Sofía dejó de respirar. —¿La niña mayor? Ramírez la miró con seriedad. —Se refiere a ti. Mateo empezó a negar con la cabeza. —No. Sofía estaba dormida. Ella no vio nada.

Pero Sofía recordó una imagen que había enterrado durante años: unas luces rojas atravesando la ventana de su habitación, la voz de su madre llamándola desde abajo y una mujer que la sujetaba del brazo mientras la obligaba a volver a la cama. Una mujer con un anillo de oro en forma de serpiente. El mismo anillo que Teresa llevaba en todas las fotografías familiares.

Sofía sintió que la habitación giraba. —Yo sí recuerdo algo —susurró. Ramírez se acercó. —¿Qué recuerdas? La niña miró a su hermano, luego la pantalla. —La noche en que murió mi mamá, mi abuela entró en mi habitación. Su voz se quebró. —Y me dijo que, si alguna vez contaba lo que había visto, Mateo desaparecería igual que ella.

Capítulo 6: La noche que Sofía recordó

La psicóloga Elena Torres cerró suavemente la puerta de la habitación. —Sofía, no tienes que recordar todo ahora —dijo—. Podemos detenernos cuando quieras. Pero Sofía ya no podía regresar al silencio. La memoria había comenzado a abrirse como una puerta atascada durante años.

Recordaba el olor a lluvia en las cortinas, el sonido de un motor detenido frente a la casa y la voz de su madre llamándola desde la planta baja. Tenía seis años. Mateo todavía era un bebé. Y su padre había prometido que regresaría antes de la cena.

—Yo estaba despierta porque tenía sed —comenzó Sofía—. Bajé las escaleras y escuché a mamá discutir con alguien. —¿Con quién? —preguntó Elena. —Con mi abuela. Sofía cerró los ojos. —Mamá decía que no iba a entregar los documentos. Mi abuela le contestó que no entendía lo que estaba poniendo en peligro. —¿Qué documentos? —No lo sé. Había una carpeta roja sobre la mesa.

Elena anotó algo, sin interrumpirla. —Después escuché que alguien decía el nombre de Marisol. Mi mamá gritó que no iba a permitir que otra mujer criara a sus hijos. Sofía se llevó las manos al rostro. —Entonces mi abuela me vio en la escalera.

La niña recordaba perfectamente aquel momento. Teresa no parecía sorprendida. No había gritado ni corrido hacia ella. Simplemente se acercó. —Me tomó de la mano y me llevó a mi habitación —continuó Sofía—. Me dijo que mamá estaba enferma y que necesitaba descansar. —¿Le creíste? —Sí. Tenía seis años. Elena asintió con ternura. —Hiciste lo que una niña necesitaba hacer para sentirse segura.

Sofía tragó saliva. —Pero después escuché un golpe. Y mamá empezó a llorar. La habitación pareció encogerse alrededor de ella. —Quise salir, pero mi abuela cerró la puerta. Me dijo que, si bajaba, todos terminaríamos separados. Me dijo que papá podía ir a la cárcel y que Mateo terminaría en una casa donde nadie lo querría.

Sofía empezó a respirar demasiado rápido. Elena le pidió que apoyara los pies en el suelo y nombrara cinco cosas que pudiera ver. Poco a poco, la niña volvió a reconocer la habitación amarilla, la mesa, la botella de agua y la mano de su hermano. Mateo se había sentado a su lado. —No tienes que seguir —le susurró. Sofía lo miró. —Sí tengo. Porque todos han decidido por nosotros durante años.

Tomó aire. —Después de que mi abuela se fue, vi a mi mamá salir por la puerta trasera. Estaba llorando. Llevaba su bolso y las llaves del coche. Marisol estaba afuera, junto a la entrada del garaje. Mateo abrió mucho los ojos. —¿Viste a papá? Sofía asintió lentamente. —Estaba junto a la camioneta. Mi mamá le pidió que la acompañara. Él negó con la cabeza.

El recuerdo regresó con una claridad aterradora. Lucía había agarrado el brazo de Daniel. —«Si no vienes conmigo ahora, mañana voy a contarles todo», le había dicho. Daniel se apartó. —«No puedes hacerme esto». —«Ya no se trata de ti», respondió Lucía—. «Se trata de nuestros hijos».

Sofía recordó que su madre la había visto desde la entrada. Por un segundo, sus miradas se encontraron. Lucía levantó una mano, como si quisiera despedirse. Después subió al coche. Marisol se sentó al volante. Y Daniel se quedó inmóvil bajo la lluvia.

—¿Viste el accidente? —preguntó Elena con suavidad. Sofía negó con la cabeza. —No. Pero escuché el coche alejarse. Después, unos minutos más tarde, escuché a papá salir corriendo. Mi abuela regresó y me dijo que no debía contarle a nadie que había visto a mamá marcharse.

Mateo tenía los ojos llenos de lágrimas. —¿Y qué pasó después? Sofía lo miró. —Al día siguiente, papá nos dijo que mamá había muerto.

El silencio que siguió fue más doloroso que cualquier grito.