Él siguió coloreando el techo.
—No sé.
—¿La viste antes?
El lápiz se detuvo.
—Sofi…
—Necesito saber la verdad.
Mateo levantó la mirada. Sus ojos parecían mucho más cansados que unas horas antes.
—Una noche escuché a papá hablar con Marisol en el garaje. Ella le dijo que, si los servicios infantiles volvían a investigar, los dos perderían todo.
—¿Qué significa eso?
—No sé. Después papá me vio detrás de la puerta y me llevó a mi cuarto. Me dijo que nunca debía contarle a nadie lo que escuchara.
Sofía dejó de respirar durante un instante.
—¿Y la cámara?
—Al día siguiente vi a papá poner algo debajo de la estantería. Pensé que era una alarma. Después Marisol empezó a gritar más cuando él estaba de viaje.
Mateo apretó el lápiz.
—Cuando te dije que necesitábamos pruebas, no sabía que la cámara ya estaba ahí.
Sofía le tomó la mano.
—No es tu culpa.
—Pero papá sabía que ella nos pegaba.
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Sofía quiso decir que no. Quiso recordar al hombre que la llevaba por tacos después de sus partidos escolares, al que le enseñó a andar en bicicleta y se quedó corriendo a su lado hasta que pudo mantener el equilibrio.
Pero también recordó las llamadas que terminaban cuando Marisol entraba en la habitación. Los viajes de negocios que se prolongaban. Las veces que Mateo pedía dormir con ella porque había escuchado gritos en el pasillo.
Y recordó una frase de su padre, repetida durante meses:
Marisol solo está pasando por una etapa difícil. Tienen que darle tiempo.
—No lo sé —susurró Sofía—. Ya no sé nada.
A las nueve de la noche, la oficial Ramírez regresó al centro.
Llevaba una carpeta nueva.
—Sofía, necesito preguntarte algo sobre tu madre.
La niña levantó la cabeza.
Su madre biológica, Lucía, había muerto cuando Mateo tenía tres años. Daniel siempre había dicho que un accidente automovilístico se la había llevado durante una tormenta cerca de Austin.
Sofía apenas conservaba recuerdos de ella: el olor a vainilla de su crema de manos, una canción que tarareaba mientras cocinaba y una fotografía donde aparecía sosteniendo a Mateo frente a un árbol de Navidad.
—¿Qué pasa con mi mamá? —preguntó.
Ramírez abrió la carpeta.
—¿Alguna vez te dijo que tenía miedo de alguien?
Sofía frunció el ceño.
—No.
—¿Tu padre te habló alguna vez de una investigación relacionada con ella?
—Dijo que el accidente estaba cerrado.
La oficial sacó una hoja.
Era una copia de un informe antiguo. El nombre de Lucía Reyes aparecía en la parte superior. Debajo figuraba una fecha de varios años atrás y una anotación que Sofía no entendió.
Posible violencia doméstica. Menores presentes. Seguimiento solicitado.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
—Significa que, antes de su muerte, alguien informó de una situación preocupante en su hogar. El expediente no coincide con algunas de las declaraciones que hemos encontrado esta noche.
Sofía sintió que la garganta se le cerraba.
—¿Mi papá golpeaba a mi mamá?
—No voy a sacar conclusiones sin revisar todas las pruebas —respondió Ramírez—. Pero hay algo más.
La oficial giró la hoja.
Al pie aparecía la firma de Daniel Reyes.
Sofía apartó la mirada.
—Otra vez.
—Sí.
—Siempre es su firma.
Ramírez no intentó contradecirla.
En ese momento, un agente entró en la habitación y le susurró algo al oído. La oficial escuchó, asintió y cerró la carpeta.
—Han encontrado el archivo 14 en la memoria USB —dijo.
Sofía se puso de pie.
—¿Qué contiene?
—Una grabación de audio.
—¿De quién?
Ramírez respiró profundamente.
—De tu madre.
La grabación se reprodujo en una pequeña sala de entrevistas.
La voz de Lucía sonaba distante, atravesada por estática. Sofía se llevó una mano a la boca al escucharla. No la había oído desde hacía tantos años que, al principio, pensó que su memoria le estaba jugando una mala pasada.
Después llegó una frase nítida.
—Daniel, si estás escuchando esto, significa que no pude convencerte de que pidieras ayuda.
Sofía comenzó a llorar.
Mateo se acercó y le tomó la mano.
La voz continuó:
—Los niños no tienen la culpa. No permitas que crezcan creyendo que el silencio es lo mismo que la seguridad.
Hubo un golpe, un ruido de pasos y unos segundos de interferencia.
Entonces Lucía volvió a hablar.
—Y, por favor, no dejes que Marisol les cuente lo que pasó aquella noche. Ella no estaba sola en el coche.
La grabación terminó.
Nadie habló.
Sofía miró a la oficial Ramírez.
—Mi mamá murió en un accidente. Eso fue lo que nos dijo papá.
Ramírez apagó el reproductor.
—Necesitamos averiguar qué ocurrió realmente.
Mateo tenía la cara blanca.
—¿Marisol iba en el coche?
La oficial no respondió.
No podía hacerlo todavía.