Me arrodillé frente a él.

—Todavía no lo sé.

Quise darle una certeza más bonita. No la tenía.

Al día siguiente, Samuel llevó a Mateo a revisar los bebederos. Regresaron temprano porque mi hijo se había caído y raspado una rodilla.

No era grave, pero Samuel venía pálido.

Mateo, avergonzado, intentaba explicarle que no le dolía.

—Te dije que no corrieras —repitió Samuel con demasiada fuerza.

Mi hijo bajó la cabeza.

Yo lo llevé a lavar la herida y, cuando volvió al cuarto, salí a buscar a Samuel.

Estaba junto al lavadero.

—No vuelva a hablarle así por asustarse usted.

Su rostro se cerró.

—Pudo golpearse la cabeza.

—Pero se raspó la rodilla. Necesitaba que lo ayudara, no que lo hiciera sentirse culpable.

Vi cómo tragaba saliva.

—Cuando vi la sangre…

No terminó.

Comprendí. Eso no cambió lo que debía decir.

—Mateo no puede vivir tratando de no recordarle a su hija.

Samuel se apoyó en el borde del lavadero.

Durante un momento pensé que me pediría que nos fuéramos.

—Tiene razón —dijo al fin.

Esa tarde llamó a la puerta del cuarto y le pidió disculpas a Mateo sin explicaciones que mi hijo tuviera que cargar.

—Me asusté y te grité. No estuvo bien.

Mateo lo observó con cuidado.

—Yo sí estaba corriendo.

—Eso lo hablamos después. Primero tenía que limpiarte la rodilla.

Mi hijo asintió. Luego le preguntó si al día siguiente todavía podían ir al corral.

Samuel tuvo que aclararse la garganta antes de responder.

Mientras nosotros aprendíamos a vivir sin convertir las heridas en órdenes, Fausto hizo su siguiente movimiento.

Llegó un martes, cuando Samuel estaba en la cabecera con la abogada. Se detuvo fuera de la cocina y dejó un sobre junto a mis frascos.

Había dinero.

—Para que te instales en el pueblo.

No lo toqué.

—Lléveselo.

—No seas orgullosa. Aquí no hay futuro para ti. Cada cosa que cambies le va a recordar que estás usando lo que era de Clara.

Miré el fogón, los estantes, la ventana que yo abría cada mañana.

Sabía dónde herirme.

—Mi trabajo no es suyo para negociarlo.

Fausto se acercó un paso.

—Tu trabajo empezó el día que viste una casa con un hombre solo.

Tomé a Javi de la silla y lo puse en mis brazos.

—Salga.

Me miró unos segundos. Después recogió el sobre.

—Cuando todo esto le cueste dinero, veremos cuánto le dura el agradecimiento.

No me tocó. No gritó. Aun así, cuando se marchó, tuve que sentarme porque me temblaban las piernas.

Esa noche hice la maleta.

No por obedecerlo, me dije, sino para que mis hijos no volvieran a oírme convertida en una deuda.

Samuel apareció en la puerta.

Vio la bolsa abierta.

—¿Qué pasó?

Se lo conté todo.

Me escuchó sin interrumpir. Después miró la ropa de los niños.

—Si te vas, que sea porque quieres irte. No porque él haya conseguido asustarte dentro de esta casa.

Apreté una camisa entre las manos.

—Yo tampoco puedo quedarme para demostrarle que no ganó.

Samuel asintió lentamente.

Y por primera vez, en lugar de prometerme protección, me preguntó qué necesitaría para poder elegir.

## Parte 4. Una propuesta con los ojos abiertos

No supe responderle esa noche.

Llevaba tanto tiempo decidiendo entre lo malo y lo peor que la posibilidad de elegir me dejó sin palabras.

Le pedí hasta la mañana.

Cuando amaneció, preparé café con canela, alimenté a Javi y puse a Mateo a desayunar antes de sentarme frente a Samuel.

—Quiero seguir aquí —dije—. Pero necesito que esta casa deje de depender de lo que Fausto diga y de lo que nosotros callemos.

Samuel apartó la taza.

—Dime.

Saqué mi cuaderno.

Había hecho cuentas durante la noche. No alcanzaban para salvar un rancho entero. Alcanzaban para sostener una actividad pequeña si dejábamos de tratarla como un favor.

—El cuarto del fondo necesita una entrada propia. La puerta del patio se puede reparar. Quiero pagarle una renta que pueda cumplir, aunque al principio sea poca. Y quiero alquilarle el uso de la cocina ciertas horas para las conservas.

Samuel frunció el ceño.

—Ya trabajas aquí.

—Eso también debe cambiar. Puedo seguir haciendo tareas acordadas, con horario y pago. Pero no quiero que mis hijos sientan que si un día estoy enferma nos quedamos sin cama.

Se quedó mirando el cuaderno.

—¿Y lo del huerto?

—Le compro la fruta a precio de productor. Si la cosecha no sirve, la pérdida es suya. Si yo cocino mal, la pérdida es mía.

Una sombra de sonrisa le cruzó la boca.

—Suena duro.

—Suena claro.

Pasé a la hoja siguiente.

Doña Petra había aceptado llevar pedidos de tres tiendas pequeñas a cambio de una comisión. Yo podía elaborar dos tandas por semana, siempre que no prometiéramos más de lo que cabía en las ollas y en mis horas.