Preparé dos panes a la mañana siguiente y le dije que podía llevar uno para después. Durante varios meses siguió preguntando qué cenaríamos antes de terminar de comer.
La seguridad tardó más en llegarle al cuerpo que a la casa.
Samuel aprendió a no interpretar esas preguntas como desconfianza hacia él.
Le respondía con sencillez.
—Frijoles y tortillas. Si quieres, tú picas el queso.
A Mateo le gustaba saber.
Javi comenzó a caminar agarrado de los muebles. Su primera travesía completa fue desde mi silla hasta las botas de Samuel, quien se quedó inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera echarlo a perder.
—Agárrelo —le dije, riéndome—. No se va a romper por alzarlo.
Samuel lo levantó.
Luego se sentó con él en las piernas y dejó que le desabrochara el cuello de la camisa con los dedos.
No lo llamó hijo. Javi no necesitaba una palabra para reconocer unos brazos.
Samuel empezó también a salir de Los Encinos por razones que no eran urgencias. Visitó a un viejo amigo, volvió a una reunión de ganaderos y aceptó que doña Petra lo acompañara a buscar apoyo para sobrellevar el duelo.
Había días en que regresaba con pocas ganas de hablar.
Ya no teníamos que adivinarlo todo.
—Hoy necesito estar solo —decía.
Y nosotros podíamos seguir cenando sin sentir que lo abandonábamos.
Al acercarse el aniversario del accidente, me pidió acompañarlo al cementerio.
Fui sin los niños.
Llevó flores para Clara y para Lucía. Acomodó las de su hija dos veces antes de quedar conforme.
Yo esperé unos pasos atrás.
Cuando se acercó, no intenté llenarle el silencio.
Caminamos hasta la salida.
—A veces me río y después me siento mal —confesó.
Le tomé la mano.
No supe darle una respuesta que explicara el dolor. Solo pude quedarme allí mientras lo decía.
Nuestra relación cambió despacio.
Primero fueron conversaciones después de que los niños se dormían. Después, la costumbre de buscarnos con la mirada cuando algo salía bien. Una noche me preguntó si aceptaría salir con él a cenar al pueblo, sin hablar de pedidos ni de cercas.
Acepté.
Doña Petra cuidó a los niños y cobró con toda seriedad dos frascos de membrillo.
Antes de salir, Samuel se detuvo en el corredor.
—No quiero que pienses que tienes que decir que sí por vivir aquí.
Llevábamos meses con acuerdos, pagos y puertas separadas. Aquello que al principio parecía frío nos había dado espacio para llegar hasta allí.
—Si digo que sí —respondí—, es porque quiero.
No nos casamos aquel año.
Tampoco hicimos promesas delante de nadie para acallar rumores. Teníamos demasiado que aprender sobre una vida compartida y suficiente respeto por los ausentes para no usar el amor como una demostración.
En la siguiente kermés llevé dos canastas de conservas.
Mateo quiso poner los precios con su propia letra. Javi pasó la mañana intentando arrancar los listones de los frascos. Samuel ayudó a montar la mesa y luego se fue a conversar con unos vecinos.
Fausto estaba al otro lado del patio.
Lo vi mirarnos una vez. No se acercó.
Ya no necesité saber qué decía.
Cuando terminó la venta, doña Petra me entregó el último frasco que habíamos apartado para exhibir.
Era de membrillo, color ámbar.
Lo sostuve un momento y recordé aquel otro, el que había llevado un sobre debajo del listón. Me pareció increíble que durante tanto tiempo hubiera creído que mi vida solo podía conservarse si encontraba pruebas suficientes para defenderla.
Esa tarde regresamos a Los Encinos cansados, con las cajas vacías y los niños dormidos.
En la cocina seguían los tres platos de Clara y Lucía, ahora guardados detrás del cristal de un mueble que Samuel había reparado. Sobre la mesa había otros, de distintos colores, comprados poco a poco.
Puse agua a calentar y abrí el último frasco.
Samuel cortó el pan. Mateo despertó con hambre. Javi golpeó su cuchara contra la mesa hasta que todos lo miramos.
Nadie se había olvidado de quienes faltaban.
Nadie tenía que irse para demostrarlo.
Extendí la mermelada sobre una rebanada y se la pasé a mi hijo.
Esta vez el frasco no escondía nada.
Solo alcanzaba para compartir.