El teléfono sonó antes de que pudiéramos conversar. Don Ernesto me pasó el auricular. Fausto respiraba con rabia. “¿Qué dejaste en la iglesia, Elena?” Miré mis manos, todavía oliendo a membrillo y canela. Le respondí que aquel frasco no lo había hecho para vender, sino para conservar su mentira. Él guardó silencio y después dijo: “Pregúntale a Samuel qué firmó el martes.”
Samuel había alcanzado a oírlo. Tomó el teléfono y exigió que al día siguiente llevara todos los papeles. Después salimos al patio. Me confesó que había firmado un encargo para buscar comprador. Fausto le había asegurado que no lo obligaba a vender. Cuando pregunté si lo había leído completo, apartó la mirada. Desde la muerte de Clara y Lucía, su primo llevaba las cuentas y le acercaba documentos para firmar.
“Debiste decírmelo”, me reclamó. Reconocí que tenía razón. Había temido que, si me pedía ignorar lo escuchado, me quedaría sin saber cómo defenderme. Samuel tampoco aprobó del todo que expusiera mis cuentas delante del pueblo. Comprendí que podíamos estar del mismo lado y aun así habernos lastimado. Regresamos al rancho sin resolverlo todo.
A la mañana siguiente Fausto dejó la carpeta sobre la mesa. El encargo incluía exclusividad y una compensación si Samuel rechazaba ciertas ofertas. También había una copia de un poder para realizar gestiones. Samuel pidió que alguien independiente revisara aquello. Su primo se endureció: “Alguien tenía que hacerse cargo.” Samuel apoyó las manos en la mesa. “Y ahora me estoy haciendo cargo.”
Parte 3. El precio de quedarse
Leí aquella línea tantas veces que terminó perdiendo forma.
El cuarto del fondo debía quedar desocupado.
No decía mi nombre. No necesitaba decirlo.
Samuel quiso romper la hoja, pero la guardé bajo la carpeta.
—La abogada va a necesitarla.
Él se quedó de pie junto a la mesa.
—No voy a echarlos.
Yo asentí, aunque una parte de mí ya estaba calculando cuánto costaría una habitación cerca del mercado.
No desconfiaba de su promesa. Desconfiaba de lo que podía pasar alrededor de ella.
Los días siguientes demostraron que tener razón no volvía sencillas las cosas.
El proveedor de alimento llegó a cobrar una factura que Samuel creía pagada. Después apareció un hombre preguntando cuándo podría recorrer el terreno. Fausto había hablado con él de una entrega rápida.
La licenciada Robles envió la comunicación para detener nuevas gestiones y solicitó la rendición de cuentas. También explicó que podían discutir las cláusulas del encargo, pero no prometer que desaparecerían sin costo.
Samuel debía enfrentar dos problemas: las maniobras de su primo y el descuido real del rancho.
Había pagos atrasados, una cerca vencida y animales que ya no rendían como antes. Vender no era la única salida, pero conservar todo sin cambiar nada tampoco lo era.
Esa verdad le dolió más que cualquier insulto.
Una mañana lo encontré sentado frente al cuaderno de Clara.
Tenía cuentas de semillas, fechas de vacunación del ganado y notas pequeñas sobre compras domésticas. En una esquina había una flor dibujada por Lucía.
—Ella llevaba esto —me dijo—. Yo sabía cuánto entraba por los animales. Creí que con eso conocía la casa.
No intenté consolarlo de inmediato.
Me senté al otro lado.
—Podemos separar lo que urge de lo que puede esperar.
—No tienes que hacerlo.
—Ya lo sé.
Empezamos por las facturas.
Mi habilidad no tenía nada de extraordinario: sabía sumar, comparar precios y estirar cantidades porque había pasado años haciendo que el dinero alcanzara donde no alcanzaba. Samuel conocía el trabajo del campo. Doña Petra sabía qué conservas se vendían y cuáles se quedaban meses en el estante.
Cada uno tenía un pedazo del problema.
Durante varias tardes llenamos hojas, hicimos llamadas desde la tienda y descubrimos que una de las cargas de alimento cobradas por Fausto nunca había llegado a Los Encinos.
Otra había sido entregada en un terreno que él arrendaba.
El proveedor lo confirmó con su registro de entrega.
Samuel se quedó mirando la firma del chofer.
—Pudo equivocarse de dirección.
Yo respiré hondo.
—Puede ser. Pregúntele.
Lo llamó.
Fausto dijo primero que todo era un error. Después, que había compensado esa entrega con otras cosas. Finalmente perdió la paciencia.
—¿De verdad vas a interrogarme por unos costales después de todo lo que hice cuando tú no podías ni levantarte?
Samuel colgó con las manos temblorosas.
Aquella noche no cenó.
Por primera vez me enojé con él.
No por su tristeza, sino porque lo vi dispuesto a dejar que la culpa volviera a sentarse al mando.
—Que lo haya ayudado no significa que pueda cobrarse lo que quiera.
—Es mi primo, Elena.
—Y usted es su primo también.
Samuel levantó la cara.
No añadió nada.
Yo regresé a la cocina y me encontré a Mateo limpiando una taza que ya estaba limpia.
Había escuchado.
—¿Nos vamos? —preguntó.