La oficial Ramírez escuchó el relato completo y pidió a los investigadores que compararan los recuerdos de Sofía con los mensajes recuperados del teléfono de Teresa. A la mañana siguiente, los resultados preliminares confirmaron que varios mensajes habían sido enviados desde el dispositivo de la abuela la noche del accidente. Uno de ellos decía:«Marisol, no regreses directamente a casa. Daniel ya está aquí». Otro, enviado doce minutos después, decía:«Asegúrate de que no quede nada en el coche».

Pero el mensaje más inquietante había sido enviado por Daniel.«Sofía estaba despierta. Teresa dice que no recuerda nada, pero no podemos correr riesgos».

Ramírez dejó los documentos sobre su escritorio. —Esto sugiere que los tres intentaron ocultar información importante sobre el accidente —dijo a su compañero—. Pero todavía necesitamos establecer qué ocurrió exactamente y quién tomó cada decisión. —¿Y los reportes de servicios infantiles? —Eso es lo que más me preocupa.

El agente abrió una segunda carpeta. Los informes mostraban que, durante los últimos cuatro años, distintas personas habían alertado sobre posibles maltratos en el hogar de los Reyes. En dos ocasiones, los trabajadores habían intentado entrevistar a los niños. En ambas, las visitas se habían cancelado después de recibir documentos firmados por Daniel. El padre había declarado que Sofía y Mateo estaban seguros, que Marisol nunca había ejercido violencia física y que las lesiones que pudieran presentar tenían explicaciones accidentales.

Había otra coincidencia. Cada informe incluía una recomendación de seguimiento. Y cada seguimiento había sido cerrado antes de que los investigadores pudieran hablar con los niños a solas.

—¿Quién autorizó los cierres? —preguntó Ramírez. Su compañero señaló la última página. —Los documentos fueron enviados a través de una oficina privada de asesoría familiar. La misma que representaba a Teresa Reyes en asuntos patriminales.

Ramírez se quedó mirando el nombre de la firma. No demostraba por sí solo que Teresa hubiera intervenido ilegalmente en las investigaciones. Pero era suficiente para solicitar nuevos registros y entrevistar a las personas involucradas.

Entonces sonó su teléfono. Era el agente que interrogaba a Marisol. —Necesitas venir —dijo él—. Acaba de cambiar su declaración.

Marisol estaba sentada en una sala de interrogatorios, con la blusa borgoña reemplazada por una sudadera gris proporcionada por las autoridades. Sin maquillaje, parecía más cansada y mayor. Cuando Ramírez entró, Marisol levantó la cabeza. —Quiero hacer un trato. —No está en posición de decidir los términos de una investigación —respondió Ramírez. —Tengo información sobre Teresa. Sobre Daniel. Sobre los informes que firmó. —Entonces empiece por la verdad.

Marisol apretó las manos sobre la mesa. —Yo no quería casarme con Daniel. Ramírez permaneció inmóvil. —¿Qué significa eso? —Teresa me convenció. Me dijo que Daniel necesitaba una esposa que pudiera mantener la casa en orden y cuidar de los niños. Me prometió que, si me casaba con él, me ayudaría a dirigir una parte de la empresa familiar. —¿Y usted aceptó? Marisol bajó la mirada. —Sí. —¿Por dinero? —Al principio. —¿Y después? Marisol tardó en responder. —Después descubrí que Daniel había instalado cámaras en la casa. Pensé que quería grabarme para utilizar los videos contra mí. Cuando encontré la primera, la escondí. —¿Dónde? —En el garaje.

Ramírez anotó la respuesta. —¿Y la cámara que encontramos debajo de la estantería? —No sé quién la puso allí. —Tenemos un video de Daniel manipulando ese dispositivo. Marisol cerró los ojos. —Entonces ya sabe que él estaba vigilándome. —Sabemos que intentaba grabarla. Lo que todavía no sabemos es por qué.

Marisol levantó la cabeza. —Porque Teresa tenía miedo de que yo hablara. Ramírez esperó. —La noche del accidente, Teresa me dijo que Lucía había descubierto algo que podía destruir a toda la familia. Me pidió que la llevara a hablar con ella. Dijo que solo necesitábamos asustarla para que entregara los documentos. —¿Y usted condujo el coche? Marisol empezó a llorar. —Sí. —¿Qué ocurrió en la carretera? —Discutimos. Lucía intentó abrir la puerta. Yo traté de detenerla y perdí el control. —¿Fue un accidente? Marisol se cubrió el rostro. —No quería que muriera.

Ramírez dejó pasar unos segundos. —¿Por qué no llamó inmediatamente a emergencias? Marisol apartó las manos. —Porque Teresa llegó antes que Daniel. Me dijo que, si llamábamos a la policía, nos culparían a las dos. Cuando Daniel llegó, Lucía todavía estaba viva. —¿Y qué hizo él? Marisol miró directamente a la oficial. —Mi esposo se arrodilló junto a Lucía. Ella le pidió ayuda. Después, Teresa le susurró algo al oído. —¿Qué? —No lo escuché todo. Solo oí una frase. Marisol empezó a temblar. —«Si la salvas, perderás a tus hijos».

Ramírez sintió que el silencio de la habitación se volvía insoportable. —¿Está diciendo que Daniel decidió no ayudar a su esposa porque su madre lo amenazó? —Estoy diciendo que tuvo tiempo para llamar antes de que llegáramos. Y no lo hizo.