Mateo comenzó a llorar. Sofía sintió que algo dentro de ella se rompía definitivamente. —¿Mamá te vio? Daniel asintió. —Me pidió que llamara a una ambulancia. La niña dio un paso atrás. —¿Y lo hiciste? Daniel se cubrió el rostro. —Sí. —¿Cuándo? El silencio se prolongó. —Daniel —advirtió Ramírez—, responda. —Después de hablar con mi madre.

Sofía lo miró como si no lo reconociera. —¿Hablaste con ella mientras mamá se estaba muriendo? Daniel comenzó a llorar. —Me dijo que, si llamábamos a la policía, todos perderíamos a los niños. Que encontrarían mis cuentas, descubrirían lo que había hecho y nos separarían de ustedes. Dijo que Marisol sería acusada y que yo terminaría en prisión. —¡Mamá estaba herida! —gritó Sofía. —Lo sé. —¡Te pidió ayuda! —¡Lo sé!

La voz de Daniel retumbó en la sala. Por un instante, Sofía vio al hombre que había sido su padre antes de aquella noche: orgulloso, acostumbrado a que los demás obedecieran, convencido de que cualquier problema podía desaparecer si hablaba lo suficiente. Después, Daniel bajó la cabeza. —Esperé demasiado. Cuando finalmente llamé, ya era tarde.

Ramírez cerró la libreta. —¿Y después mintió a los investigadores? —Sí. —¿Ocultó que Marisol conducía? —Sí. —¿Firmó declaraciones falsas? Daniel asintió.

Sofía sintió una furia tan intensa que le temblaron las manos. —¿Y después te casaste con ella? Daniel no pudo mirarla. —Sí. Mateo se acercó a su hermana. —¿Por qué? Daniel tardó en responder. —Porque Marisol tenía pruebas de mis delitos financieros. Mi madre también. Me convencieron de que casarme con Marisol y mantenerla cerca era la única manera de impedir que destruyeran nuestra familia.

Sofía soltó una risa breve, incrédula. —¿Destruir nuestra familia? ¡Tú la destruiste! Daniel no intentó defenderse.

Ramírez hizo una seña al agente para que sacara a los niños de la sala. Pero antes de que Sofía cruzara la puerta, su padre pronunció su nombre. —Hija, hay algo más que debes saber. Sofía se volvió. —No me llames así. Daniel cerró los ojos. —La cámara que encontraste no la instalé para vigilar a Marisol. La instalé porque necesitaba grabarla cuando hablara con mi madre. Quería conseguir pruebas suficientes para obligarlas a dejarme en paz. —¿Entonces por qué nos grababa a nosotros? —Porque Marisol descubrió la cámara y la movió. No sé cuándo. Pensé que había perdido todos los archivos.

Ramírez se acercó a la mesa. —¿Está diciendo que otra persona tuvo acceso al dispositivo? —Sí. —¿Quién? Daniel miró hacia la puerta. —Mi madre.

A las once de la noche, la policía localizó a Teresa Reyes en su casa de Plano, a unos kilómetros de allí. La mujer abrió la puerta vestida con un elegante conjunto crema y unas zapatillas de estar por casa. Su cabello plateado estaba perfectamente peinado. Cuando vio a los agentes, no pareció sorprendida. —¿Qué ha hecho Daniel ahora? —preguntó.

El oficial que encabezaba el grupo mostró su identificación. —Señora Reyes, necesitamos que nos acompañe para responder algunas preguntas relacionadas con la muerte de Lucía Reyes y con una investigación de servicios infantiles. Teresa soltó un suspiro. —Mi hijo siempre ha sido un hombre complicado. Pero no pienso permitir que conviertan una tragedia familiar en un espectáculo. —No estamos aquí para discutir su reputación. La mujer apretó los labios. —¿Puedo llamar a mi abogado? —Sí. Pero necesitamos hacerle unas preguntas. Teresa recogió su bolso y salió sin protestar.

En el centro de atención infantil, Sofía observaba las luces de los vehículos a través de una ventana. Ramírez acababa de comunicarle que habían localizado a su abuela. —¿Crees que ella también nos pegaba? —preguntó Mateo. Sofía negó con la cabeza. —No lo sé. —Cuando vivíamos con ella, siempre decía que los adultos tenían secretos porque los niños no podían entenderlos.

Sofía recordó las visitas a casa de Teresa. Recordó cómo su abuela insistía en que no hablaran de su madre delante de Marisol. Cómo retiraba las fotografías de Lucía cada vez que había invitados. Cómo había regalado la ropa de su madre pocas semanas después del funeral. —Tal vez quería que olvidáramos a mamá —murmuró. Mateo se apoyó contra su hombro. —Yo no quiero olvidarla. —Yo tampoco.

En ese momento, Ramírez regresó con una bolsa de evidencia. Dentro había un teléfono antiguo que los investigadores habían encontrado en el garaje de Teresa. —Este dispositivo estaba escondido dentro de una caja de herramientas —explicó—. Creemos que contiene mensajes relacionados con la noche del accidente. Sofía se acercó. —¿De mi abuela? —De varias personas.

La oficial abrió una fotografía de la pantalla recuperada por los técnicos. El primer mensaje era de Marisol. El segundo, de Daniel. El tercero había sido enviado por Teresa a las 11:47 de aquella noche.

«La niña mayor estaba despierta. Si recuerda lo que vio, tendremos que ocuparnos de ella también».