De repente, la pesada puerta de seguridad en la parte inferior de la escalera traqueteó violentamente. Una figura sombría salió de la oscuridad debajo del rellano, bloqueando la única salida a la calle. En el tenue brillo ámbar de las luces de la calle del patio, Rachel no podía ver el rostro de la figura, solo la larga y oscura silueta de un abrigo y el contorno distintivo de un arma sostenida baja contra su costado. Desde detrás de ellas, los pesados pasos de Daniel resonaron a través de la pasarela de metal, acortando la distancia en segundos. Atrapadas entre la cuchilla que se acercaba en las escaleras de arriba y la silueta armada que esperaba en las sombras de abajo, Rachel tiró de Melissa detrás de ella contra la pared de ladrillo regada por la lluvia.
Entonces, la figura en la parte inferior de las escaleras levantó la mano, no hacia Rachel, sino apuntando directamente hacia arriba a Daniel, y una voz familiar y ronca atravesó la tormenta: —Suelta el cuchillo, Daniel, o el próximo no será una grapa.
Capítulo 12: El punto muerto en los escalones de hierro
La lluvia descendía en sábanas heladas, golpeando contra el toldo de metal corrugado sobre el pasillo y convirtiendo la escalera de hierro en un descenso resbaladizo y traicionero. Al pie del rellano, la silueta permanecía perfectamente inmóvil, enmarcada por el resplandor ámbar del reflector del patio. El abrigo oscuro ondeaba ligeramente contra la tormenta, pero la pesada pistola táctica sostenida en dos manos firmes nunca se apartó del pecho de Daniel. Rachel sintió las uñas de Melissa cavando desesperadamente en la manga mojada de su chaqueta. Encima de ellas, Daniel se detuvo en seco. La sangre manaba libremente de su nariz rota, mezclándose con la lluvia para correr a través de sus dientes descubiertos en un lavado carmesí irregular. Su cuchillo táctico captó la tenue luz ámbar, temblando con adrenalina cruda y frustrada. —Detective Vance —escupió Daniel, su voz húmeda y ahogada de rabia—. Realmente no sabe cuándo dejar de trabajar, ¿verdad?
—Suelta el cuchillo, Daniel —repitió Vance, su voz ronca cortando el aguacero como hierro oxidado. Dio dos pasos deliberados por los peldaños de metal, sus botas resonando huecas contra el acero mojado—. La comisaría acaba de irrumpir en el segundo nivel subterráneo detrás de su garaje. Encontramos el arcón congelador. Encontramos las columnas de dirección modificadas. Encontramos todo. Ante la mención del subnivel, algo en los ojos de Daniel se fracturó. La arrogancia engreída y depredadora que lo había protegido toda su vida colapsó, reemplazada por la ferocidad acorralada de ഒരു animal que enfrenta el matadero. Miró hacia abajo a Rachel, luego a Melissa, cuyo rostro estaba pálido y brillante por las lágrimas y la lluvia. —Se lo dijiste —le siseó Daniel a su esposa—. Abriste la boca. —No tuvo que hacerlo —se ahogó Rachel, interponiéndose frente a Melissa, negándose a retroceder incluso cuando su propia mejilla suturada latía con un calor insoportable—. Dejaste un rastro de vidas masacradas y pensaste que un pastel de cumpleaños podría enterrarlo todo. Se acabó, Daniel.
—¡Nada ha terminado! —gritó Daniel. Con un estallido repentino y explosivo de velocidad, Daniel no se abalanzó sobre Rachel. En su lugar, saltó sobre el pasamanos de metal, cayendo doce pies hacia las densas hortensias del patio de abajo. El impacto aplastó los arbustos con un crujido ensordecedor de ramas rotas. Se dejó caer instintivamente, poniéndose de pie sin perder impulso, y salió disparado hacia la valla perimetral cubierta de maleza que bordeaba el patio de trenes adyacente. —¡Quédate abajo! —rugió Vance, saltando los escalones restantes para despejar a Rachel y Melissa antes de girar hacia el patio. Vance disparó dos tiros al suelo embarrado por delante de la carrera de Daniel, los agudos estallidos resonando violentamente contra los ladrillos del apartamento—. ¡Alto! ¡Policía! Daniel nunca disminuyó la velocidad. Arrojó todo el peso de su cuerpo contra la floja valla de tela metálica, arrancándola de sus anclajes oxidados, y desapareció en el laberinto negro como la boca de lobo de trenes de mercancías inactivos y vías cubiertas de malas hierbas.
Vance bajó su arma, su aliento saliendo en jirones de nubes blancas. Metió la mano en su abrigo, accionando la radio prendida en su solapa. «Todas las unidades, el sospechoso ha huido hacia el este hacia los patios ferroviarios. Varón blanco, complexión pesada, chaqueta negra, sangrando fuertemente por laceraciones faciales. Armado con un arma blanca. Mantengan el perímetro y desplieguen unidades K-9 inmediatamente». Se volvió hacia las escaleras, sus agudos ojos grises barriendo el rostro manchado de sangre de Rachel y el cuerpo tembloroso de Melissa. «Ustedes dos vienen conmigo ahora mismo. Ese garaje no era solo un taller. Era una cámara de ejecución, y Daniel no está trabajando solo».