de usted.
Él pasó un dedo por el borde de la mesa.
—No tenías que mostrarle al pueblo cuánto costó la consulta de Javi.
Lo sabía ahora.
En aquel momento había confundido defenderme con exponerlo todo para merecer que me creyeran.
—No volvería a hacerlo igual —admití.
Samuel asintió.
No me pidió que lamentara haber hablado. Yo no le pedí que agradeciera cada cosa que hice. Dejamos que aquella conversación fuera incómoda y suficiente.
Las conservas empezaron a venderse mejor, aunque no de golpe.
Una tanda de higo quedó demasiado líquida. Una tienda tardó tres semanas en pagar. En septiembre, varios frascos se rompieron porque yo intenté llenar una caja con más peso del que soportaba.
Lloré de coraje junto al lavadero.
Doña Petra me ayudó a separar los vidrios y luego descontó su comisión de lo que sí habíamos cobrado.
—Te quiero mucho —dijo—, pero mis cuentas también tienen que salir.
Agradecí que no me tratara como una desgracia a la que todos debían sostener.
Aprendí a llevar un registro de pedidos, a cobrar anticipos en encargos grandes y a reservar dinero que no se tocaba para comida ni ropa. Compré una olla ancha. Después una mesa que no cojeaba.
Meses más tarde pude recuperar una máquina de coser usada. No era la que mi marido había empeñado, pero el primer ruido de la aguja me devolvió una parte de mí que creía perdida.
Sobre él hice las averiguaciones necesarias con ayuda de la abogada. Dejé asentada mi situación y comencé los trámites que correspondían para no seguir viviendo pendiente de un regreso que él nunca había prometido.
No recibí dinero ni explicaciones.
Recibí, al menos, información suficiente para dejar de esperarlo.
Mateo entró a la escuela del pueblo.
La primera semana escondió un pan en la mochila. Lo encontré duro, envuelto en una servilleta.
No lo regañé.