Marisol se secó las lágrimas. —Pero hay algo que ninguno de ustedes entiende. —¿Qué cosa? La mujer se inclinó hacia delante. —Teresa no estaba tratando de proteger a Daniel. Ni siquiera estaba tratando de protegerme a mí. Ramírez esperó. Marisol pronunció las siguientes palabras casi en un susurro. —Estaba protegiendo a alguien que todavía vive en esa casa.
A Ramírez se le tensó la mandíbula. —¿A quién? Marisol miró hacia la puerta, como si temiera que alguien estuviera escuchando. —A alguien que tiene el mismo nombre que aparece en los reportes de servicios infantiles. Alguien que llevaba años firmando los documentos antes que Daniel.
La oficial abrió lentamente la carpeta. En la última página del informe más antiguo, debajo de la firma de Daniel Reyes, aparecía una segunda firma: Teresa Reyes. Pero junto a ella había una tercera anotación, escrita a mano.«Autorización revisada por L. Reyes».
Ramírez levantó la mirada. Lucía Reyes había muerto hacía años. Y, según los registros oficiales, nunca había firmado ninguno de aquellos documentos.
Marisol comenzó a llorar otra vez. —Porque Lucía no estaba muerta cuando firmaron el primero —susurrou—. Y alguien en esa familia llevaba años fingiendo que nunca había existido.