—¿Y él los firmó?

La oficial guardó silencio durante un instante.

—Sí.

Sofía bajó la mirada.

Mateo finalmente abrió la botella.

—Tal vez papá estaba tratando de protegernos —murmuró.

—¿De qué? —preguntó Sofía.

Mateo no respondió.

La niña lo observó. Había algo en su expresión, una duda que parecía demasiado grande para un niño de ocho años.

—Mateo, ¿qué sabes?

Él apretó la botella hasta deformarla.

—Nada.

—No me mientas.

—¡No estoy mintiendo!

Su voz se quebró. Se cubrió la cara y comenzó a llorar otra vez.

Sofía lo abrazó, sintiendo que el miedo de su hermano era distinto al suyo. Ella temía lo que su padre había hecho. Mateo parecía temer lo que su padre pudiera descubrir.

La oficial Ramírez recibió una llamada y se apartó unos pasos.

Sofía aprovechó para preguntarle a un paramédico si podía recuperar su teléfono de la casa. El hombre se lo entregó después de que una agente confirmó que no formaba parte de la evidencia.

La pantalla estaba agrietada.

Tenía siete notificaciones.

Seis eran mensajes de números desconocidos.

El último provenía de una dirección de correo que Sofía reconoció inmediatamente: la cuenta familiar que su padre utilizaba para compartir fotografías.

El asunto decía: PARA SOFÍA. SI ALGUNA VEZ DESCUBRES LA CÁMARA, NO CONFÍES EN LO QUE TE DIGA TU PADRE.

La niña sintió que se le helaban los dedos.

Abrió el mensaje.

Solo contenía una línea.

La cámara no estaba ahí para grabar a Marisol.

Sofía leyó la frase dos veces.

Después miró hacia la casa.

La estantería seguía en su sitio. El sofá color crema también. La puerta de la cocina permanecía abierta, y las luces policiales pintaban las paredes de rojo y azul.

Todo parecía exactamente igual.

Pero ahora la niña comprendía que quizá nunca había sabido qué estaba mirando.

—Oficial Ramírez —dijo, intentando controlar la voz—. ¿Puedo enseñarle algo?

La agente regresó inmediatamente.

Sofía le mostró el correo.

Ramírez lo leyó sin cambiar de expresión, aunque sus dedos se tensaron alrededor de su libreta.

—¿Quién más tiene acceso a esta cuenta?

—Mi papá. Marisol. Y yo.

—¿Tu hermano?

Sofía negó con la cabeza.

—No sabe la contraseña.

La oficial hizo una llamada breve y pidió que nadie manipulara los dispositivos electrónicos encontrados en la casa.

Después se agachó frente a Sofía.

—Necesito que me digas exactamente cuándo apareció esa cámara.

—Hace tres semanas.

—¿Y quién la instaló?

Sofía miró a Mateo.

Su hermano había dejado de llorar.

Ahora observaba el teléfono con los ojos muy abiertos.

—Yo la puse —respondió Sofía—. Pero no fui la primera persona que la encontró.

La oficial esperó.

Sofía tragó saliva.

—La primera vez que vi la luz roja, la cámara ya estaba encendida. Y Mateo me dijo que había visto a alguien esconderla.

—¿A quién?

Mateo comenzó a negar con la cabeza antes de que Sofía pudiera terminar la pregunta.

—No, Sofi. No se lo digas.

La niña lo miró, horrorizada.

—¿Quién era, Mateo?

El niño se aferró a su brazo.

—Era papá.

Capítulo 3: El niño que había visto demasiado

—Mateo, mírame —pidió Sofía.

Su hermano negó repetidamente con la cabeza. Tenía las mejillas mojadas y los dedos clavados en la manga de su sudadera.

—No quiero hablar de eso.

La oficial Ramírez se arrodilló frente a él.

—No tienes que contarme nada hasta que estés listo. Pero necesito saber si alguien te pidió que guardaras un secreto que te hiciera sentir inseguro.

Mateo miró hacia la patrulla donde habían llevado a su padre.

—Papá dijo que era para protegernos.

Sofía sintió un escalofrío.

—¿Protegernos de quién?

Mateo cerró los ojos.

—De Marisol.

La oficial Ramírez intercambió una mirada con su compañero. Después pidió que llevaran a los hermanos a un centro de atención infantil donde pudieran hablar con una especialista sin la presencia de sus padres.

Antes de subir al vehículo, Sofía volvió a mirar la casa.

En la ventana del segundo piso había una silueta.

Una mujer.

La figura desapareció detrás de la cortina.

—¿Quién está arriba? —preguntó Sofía.

Ramírez siguió su mirada.

—La casa está siendo revisada. No debería haber nadie ahí.

Un agente entró de inmediato.

Tres minutos después, regresó por la puerta principal con una bolsa transparente en la mano.

Dentro había una memoria USB.

Y pegada a ella, una nota escrita con letras pequeñas.

SI ENCUENTRAN LA CÁMARA, REVISEN EL ARCHIVO 14.

El centro de atención infantil olía a desinfectante y café recién hecho. Sofía estaba sentada en una habitación con paredes amarillas, mientras Mateo dibujaba una casa en una hoja de papel.

Una psicóloga llamada Elena Torres les había explicado que podían tomarse su tiempo. No tenían que recordar todo de una sola vez.

Pero Sofía no podía dejar de pensar en el mensaje.

—¿Crees que papá escondió la memoria? —le preguntó a Mateo.